lunes, 28 de febrero de 2011

El as de la manga (Alberto Díaz Flores)



Uno

El asunto fue por Elvira, en el año 1984. Había llegado un año atrás al lugar con el ánimo de llevar, por un tiempo, una vida sedentaria. Me instalé en el campo para criar insectos destinados al control biológico de plagas. Venía de vagar diez años por los trópicos y por las diversas islas del océano en busca de desconocidas criaturitas de quitina para un banquero alemán. Al verme un día en el espejo, en las Islas Rodhesia, comprendí que era tiempo de detener un rato el rodar. Volví entonces a la Argentina.
Fui a ver al comisario Flores, cerca de las cinco de un domingo, para denunciar el robo. En la radio sonaba fuerte un tango del gran Celedonio Flores:

“Después de libar, traidora,
en el rosal de mi amor
te marchas, engañadadora,
para buscar
el encanto de otra flor;
y buscando la más pura,
la de más lindo color,
la ciegas con tu hermosura
para después
engañarla con tu amor”

- Lindo tango. ¿Cómo le va, Flores?- dije.
- Muy bien, Sánchez Prete. ¿Y a usted? -dijo.
- No tanto, comisario. Vengo a denunciar un hurto. Me han extraído del laboratorio dos jaulas donde criaba langostas; el hecho sucedió en la noche del sábado. Estuve trabajando hasta las ocho de la noche ese día y el domingo cerca de las siete de la mañana volví. Los pillos entraron por una ventana alta que dejo abierta para que circule aire.
- ¿Por qué supone que fueron varios?
- Pues porque hallé las huellas de las alpargatas de un hombre robusto y de otro bastante menudo. También dos huellas rectangulares en la tierra, a un metro de la pared, justo debajo de la ventana; claramente subieron por una escalera grande que trajeron con ellos.
- Es muy observador usted.
- He recorrido el mundo cazando insectos, comisario. Y he vivido por años en selvas donde es vital conocer lo que se cifra en las superficies.
- ¿Y qué más le han sustraído?
- Curiosamente, nada más.
- ¿Por qué alguien querría robarle esos bichos?
- No estoy seguro. Entre sus usos posibles se encuentran la alimentación de aves o la investigación, aunque sospecho que no se trata de ninguno de los dos casos. Si he de especular, puedo entrever que intentará, con mucha torpeza, ser utilizado con fines malignos; ciento veinte langostas introducidas en una plantación podrían con extremada suerte, en unos años, causar bastantes daños. Pero no será el caso ya que los desaparecidos son todos machos de otras latitudes y viven bajo condiciones especiales; este frío los matará en dos días como mucho y su conservación es imposible para un lego. Yo los utilizo para fertilizar las hembras de su especie cuya reproducción estoy estudiando actualmente, y, a los que sobran, para alimentar a otros insectos.
- ¿Usted se dedica a eso, verdad?
- Sí, comisario. Los insectos han intervenido y todavía lo hacen en la mayoría de las muertes humanas. Son los vectores de la fiebre amarilla, del dengue, del paludismo, de la peste bubónica, de la neumónica y de la disentería, entre otras muchas enfermedades, que han matado a más gente que todas las guerras de los hombres. El letargo negro, por ejemplo, es una de las causas de la pobreza en muchos países de África: mantiene millones de kilómetros fértiles inutilizados para el hombre que muy cerca muere de hambre, cuando no bajo su sombra. Por supuesto que está muy detrás de la principal causa, los países de primer mundo y sus ocupaciones de servidumbre. Millones de toneladas de alimento se pierden bajo las garras de los insectos temporada tras temporada. Ya hace cinco mil años se les temía en los valles del Nilo, del Tigris y del Eufrates; cuando los sembradíos del hombre crecieron en grande no sólo aumentó su comida sino la de otros seres vivientes. Las langostas roja, parda y del desierto hace miles de años que no permiten que haya grandes cultivos desde el Norte de África hasta medio oriente e India.
- ¿Pero usted qué es lo que hace exactamente?
- Estudio otros insectos que sean enemigos de los que causan estragos para introducirlos en su hábitat y diezmarlos. También estudio insectos que hagan lo mismo con hierbas que no permiten a otras formas brotar. Hay otros que estudian venenos, virus y bacterias que los aquejen, y hasta sonidos con el mismo fin.
- Deberían desaparecer todos.
- Amigo, el mundo no tendría flores y la presencia de la muerte, que ellos borran implacablemente, sería tan insoportable para el alma que no lo toleraríamos. Los ejemplos son sólo ilustrativos, las verdaderas implicancias de quebrar un plan eterno serían nefastas. Sólo hace falta intervenir si es necesario.
- Al final todo está en todo.
- Y al principio también, Flores.
Una vez concluidas las preguntas y de dejar asentada la denuncia, partimos al campo para que examinaran el lugar del hecho. Después de recorrer y tomar fotografías me preguntó más cosas sobre mi trabajo. Le mostré algunas curiosidades y cómo criaba algunos insectos. Le llamó particularmente la atención que me tuviese que dejar picar para que los mosquitos adultos se alimentaran y le fascinó la organización de las hormigas argentinas que eran las más bravas del mundo. Le conté de sus desmanes provocados en el siglo XIX en los estados del sur de los EE.UU y, dada mi suposición, le hice saber que dicho país había tirado hace unos años atrás sobre Cuba una manga de langostas sobre sus cosechas con el fin de perjudicarlos. Una vez acabada la pesquisa, nos despedimos.

Dos

El martes por la mañana escuché el ruido de motores y salí del laboratorio para ver quien llegaba. Eran el comisario Flores y unos oficiales; me pidieron que los acompañe. Después de manejar una hora y media, llegamos a una arboleda en el medio del campo del Sr. Ortigas, un terrateniente adinerado de Elvira.
Dentro de un auto quemado, yacía el cuerpo de un hombre calcinado, tenía un as, indemne, en la manga de su camisa; en el baúl las dos jaulas y parte de las langostas habían corrido la misma suerte de consumirse con el fuego.
En un tono fuerte, Flores me preguntó que qué sabía yo de todo eso. Le contesté que nada, mirándolo, francamente, a los ojos. Y le dije lo que sabía:
- La quema sucedió el domingo por la noche y una vez apagado el fuego el asesino colocó la carta allí, unas cuantas horas más tarde. Una quema así no pasaría desapercibida de día, pero, por lo tupido de la vegetación y de los árboles en este sitio, por la noche sí, con las condiciones atmosféricas favorables. El sábado, la luna llena fue reina en el cielo, además la gente se acostó tarde por el baile. El día domingo estuvo nublado y el lunes por la mañana se largó la tormenta que tenemos hace dos días. Si encontrara alguno de mis ejemplares podría decirle, tal vez, algo de los últimos pasos del finado. No creo que se trate de forasteros, este lugar fue escogido especialmente. Las horas que estuve en el baile no hubo problemas, pero quizá sea menester investigar la posibilidad de una trifulca que hubiera derivado en el presente infortunio. Averiguar cuál fue el motivo de la muerte y la identidad del desafortunado podrá aportar luz al misterio.
- Gracias por compartir sus observaciones con nosotros pero, por el momento, debo pedirle que nos acompañe a la comisaría para hacerle unas preguntas.
Viajamos sin cruzar una palabra, sin dudas era considerado sospechoso. Al llegar a la estación se pusieron algo rudos en los tratos.
- Usted sabe demasiado Sánchez y usted sabe hablar. Sus langostas estaban allí y usted formula, con un primer vistazo, presunciones sobre el particular. Además el fulano es un vendedor de insecticidas con el que discutió usted el sábado. Permítame dudar de usted.
- El atrevimiento se lo ha tomado ya sin mi permiso. Y la discusión a la que alude fue un mero match de palabras; el hombre no sabía lo que decía y le estaba por vender una fumigación aérea al Sr. Torres que no servía para nada. Es mi deber como buen vecino prevenir una estafa. Por lo demás, el asunto terminó allí, al Sr. Torres lo he ayudado antaño y lo volveré a ayudar con su problema. Además el muchacho tenía otros intereses aparte de sus negocios y se fue a bailar con una señorita apenas terminamos; fue un incidente mínimo.
- Era un competidor. ¿Por eso lo mató?
- Yo me gano el dinero de una manera mucho más rentable como podrá usted comprobar y tengo bastante como para no trabajar más si así lo quisiese. Se trató de una intervención ética y pacífica; yo no he matado a este muchacho. Usted busca a varias personas, no sólo a una; y, en particular, busca a alguien que se gane la vida sembrando. El joven era un irresponsable capaz de traerle muchos problemas a cualquiera, por lo cual sospecho que no faltarán los justicieros. Si no tiene una prueba fehaciente Flores déjeme retirarme, en caso contrario llamaré a un abogado. Puede constatar que estoy acompañado por varios de mis asistentes en casi todo momento y tengo una relación afectiva con una investigadora que ha llegado hace unas semanas. Comparto, desde entonces, el lecho con ella. Sepa que no soy hombre de rencores comisario; si precisa que lo ayude con algo, estoy a su disposición.
Me dejaron ir y comencé a meditar sobre el asunto mientras caminaba de regreso al campo, la lluvia había cesado, momentáneamente, y calculé que podría llegar a pie sin mayores problemas. ¿Cabía la posibilidad de que alguien me quisiese incriminar?, ¿Y de que el fulano se hubiera molestado por el pequeño asunto y me hubiese robado?, ¿Había algún mensaje en los curiosos detalles? Lo primero me resultó arbitrario, ya que no entreví motivo alguno, aunque los hombres cobardes para salvarse hunden, sin dudar, a otro hombre, y uno se gana enemistades sin siquiera sospecharlo. Lo segundo me pareció un acto pueril, pero hay hombres que siguen comportándose como niños toda la vida. Lo tercero era, sin duda, lo más inquietante; elevaba el nivel de complejidad y planificación del asesinato.
Las posibilidades eran todas, en cierto punto, verosímiles. Exploré combinatorias posibles y añadí improvisaciones que pudieran haber surgido en la marcha del crimen, obteniendo un aumento considerable de los escenarios posibles. Repasé la noche del baile que, de algún modo, me pareció la madriguera de este desastre.
Fue en el club social; estaba como de costumbre casi todo el pueblo. Tocaba un conjunto de folclore; el menú: empanadas y vino. Estuve conversando con la hija única del señor Ortigas unos momentos, una hermosa señorita, sin dudas la belleza del pueblo, apenas llegado. Luego, el señor Torres, que charlaba con el finado, me llamó para pedirme consejo sobre la oferta que estaba recibiendo y, en ese momento, surgió la breve discusión aludida por el comisario. Cruzamos, realmente, pocas palabras y ninguna de ellas subidas de tono.
El veneno que le ofrecía no servía de manera eficiente para eliminar las langostas, que de modo alguno representaban en la zona un serio problema, además de ser tóxico para las plantaciones y para las aves que se ocupaban naturalmente de eliminarlas. La verdadera lucha es mucho más estratégica, se debe acabar con ellas cuando se percibe una inusitada cantidad de saltones, los pequeños que apenas salen de los huevos, y es preciso mezclar veneno con salvado, con sólo cuarenta kilos de cebo envenenado con un kilo y medio de la sustancia precisa alcanza para controlar dos hectáreas.
El baile estuvo realmente bonito, sobre todo porque me retiré antes de que ninguno de los presentes tomara de más y arruinara la fiesta. Recordé que el señor Ortigas había hecho vestir a todos sus peones con ponchos rojos. En su momento interpreté la acción como un acto megalómano; fue notorio que, por mucho, era el hombre con más poder en la zona.
Dancé un valsesito con Estercita, la señora del Sr. Torres, y luego me senté a mirar como bailaban los que sabían, que era el motivo por el cual concurría a estos bailes. Los movimientos configuran un lenguaje que aprendí a observar en algunos insectos y me gusta sentarme a mirar los de mis pares para intentar descifrarlo. He visto danzar a diversas tribus, he vestido de etiqueta en los bailes de sociedad y he admirado los bailes populares de diversas culturas con el mismo afán. En ningún sitio que haya visitado se desconoce el baile, como así tampoco la música, el arte y el culto a la naturaleza, aunque en disímiles manifestaciones.
Al rato de llegar a mi hogar, arribaron los polizontes otra vez. Interrogaron a todo el personal y se pasearon por las instalaciones. Luego, el comisario se acercó y me dijo:
- Espero no haberlo ofendido pero es mi trabajo la duda y por estos lados no hay grandes intrigas. Todo lo que parece, es.
- Comprendo comisario. Pero no es el caso. Si me permite, creo que sería conveniente que averigüe si el joven no estuvo involucrado en alguna riña el día del baile.
- Quédese tranquilo que estamos haciendo nuestro trabajo. Ahora mismo estoy yendo a interrogar a algunas personas en la comisaría. Que tenga un buen día.
- ¿Puedo acompañarlo?
Se alejó haciendo el gesto de no con la cabeza.

Tres

No suelo ir al almacén, pero resulta ser que soy algo inquieto. Necesitaba saber más y allí de seguro encontraría alguna información. Divisé, apenas llegué, a tres peones del Sr. Ortigas que, sentados contra la pared, tomaban caña a un costado del almacén. Estaban todos vestidos igual: alpargatas negras, bombachas de gaucho color crema y remeras rojas.
Adentro del almacén encontré a Don Esteban que se encontraba comerciando con un hombre mayor. Dos señoras que no me vieron entrar estaban hablando del asunto mientras esperaban su turno. “Recién vengo de la comisaría, están interrogando al Sr. Ortigas, antes interrogaron al Sr. Torres. A mí me llamaron para que les cuente qué pasó en el baile.”dijo una de las mujeres. “¿Y qué les contaste?”, dijo la otra. “Empecé a contarles todo. Pero me empezaron a preguntar sobre el muchacho que murió, con quién habló, si sabía de alguna pelea. De toda la gente que nombré me preguntaron cómo iban vestidos, cómo se llamaban y quiénes eran.”, replicó.
Luego relató que el muchacho era un viajante que venía por segunda vez a Elvira. Había estado el año pasado haciendo negocios con el Sr. Ortigas cuando todavía su mujer vivía que habían resultado muy mal y decían las malas lenguas que hasta anduvo liado con la hija. Si bien no hubo problemas, cada vez que el muchacho se acercaba a Clara un grupo de peones de Ortigas la rodeaba cercándole el caso. El joven se retiró temprano del baile con María, la hija de Funes, que era la mejor amiga de la hija del terrateniente.
La suerte me había sonreído de inmediato, casi de un modo mágico. Las señoras al girar para irse se turbaron; habían pronunciado algunas palabras desagradables para conmigo en algún momento de su charla. Cuando llegó mi turno de comprar le pedí a Esteban unos cigarrillos y una botella de caña.
Al salir, me dirigí hacia el paredón donde estaban los empleados de Ortigas. Prendí un cigarrillo luego de abrir el paquete, lentamente, ante sus miradas. Uno de ellos me pidió que le convidase uno, después otro; al último le tendí la caja para que lo tomase sin que mediara palabra. Les ofrecí caña y charlé un rato con ellos. Les pregunté por el baile, cómo la habían pasado y, luego, intenté girar el cristal sobre el asunto que me interesaba.
No fueron para nada locuaces, el patrón les había dado a todos unos días libres en la hacienda y se encontraban festejando. Los tres tenían distinto tamaño pero compartían el hábito del silencio y algunos gestos; sin duda eran hermanos. Cuando estaba a punto de partir, noté que el más alto tenía aplastada, en la suela de la alpargata, una de mis langostas.
Ya estaba, de nuevo, en el ruedo. No tenía dudas de que todo giraba en torno a Ortigas, su hija y el fulano. Mi berretín de desatador de nudos pudo más que todo reparo y, por la noche, me aventuré al campo del terrateniente con mi motocicleta. Llevé conmigo mi revolver y recorrí el camino con la luz apagada, deteniéndome, de cuando en cuando, para explorar los costados del camino. Encontré, con ayuda de mi linterna, a varias de mis amigas que yacían muertas en las cercanías del lugar del hecho y muchas quemadas en el lugar preciso. Evidentemente, las habían soltado allí y me imaginé que se las habían tirado encima al muchacho antes de ultimarlo.
Al otro día, por la mañana, me acerqué a la comisaría para hablar con Flores. Vi a los peones del día anterior sentados en la entrada, estaban vestidos muy parecidos que a la víspera, a excepción de que llevaban remeras blancas y pañuelos rojos. Al franquear la puerta divisé a la hermosa hija de Ortigas, vestida, elegantemente, con una falda roja larga y una camisa blanca con volados. También estaba la hija de Funes. Le dije al comisario que tenía algo que decirle, en privado.
Nos sentamos en su despacho y, antes de que pudiese hablar, me comunicó que el crimen y el robo habían sido resueltos. Me relató, previo aviso de que se trataba de secreto de sumario, cómo habían acaecido los hechos:
- Sabe Sánchez, todo es lo que parece. El año pasado el finado le vendió al Sr. Ortigas una fumigación contra langostas ya que le anunció que serían plaga pronto. Los restos tóxicos que se impregnaron en las plantas hicieron que tenga problemas con los compradores habituales de su cosecha y con el Senasa, generándole unas cuantas pérdidas. Pero éste no fue el motivo principal de su enojo; en los días que pasó como huésped en la hacienda, el joven trabó un romance con la hija de Ortigas, que en éste punto tiene la mentalidad propia de los hombres que habitaban éstas tierras dos siglos atrás. El día del baile, hizo que todos sus empleados se vistieran distintivamente y les ordenó que le trabaran al muchacho los pasos cuando se acercara a su hija. El joven, ante la imposibilidad, se retiró del baile con Maria, una amiga de Clara, y la convenció de que arreglase una cita entre ellos al día siguiente, en algún sitio del campo. El caso es que el señor Ortigas se enteró, y se presentó en el sitio pactado, la arboleda donde hallamos el cadáver, en lugar de su hija. Discutieron y para colmo descubrió que en el baúl el muchacho guardaba dos cajas con langostas que pensaba liberar en su campo. Se encegueció de ira y lo golpeó fuerte con la culata de la escopeta dándole, involuntariamente, muerte. Luego le arrojó las langostas encima de bronca nomás y, después de colocarlo en el auto, prendió todo fuego. Para esto volvió a su rancho, por la madrugada, para buscar combustible y tomó un mazo de naipes para distraer el tiempo. Luego se le ocurrió plantar el As en la manga por la sugestiva ocurrencia que podrá usted adivinar. Tenía pensado darle unos días libres a sus empleados para poder enterrar el coche y el cadáver sin que nadie lo observase, pero unos peones vieron la escena al día siguiente. Apenas llegaron a la casa gritaron para reunir a todos y llamaron a la policía contando el hallazgo a todos a la vez. El robo de sus langostas es mérito del muchacho que así se buscaba vengar de sus dos oponentes de la noche al mismo tiempo. El As tiene las huellas de Ortigas, hay motivo y tenemos la confesión. Es un caso cerrado.
- Déjeme hacerle unas preguntas.
- Con todo gusto.
- ¿Los tres empleados que encontraron el cadáver son los tres de la puerta?
- Sí.
- ¿El Sr. Ortigas confesó de inmediato?
- Sí.
- ¿El lugar del encuentro fue elegido por el muchacho?
- No, lo escogió Clara tras el pedido que le hiciera a través de María el finado.
-¿Cómo se enteró el Sr. Ortigas del encuentro?
- Lo escuchó tras una puerta porque sospechaba algo.
- Necesito pedirle un favor de vital importancia. Preciso saber cuántas de mis langostas rojas liberó el Sr. Ortigas y necesito saberlo cuanto antes.
El comisario salió unos minutos y volvió a entrar diciendo:
- Liberó todas sus langostas rojas. Usted dijo que no había peligro.
- Y es así. ¿Me permitiría usted hacerle una observación del caso?
- Ya se ha estado tomando desde el principio el atrevimiento sin mi permiso -dijo con cierta sorna.
- Mire, sucede que Ortigas es demasiado culpable. Flores, me atrevo a decir que él está mintiendo deliberadamente. Una pequeña prueba de lo que digo es que las langostas no eran rojas. Hay sólo un motivo por el cual puede incriminarse un hombre así y es para salvar a alguien muy querido. Creo que Ortigas está actuando de buena fe, cumpliendo con la obligación de patriarca que siente insoslayable, pero el pobre se está enviando a la hoguera desconociendo que esta abnegación es una de las premisas de un plan bien meditado.
- ¿Qué quiere decir, Sánchez Prete?
- Quiero decir que los culpables materiales del robo y del asesinato son los peones del Sr. Ortigas y que su hija es la autora intelectual. La víctima es sólo un instrumento para dejar tras las rejas al Sr. Ortigas.
- ¿Qué lo hace pensar así?
- En cuanto a los hechos, que a mi laboratorio entraron dos personas y no una. Lo que deja un punto crucial sin resolver en la teoría que usted presentó anteriormente y la hace rodar por tierra en mi opinión. Entraron dos personas y tenían una escalera grande que el finado no pudo tener. Si busca de Ortigas encontrará una escalera que calce justo en las huellas que hallé bajo la ventana, no tengo dudas.
- Usted sabrá que las huellas en un campo pueden engañar y tenemos la confesión con detalle de los hechos por parte del culpable. ¿Debe tener algo más para convencerme?
- En este punto le doy la derecha; tiene motivo y tiene confesión. Pero una intuición me guía y he aprendido, al igual que con las huellas en un suelo, cuándo debo perseguir. Una casualidad despertó mi imaginación, y los puntos incoherentes del relato la hacen verosímil. Le contaré, las langostas tienen dos comportamientos divergentes. Viven tranquilas en el lugar que nacen, sedentarias, siguiendo sus ciclos y tomando el color del follaje que les rodea. Cuando condiciones favorables de reproducción producen una cantidad muy superior a la habitual, comienza una terrible transformación. Al estar en contacto con muchos de sus pares, les sobreviene el deseo de migrar en grandes hordas, cobran un color muy distinto y comienzan a desolar todo lo que está a su paso. En el camino puede suceder que otras se sumen; en ese caso mudan su color al de la horda prestas a recorrer miles de kilómetros. Si alguna se pierde, por el contrario, retoma su vida sedentaria en el lugar que haya quedado y, poco a poco, va perdiendo el color del enjambre. Son como soldados, sabe. En el baile, los peones de Ortigas estaban vestidos con poncho rojo, era claro que el motivo era una demostración de poder. Luego en dos cruces fortuitos he visto que los peones han mantenido el rojo en sus vestimentas pero cada vez en menores proporciones. Ese hecho que no tiene una relación causal pero si una psicológica: la necesidad de identidad de todo ser vivo. De allí deviene su hija predilecta, la complicidad. Una casualidad, ver en la suela de la alpargata de uno de los peones una de mis langostas, acentuó aún más mi sospecha. Y el hecho que me ha transmitido hace unos instantes de que curiosamente fueran ellos quienes hubiesen encontrado el cadáver y el modo tan particular de transmitir la noticia me convence aún más de mi teoría.
- Mire, no quiero ser maleducado pero su lógica no entra en los manuales de investigación policíacos. Quizá en otro siglo hubiese sido más útil su intervención.
- Comprendo lo que piensa pero le pido que me escuche. No estoy seguro ni siquiera de si hemos de salvar al pobre hombre o la verdad habría de infligirle una herida aún más profunda. El Sr. Ortigas no permitiría nunca que su hija esté con un peón, es esa clase de personas que reparan en las clases. Esta arbitrariedad y el ejercicio prepotente del poder y sus celos son uno de los pilares de la intriga. Otro pilar es una oportunidad única, un hombre que es públicamente aborrecido por él se presenta, nuevamente, en el pueblo. El resto es un plan perfecto eclipsado por un cabo suelto. El joven, inspirado por el amor, es una presa fácil. Se lo conduce a un encuentro a hurtadillas por la noche en un lugar apartado; lugar propicio en tiempo y espacio para el amor pero también para la muerte.
- La cita la arregló él, Sánchez.
- Una mirada alcanza para dar a entender algo a alguien que se conoce.
- ¿Usted insinúa que fue provocado por Clara?
- Exacto, creo que con un gesto le hizo comprender su correspondencia y le indicó a María para que fuese intermediaria. Los peones, por su parte, esa misma noche roban mis langostas. Usted no es el primero que visita mi laboratorio; mi ocupación genera curiosidad y por estos lugares la gente habla. Al otro día se produce el encuentro donde emboscan al muchacho dándole muerte, le tiran las langostas y lo queman. Luego viene el engaño, Clara busca a su padre y le cuenta una historia distinta; le dice que el muchacho se comportó de un modo inapropiado y violento y que ella en su defensa sin querer lo mató. Le cuenta que el muchacho tenía las langostas y el combustible en su auto, y que lo usó para quemar todo porque no quería ir a prisión. María arregló el encuentro y ella accedió de buen grado; nadie le hubiera creído. El padre entonces decide enterrar todo; les da a sus empleados un par de días libres para poder hacerlo. Pero al día siguiente los peones estruendosamente se apresuran a contar todo a la policía adelante de todos. La mano está jugada.
- ¿Y la carta?
- Eso es mérito del señor Ortigas: un padre celoso, perjudicado económicamente, abusado en su hospitalidad, mata al hombre en su campo, le tira las langostas encima, lo quema y luego deja una carta con sus huellas. Lo que tiene patas de perro, cola de perro, hocico de perro, orejas de perro, es un perro.
- Tiene una imaginación prodigiosa; ¿No duda en confundir la realidad con la ilusión?
- He visto a los reducidores de cabeza cara y cara y conozco a muchos operadores políticos. Las posibilidades del infinito son infinitas y lo increíble es un fenómeno de la conciencia, no de la realidad.
- ¿Entiende que me es difícil creer en lo que dice?
- Sí, lo entiendo. Pero existen pruebas que figuran en sus manuales que pueden apoyar mi teoría. Le pido que compare las huellas encontradas en mi campo con la de los peones y con las escaleras que encuentre en el campo del Sr. Ortigas. Si coinciden, la única forma de resolver el entuerto es hacer un careo y engañar a Clara diciéndole que el padre ha confesado. No creo que Ortigas se eche para atrás, lo lleva un sentimiento que considera genuino.
- No encuentro motivo suficiente para realizar tales procedimientos Sr. Sánchez Prete.
- Ha muerto un hombre ¿sabe? Y las pruebas están dentro del protocolo. Espero que su buena conciencia lo lleve a hacer lo correcto. Ortigas está condenado de una u otra manera, pero el crimen se debe pagar.
- Adiós caballero.- me dijo, indicándome la puerta con la mirada.
Me fui sin saludar. Recuerdo que pensé que conocía a la calamidad en las formas más sutiles y disfrazadas del gentil hombre y en las alevosías de los locos, pero que no podía habituarme a ella. Pensé que había hecho mal en contarle la intuición que desataron los colores y lo bien que había hecho en omitir el asunto del tango canción. Sin hablar, por el resto del día, me acosté invadido por la ira.
Al otro día por la mañana el comisario Flores me visitó en el laboratorio.
- Sabe Sánchez, usted sabe hablar y ayer me ha conmovido pese a que estaba incrédulo y reticente. He venido a decirle que, aunque no entiendo como ató los cabos, todo lo que dijo es cierto.
- ¿Hizo las pruebas?
- Sí, y coincidieron tal como dijo.
- ¿Engañó a Clara?
- No, es más fácil engañar a un engañado que a un manipulador. Hablé con los peones para confrontarlos por el robo de las langostas. Al principio negaron todo pero al presionarlos y sugerirles que eran títeres de una dama su seguridad se fue desvaneciendo.
- Vio, no todo es lo que parece, Flores.
- Eso parece.

jueves, 27 de enero de 2011

Sombras de sombra (Alberto Díaz Flores)



Tres días de intensa lluvia lo obligaban, todavía, a refugiarse en aquella grieta del monte Kii. Consideró que el burlón acontecer estaba demorando, en forma de precipitaciones, el desarrollo voraginoso que en los últimos días había cobrado el camino que había iniciado muchísimo tiempo atrás. Unas ansías, raras en él, le invadieron; es porque albergaba en su corazón el afán de hallar una respuesta que sentía muy próxima.
Desde chico el sonido había movilizado los impulsos eléctricos necesarios para articular la precisa modificación material en las células de su cerebro que fijaron en él el más curioso de los indeterminados sentidos. Su abuelo le había repetido el discurso ancestral, la apreciación de la naturaleza transmutada en lenguaje.
Le habló, en sus tardes primeras, del Shinto, de sus liturgias y de cómo honrarlo. Le relató con dulces palabras la existencia de una pléyade de 8 millones de deidades y cómo con sus respectivas y diversas fuerzas mantenían el equilibrio y la armonía en el devenir. Y le habló del monte Kii.
Ya en aquéllos, sus años mozos, fue creciendo su devoción; imaginando el santuario sito en el mítico monte, fascinado por la cosmovisión que cifraba, por los profundos misterios que lo conmovían. Aquéllas tierras lejanas le propulsaron sus primeras ganas de emigrar. Pidió un triciclo en una ocasión convencido de que podría emprender la misión y, luego, disuadido por sus padres que le nombraron al mar como su principal escollo, alimentó las fantasías de construir un barco enorme con papel del modo que le había enseñado su abuela. Pero faltaban aún salir muchos soles y vivir muchas penas antes de que lograra pulular aquél follaje.
Soñó muchas noches con la hermosura de la princesa que es hija del sol y con mil máscaras que le generaban tanto pavor como atracción. En la pesadez del sueño fluctuaban los inconexos eventos. Bellos jardines plagados de sonrisas daban pronto paso a sitios sombríos y a caras extrañas que desaparecían cuando el rostro divino de la princesa de pronto surgía, le miraba y sonría. Si ella se apartaba aquéllas volvían, pero insistía en perseguirla pese al miedo e intentaba hallar entre las sombras su sombra. Sin saberlo, alimentaba, con las variadas e insistentes evocaciones, ya en vigilia, ya en duermevela, sus futuros pasos.
Nacido en Parque Centenario e independientemente de que sus ojos rasgados y el epíteto ponja le recordaran, toda vez, su origen de geografía remota, los saberes recibidos le sembraron, en su desarrollo, la idea de que no se encontraba en el lugar adecuado para lograr su plenitud. Si bien le gustaban el fútbol, las mujeres y el mate nuestro país nunca se le ocurrió terreno fértil para la finalizar un proceso evolutivo que sentía necesario; su imaginación había trazado ya otros horizontes. Lo llevaba el presentimiento de que guardaba en su interior ciertos principios vitales que se activarían bajo unos precisos parámetros.
Respondía siempre a sus amigos, cuando requerían explicaciones sobre su estado de abulia, que experimentaba una suerte de diapausa y no una depresión como ellos parecían sugerir. También blandía como argumento la extraña comunión que sentía con algunas especies de libélulas que en su estadio de larva, además de vivir más de diez veces que en su estadio final, se desarrollaban en un lugar remoto que era abandonado en el acto y para siempre.
Tenía una particular afición por dichos insectos que había nacido con la melodía de una tradicional canción japonesa que explicaba a los niños como cazarlas. En el Japón el cultivo de arroz es primordial para la dieta y los inundados campos donde crece son también el terreno fértil para las gestaciones acuáticas de los mosquitos, moscas, tábanos y de las propias libélulas. Éstas últimas eran festejadas por el arte de los hombres puesto que cumplían la función de predadoras de aquellos otros insectos, vectores de enfermedades y por demás molestos.
El principal impedimento para la efectuación de su anhelo espiritual lo constituía una obligación de la que no renegaba. Por unos malos negocios su padre había perdido todo cuando era él adolescente, y luego de que se suicidara asumió la responsabilidad de velar por su madre. Primero con amor, luego, fue necesario también el metal.
Para poder ahorrar lo más posible para el viaje llegó a caminar setenta cuadras de ida y otras tantas de vuelta durante años hasta el microcentro, donde lo disfrazaban para servir la mesa en un restaurante de comida japonesa. El yugo y la penuria que muchos tienen que pasar en esta vida para que otros gocen de placeres exagerados alguna vez le trajeron dudas de verse sus pies en aquéllas tierras. Sin embargo, ni una sola vez se lamentó o maldijo las circunstancias de su vida, a pesar incluso de que lo poblaban los recuerdos de sus seres queridos que ya no estaban.
Tenía bien arraigada la obstinación por el camino que se le fue allanando desde un plano inconsciente; y había decidido soportar con fuerza todo lo que tocara en suerte. Tenía conciencia de los poderes que guardaba la superior inteligencia de la cual su pensamiento era una manifestación, si bien avanzada, aún escasa. Y a los laberintos de la psiquis los sorteo con la fe de que, al fin y al cabo, la razón no importaba nada cuando, tanto en la inmensidad como en lo microscópico, las fronteras de lo observable por un hombre se perdían en lo infinito y cuando el orden preciso de la naturaleza dejaba afuera del control, por medio del pensamiento conciente, los millones de movimientos y procesos necesarios para la propia existencia, incluyendo la procura del aliento.
Su intuición lo llamaba a un preciso lugar. Desde aquéllos rumores salientes de un rostro que se desdibujaba hasta los sueños eróticos en los que se consumía, en éxtasis, por el fuego de un celoso padre que no soportaba ver a una diosa liada con un simple mortal. Desde Parque Centenario hasta San Nicolás sus pasos se dirigían, inmemoriales, al monte Kii.
Un día murió su madre y con mucho pesar inició su periplo. Tenía treinta años y el dinero contado que había ganado con su trabajo, en ese lugar donde esperaban que la propina sea sueldo y donde explotaban, por añadidura, comercialmente su estampa.
Le zumbaron fuerte los oídos al despegar el avión y sintió cerca del cuello la sensación de que un algo se le resquebrajaba. Luego de un par de trasbordos llegó al monte. Se sumó de inmediato a la peregrinación que finalizaba con la llegada al templo y resistió sin problemas el arduo camino debido a su involuntario entrenamiento. Todo se conecta de una manera insospechada, pues, aunque no es evidente, se es el sujeto preciso de un discurrir de millones de eones y lo que se alude con la palabra azar es, en la inaccesible realidad, la causa eficiente de infinitos eventos. Él lo entendía así, lo sabía de antemano, lo sabía de expresar, pero esta vez lo comenzó a sentir desde las plantas de los pies.
Al llegar al templo convocó y reverenció a las fuerzas supremas en medio de inciensos. En un acto de generosa ofrenda se despojó de todo lo que poseía permaneciendo además unos días en ayuno. Luego emprendió su otro viaje adentrándose en el monte, con unas pocas provisiones.
Mientras caminaba cazaba libélulas del modo aprendido melódicamente y admiraba sus hermosas formas y sus colores para luego liberarlas ilesas. Sentía que su cabeza era una voraz boca que se alimentaba de todo lo que veía, olía, tocaba y oía y pateó el monte masticando todo lo que podía. Se abrazó a los árboles y, por primera vez en su vida, gritó muy fuerte -en criollo-. Luego se sumió en el más profundo de los silencios.
Comenzó una tarde un raudo temporal y se debió refugiar en una grieta. Él deseaba seguir en tránsito, estar en perpetuo movimiento como el impermanente mundo pero luego de tres días todavía estaba varado allí. No cesaba de llover y de tronar. Se sentía demasiado próximo pero contenido muy a su pesar. La cortina de agua sumía en sombras el lugar y esa noche tuvo un curioso sueño.
Salía de su casa y comenzaba a caminar como a diario. Ésta vez al llegar a la puerta del restaurante donde trabajaba en vez de entrar seguía de largo ante la mirada atónita del dueño. Atravesaba, a continuación, a toda marcha la reserva ecológica y se adentraba en la mar. Sus pies parecían estar hechos de plomo lo que le permitía ir caminando sobre la plataforma marítima. Los peces nadaban a su alrededor y con sus dedos tocaba brevemente la vegetación marítima, siempre huidiza. Una pesadez hacía que todo fuera lento, muy lento. Los sonidos eran profundos, algunos muy agudos y otros muy graves.
Además de peces y crustáceos, había millones de partículas diminutas y blancas, y cientos de burbujas que lo rodeaban. Luego de un rato de caminar, el mar se aclaraba y el sol, que traspasaba las aguas cristalinas, hacía que las pequeñas siluetas redondas tomaran su color y, de pronto, se halló en un cosmos acuático con millones de minúsculos soles.
Más tarde todo se sumía en penumbras y en una escala de grises cambiante se dejaban entrever formas anodinas y efímeras por doquier. De un momento a otro se encontró hecho una bolita, envuelto por una sustancia viscosa de la cual se pudo deshacer haciendo mucha fuerza con la cabeza. Acto seguido, un fuerte chorro de agua saliente de su ano lo propulsaba con potencia fuera del mar dando una inspiración profundísima que le producía un ruido fuerte debajo de la nuez.
El ruido resonó en la grieta y él despertó. Descubrió con alegría que había dejado de llover y percibió como cientos de libélulas volaban por los aires movidas, quizá, por la misma buena nueva. Con un sentimiento de regocijo inefable cerró los ojos por un rato sentado en la oscuridad. Luego, sonriente y silbando cierta canción se echó, nuevamente, a rodar.

martes, 25 de enero de 2011

Gracias (Archibaldo Papeli)



Tan Tan Tan
aaaTan siquiera
tanta abulia mental
Inmortal tentempié
aaaaaaatan talán…

Gracias!
Por agradecer las agradables
y agraciables agradecerías
aaasi me agradecieras,
yo te agradecería
aaaaaaaaaano me agradezcas
yo no te agradezco más
aaaaaaaaaaaaaaaade lo que me agradecerías
más:aaaaagradezco lo agradable
aaaaaaapremisa humana. La cual
no siempre agrada, pero
si, en esta oportunidad, agrandó
el espíritu.
aaHombres y agradables pasos
Mujeres de agradables gracias. Gracias.

No existen, aunque él
esté convencido de
tan absurda certeza
No existen, se fueron
hace tiempo.
Detrás de cuántos cristales
esperábamos el silencio,
silencio de crematorio
ambulante, que se pierde
En un mar de lágrimas
rojas…
se trató del asunto de las
palabras duras. Se las
prohibió con dureza,
y nacieron más palabras
duras, y salieron de duros
ojos, el mundo abrazó un
rugido de ladridos, y luego
abrazó un rugido de
aaamordiscos
aaaaPor blanco que bostece, tú escupirás
sobre tu propia polenta.
Y dirás, entre dientes…
aaacomo un tobogán
y tu grácil figura
aaaaaay tu sonrisa
aaaaaaaaaaaaaatronchada…

Bs As 28-04-06

domingo, 26 de diciembre de 2010

"Chispa" (Julián Nugnes)




Un amigo me dijo “el foco que perdí espero que me vuelva a iluminar, por fin”.


Y así reencendí mi chispa.



Una amiga me habló y habló y habló y habló, las palabras se espesaron y fundieron con su perfume, la noche entera fue un solo de saxo en espiral ascendente.



Mis amigos jugaron con las palabras de una forma tan “Tiki-tiki” que me volví más Cappista que Cappa.



Un pulpo se agarró con todos sus tentáculos al filo de la ventana cuando su propia genialidad lo empujaba para caer. Yo y mi aliado, estupefactos.



Bailé Rock and Roll intercalado con Twist durante una hora y media. Mi pareja era mucho mejor que yo. Ejercicio recomendable para Navidades.



Los cohetes y corchos vuelan a la medianoche.

El alcohol embadurna el paso del tiempo con esa niebla petrificada tan conocida por todos los vivos, y los muertos.



(“A cada una de tus resacas, dale de postre una pileta.”)



Mi novia me amó tanto que sentí miedo.


Y así reencendí mi chispa.



Espero no ganar nunca.


Me apagaría para siempre.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Apuntes, bitácora, el proceso, de eso se trata. (Julián Nugnes)

Sarandí City – Congreso Saigón – Constitu Amore.

Parece ser que Constitución es la última parada de esta trilogía del transporte público, los cuadernos desprolijos, tachados, las hojas perdidas en trenes y casas ajenas, laberinto de autobiografía en verso, poesías en prosa, el fuego en las pupilas, leer sin pestañear ni ponerme a pensar y no dormir nunca más, somos burgueses atómicos, la revelación del Dr. Jekyll, la sumisión, ascenso y caída de Mr. Hyde, surfeando la joda de San Pablo a Sarandí, y no nos queda nada por bailar, con la soga al cuello de los que bailan la danza de chupar la energía, fue otra la movida al regreso de Brasil, somos concientes de un futuro oscuro, ay, pero qué brillante es el transcurrir, de San Pablo a Sarandí, de Sarandí a Congreso Saigón y de vuelta a Quilmes apretado en el tren, escribiendo entre estaciones, soñando películas irrealizables, nunca mejores que nuestra propia aventura, hablando, hablando, hablando de nosotros y el universo, el espacio y el tiempo, la pulsión tanguera, los cantautores malditos de nuestra generación, las canciones para piano a medio cantar, todos los proyectos inconclusos condensados en uno, el fin de mi idea de juventud eterna, el comienzo de la eternidad verdadera, yo nunca quise lo que todos piensan que quise, solo quiero lo que amo, la etimología no me va a engañar esta vez, a partir del refinamiento académico pude refinar más que nada mi esfuerzo, y ahora solo quiero lo que amo, el amor de los amigos y las mujeres, el amor de madre y familia, las promesas imposibles, las traiciones inevitables, rebeliones hermosas contra su comandante en jefe, la entrega de la cinta, el fracaso de lograr la unidad y el colectivo indivisible, el prejuicio se volvió mi más acérrimo enemigo, lo veo encarnado en muchas caras, todas comparten una mueca, una expresión en común, no, no voy a citar a Durkheim, pero todos hablamos de lo mismo, se trata del individualismo hambriento, caníbal, de devorar otros individuos, sino no basta, bailan la danza de chupar la energía, cuando bailemos la danza de compartir energía, va a ser otra la movida, en base a electrocuciones corrí mi propio velo, ahora estoy desnudo y puedo elegir mis palabras y con ellas vestirme, ahora sé que voy a editar este libro, estoy seguro que voy a cantar este disco, ya no tengo nada por lo que estar ansioso, sé que el futuro es oscuro, pero vivimos disfrutando el brillo de este hermoso devenir, aprendiendo y creciendo, mejorando a los que nos rodean, siempre dando todo, todos los días, todas las noches, hasta el ultimo segundo de conciencia, en Congreso Saigón, en Quilmes, en Constitución, en Alberdi, forzando siempre el abismo, sin claudicar, puliendo un estilo, un estilo de arte y de vida, porque el arte es nuestra vida y la de todos los demás, el desarrollo de la palabra escrita más allá de los confines del gusto, el final candente, estrepitoso, alcohólico, la definición que busco en vano,

Porque no la quiero encontrar

La última aduana es la abolición de mi gusto personal.

Eso significa.

A eso me refiero.

Solo la música agujera el cielo.

Vida, muerte y demás.

Los diversos brillos y la trama (Alberto Diaz Flores)


Casa colonial en una zona rural de la Provincia de Buenos Aires. El sitio fue abandonado por sus dueños hace muchos años. Objeto de los embates de la naturaleza, de las travesuras ocasionales de los jóvenes y del atroz e inexorable paso de los años se encuentra en muy malas condiciones.
Entre sus habitantes actuales hay tres gatos -uno negro, uno blanco y uno naranja atigrado- de comportamiento ocioso y estrafalario; están atrapados en un mambo extraño por los influjos de las varias Nepetas Catarias que proliferan en el lugar. Varios insectos ocupan la zona alta y también la subterránea, llevan una existencia maquinal, esquiva y silenciosa.
El avatar cósmico se manifiesta de un modo singular en esta morada. Una araña anhela construir una tela triangular. Unas hormigas sin reina pasan sus últimos días empecinadas en formar una pirámide montándose unas sobre las otras en un intento por lograr una simbólica y paradójica organización horizontal; una torpe e inconsecuente anarquía las lleva, sin embargo, a boicotear su propia misión.
El comportamiento psicodélico e indiferente de los felinos hacia el resto de los seres, exceptuando la vegetación de sus placeres, les permite a los insectos ciertas y pequeñas licencias en el cuidado de sí: deambulan sin la menor preocupación.
La acción venidera se desarrolla en una de las habitaciones de la casa, en una noche de tormenta eléctrica. Los relámpagos permiten la visión fragmentaria de la extravagante escena.
Los gatos están particularmente afectados hoy: son guiados por los objetos de su imaginación, se mueven de un modo errático, alternan inusitadamente persecución de nadie y nada con eyaculaciones, orín con franela y frenesí con quietud.
Las hormigas, tras una ceremonia religiosa en la cual ofrecieron un coleóptero en sacrificio, se disponen a realizar su berretín una vez más; esta vez el intento parece más promisorio que nunca, la liturgia y sus meditadas palabras han despertado una fuerte y precisa energía, algunas de ellas se encuentran en estado de éxtasis.
La araña, por su parte, ofuscada y deprimida por sus cálculos hasta ahora infructuosos se dejó caer hasta el suelo con la esperanza de observar desde otro ángulo el terreno sobre el cual planea su artificioso montaje; la lleva el fulero presentimiento de que no hay tiempo de más.

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Las hormigas se organizaron en una base cuadrada con rapidez, dos o tres se terminan de acomodar. La araña camina lentamente dirigiéndose al centro de la habitación. Los tres gatos soban las Nepetas.

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El gato negro se refriega contra el piso. El gato blanco se golpea la cabeza contra la pared. Las hormigas siguen trepando unas sobre otras, avanzadas ya en su aglutinación. La araña está quieta cerca del centro de la habitación. El gato naranja orina mientras camina pegado a una pared.

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Las hormigas han avanzado de un modo singular, casi están por completar la forma añorada. El gato blanco está persiguiendo una quimera. El gato negro mira sentado, inmóvil en un rincón, la pared. La araña ya está en el centro de la habitación. El gato naranja se frota contra una Nepeta.

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Una pirámide de hormigas se yergue en la habitación. El gato negro camina lentamente al centro de la habitación. El gato blanco se golpea la cabeza contra la pared mientras defeca. El gato naranja le está orinando encima. La araña sigue en el centro de la habitación.

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El gato naranja eyacula sobre la pirámide de hormigas. El gato blanco frenético, en el mismo momento, salta sobre la pirámide y se revuelca girando rápidamente para un lado y para el otro. El gato negro cruza el centro de la habitación pisando a la araña.

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Un rayo acierta, certero, en la casa. Todos quedan momentáneamente pasmados. El gato blanco crispado, cubierto de orín, semen y hormigas, mira al gato negro que pereció por la intensidad de la descarga. El gato naranja, afectado en su sistema nervioso se mueve espásticamente hacia las Nepetas. Las pocas hormigas que quedan se retiran en fila por un intersticio en el zócalo. La araña se invagina cada vez más; ya es un bultito negro en el centro de la habitación


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viernes, 26 de noviembre de 2010

"Constitución" (Julián Nugnes)



Sábado, 8 de la mañana.



Lío espera borracho en la parada del 37.


Nacho maneja su Fox con Seba de copiloto, escuchando “Pescado 2”.


Emanuel y Emilio se preparan un Calimocho.


Libertad amamanta a su futuro bebé.


Gatunni duerme.


Mientras, en Constitución: Yo voy camino al trabajo.



Lo primero que sentimos, una vez que entramos al perímetro que delimitan aquellas cuadras malditas del centro, es el olor a frito. El olor a fritanga es penetrante y rancio, como si todo el lugar se hubiese freído durante días en el mismo aceite barato y berreta.


Pero el olor de Constitu es una fragancia compleja, un trabajo maestro de la baranda mundial. Al olor frito hay que combinarlo, en dosis exactas, con olor a concha laburada, transpiración sobre camisetas de Futbol, panchos, humo de caño de escape, sudor de tetas de gorda, linyera mojado, pene de travesti, olor a tren del ´45.


Creo que sin el sentido del olfato ninguno de nosotros podría reconocer a Constitución aunque se encontrase en Salta y Brasil, rodeado de vendedores de oro, rateros y drogadictos. Estaríamos perdidos, desorientados, sin saber si se trata de una pesadilla o de la misma muerte.


No es mi intención buscar algo romántico en Constitución, no es fuente de inspiración, no me remite a nada bello de mi infancia. No encuentro nada en ese lugar, simplemente es horrible. Pero una clase de horror que se acerca a lo infernal, a los confines del Hades mítico.


Y, claro, allí reside su misterio.


¿Esos hoteluchos, negocios, personas infernales tienen vida propia?


¿O están allí, como advertencia, solo para atormentarnos?


Como diciéndonos, pícaros: “Nunca digas nunca jamás”.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Astronomía (Alelí Manrique)



Y ahí es donde todos los seres videntes y sueltos tenemos algo que nos une más allá del aire libre, concretamente.
Desde el concreto, desde la terraza, desde la arena, la nieve o el mar, desde la primera mujer hasta el último hombre, y es que el poder de nuestros ojos viaja miles de kilómetros hasta chocarse y absorber la luz que emite el satélite de amor, la fiel luna, compañera dependiente de lo terrestre. Y ése es un gran punto en común, donde confluyen todas las miradas, porque a veces se ve mejor de cerca y otras de lejos, pero nunca si estamos inmiscuidos en el asunto. Después además, algunos estaremos conectados con otros al coincidir en: cometas (menor cantidad de la población mundial) y distintas estrellas y luceros, muchos de los cuales incluso…ya no existen! Hace muchos años se apagaron pero su luz tardó tanto en llegar que podríamos decir que es su almita la que toca nuestras crédulas pupilas, que creen lo que no existe solamente porque lo ven.





Visite:
www.edicionesencendidas.blogspot.com
www.nenadedepartamento.wordpress.com

Fotosíntesis (Alelí Manrique)

Señor malevo présteme su daga para hacerme el harakiri lentamente en este rufo Sunday sunset en el que el Sol de Mayo yira y yira tanto tiempo solo..
Y nada más que para llegar esfumándose mareado contra los adoquines de la calle que está dura y desteñir de a poco, así como los flashes a las adulteradas acuarelas del Riachuelo, las chapas multicolores del caminito.
Mientras tanto, la colorada N* 06 Rojo Pasión, se descalza los tacos para bailar "Canción desesperada" por milésima vez en el día.

El Sentido de la vida (Alelí Manrique)

Acércate a tu balcón y mira para abajo.
Seguramente prefieras seguir ahí antes que tirarte cabeza abajo.
Entonces no te preguntes más eso por favor y ocúpate de algo más.

La fiesta fue una monada (Alelí Manrique)

La fiesta fue una monada.
La pobre rueca no podía hilar ni dos palabras.
La buena pipa bailaba con sus humos adolescentes.
Un pie estaba en el aire porque el otro lo apoyaba.
Fueron Lujo y Lujuria.
Las apuestas comenzaron a correr.
Los buenos mozos tras ellas, olvidando así sus canapés y todo protocolo.
Los rumores no tardaron en llegar.
El mago perdió el saco, se quedó sin su as bajo la manga y se tuvo que ir.
Las mellizas Varicela y Virulana freían churros.
El sol brilló por su ausencia.
Más tarde cayeron tres gotas locas.
Cantó la negra Rosa ¡Fue celestial!
Me llevé buenas impresiones de algunos amigos de la casa, después se las devuelvo.
Le saqué la ficha a varios también, esas me las quedo (a un par los tuve que mandar a freír churros con las hermanitas).
En un momento hubo garrapiñadas..
¡Fue como patada en el medio de la trompa, explotó como piñata en el centro de la torta!
Al divino botón lo invité al balcón a charlar, porque justo en ese momento cantaron el feliz cumpleaños y me quedé sin el pan y sin la torta.
De repente Varicela dijo: “¡Me siento mal!”
¡¡Y claro... había puesto las piernas en el respaldo!!
Estuvo muy divertida, pero al final se cortó la onda con los seres queridos, no quedó ni un alma, ni un cuerpo.
Además ni a Sol ni a Sombra le gustaron mis chistes.
Mañana la calavera no chillará pero el cocodrilo nunca va a llorar en serio

Mañanas bajo el Sol (Alelí Manrique)

Les encantaba que les sirvan el desayuno en su balcón terraza que daba al Zoológico para escuchar a las bestias salvajes levantarse por las mañanas, mientras la empleada doméstica les preparaba y les servía el jugo de naranja, con mucha pulpa, para poder escupirla contra los paseantes que caminaban bajo el Sol por República de la India.

Bulogne al sur del mar (Alelí Manrique)

Adrián vivía desde siempre en Bulogne y trabajaba en la bulonera familiar, hasta que a Bulogne lo tapó el agua , y se empezó a llamar Bulogne al sur del mar, entonces se tuvo que tomar el buque, se fue a Venecia, en donde tuvo que remarla bastante, llovía a cántaros todos los días y Adrián lloraba a mares cada vez que veía una camiseta de River.

Soy soltera (Alelí Manrique)

No encontré a mi media naranja, soy soltera, tengo una hermana gemela, ando en triciclo, alimento cuatro gatos callejeros y mi sueño es viajar a conocer el Pentágono.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Las diversas tramas y el brillo (Alberto Diaz Flores)



Lo primero que vi tras caer fue una difusa luz; la rodeaban con insistencia unos bichos. Había pasado varias horas en la bañadera con el agua muy caliente y al levantarme de repente, ante la ocurrencia de beber un vermouth, mi vista se nubló y pum, al suelo.
Al rato pude recomponerme un poco y mi mano tentó el cuero cabelludo rasgado y sangrante; nada grave. Eso sí, como consecuencia del golpe, mi cerebro parecía leudar, luchando, en vano, por salirse de sus límites tan bien guardados.
Me senté con la espalda apoyada en la bañadera para reposar y después de un tiempo volví a poner los ojos sobre la blanca luz. Noté que la pantalla estaba un poco gris por la mugre y que la parte inferior estaba negra, pero por dentro. Los insectos insistían en rodear la esfera; el dolor, mi cabeza; la cabeza me zumbaba y cada uno de ellos también.
Recordé, cual rayo que surca un oscuro cielo, su tono, su particular modulación, sus precisas palabras: “Te debes alejar para ver ciertas cosas y otras veces debes acercarte”. Me había despedido con ésta consigna gnoseológica en Retiro, tras la cual me guiñó el ojo al tiempo que me calzó un cariñoso cross a mano abierta en la mejilla.
Necesitaba pasar unos meses al aire libre para intentar refrenar una siempre incipiente pastura mental que impedía a otras posibles formas brotar y desarrollarse, según su diagnóstico. “Si hay surcos en el cerebro es posible sembrarlos” me dijo días previos al viaje. Las metáforas vegetales, sin duda, eran sus preferidas para conmigo y las más logradas: “Para qué ocupar la mente en derrumbar todo lo que se te ocurre; sin pensar alcanza. Busca mejor con insistencia ciertas y precisas flores y su evocación quizá te traiga sus olores, sus colores.”
Era un bardo bien ágil Don Tito. Siempre le di crédito, y luego aún más, a sus palabras porque sabía que siempre me ocultaban algo, para que luego yo descubra mucho. “Yo no conozco los libros -solía decir mi abuelo- pero lo conozco a Tito”.
Luego de arribar, al recorrer la estación a pie respirando hondamente, me sobrevino la sensación de estar movilizado. El viaje me había brindado una cierta, bella y pequeña felicidad; alejarme de la ciudad y de los sitios frecuentados me proveyó de una deliciosa amnesia. Fui por el costado del camino, y luego de zapatear polvareda por algo menos de dos kilómetros llegué a mi antigua casa.
Me costó al principio acostumbrarme a su nueva apariencia, toda una nueva vida se desarrollaba en plenitud debido a la evidente falta de ocupación en el mantenimiento del lugar por varios años. El trabajo diario, el de hormiga y el de araña, que hacían antaño mis padres para controlar un siempre presente e imperceptible imperialismo, se tornó para mí, de pronto, harto evidente.
La casa parecía una maceta. Unas desquiciadas enredaderas, por varios sitios, ocupaban las paredes y dejaban entrever, cerca de sus fronteras, las pequeñas salpicadas marrones de vanguardia que anunciaban una próxima e inminente conquista. Unos ya carcomidos y secos burletes no habían podido hacerle frente al insistente avance del polvo que ya se había sedimentado, formando una fina capa de pocos centímetros, en las cercanías de las aperturas, donde crecían unos simpáticos tréboles y unos brevísimos pastos. En diversas rajaduras anidaban unas palán palán con sus flores tubito amarillas y su verdor glauco tan curioso.
Pensé inevitablemente en Don Tito y me fue imposible, desde ese instante, no considerar que lo rodeaba un halo luminoso, un áurea casi mística; sus metáforas cobraron un sugestivo rumbo en mi mente ante el nuevo e inesperado paisaje. Di por verdad entonces estar en una misión emancipadora y, debo confesar, que con antecedentes poco promisorios: una marcada tendencia a la vagancia y, en relación directa a esto, una casi insoslayable adaptación a las contingencias que tocasen en suerte.
Sentí como un necesario deber intervenir primeramente con un trabajo arduo en la secreta contienda por la ocupación del espacio. Como señal de que me hallaba sobre la huella del camino correcto, en mi primer movimiento arranqué un trébol de cuatro hojas, al cual miro todavía cuando proliferan en mi mente ciertas ideas: el movimiento contrario está siempre supuesto en cualquier direccionalidad, en cualquier intención.
En esos menesteres pasé las primeras semanas de mi estadía; la vegetación fue tomando una humana apariencia: un orden dado por alguna que otra simetría y por ciertas nivelaciones logradas por la poda. Hallé, tal como intuí, en esta experiencia los primeros atisbos para la construcción de mi invisible y anunciado jardín.
Al pasar los días me entregué a la observación de aquella otra vida que atestaba la casa, los artrópodos; pero sin descuidar los avances ya logrados: la rutina y el sobreesfuerzo inicial me habían vuelto particularmente eficaz.
Comencé a examinar sus movimientos, sus formas, sus ocurrencias. Dos tipos de arácnidos, por ejemplo, me impresionaron mucho. Una araña de cuerpo pequeño y patas largas utilizaba dos planos -dos paredes en un punto alto o una pared y el techo en su defecto- como cimientos para fijar su tela de pocos centímetros de circunferencia. Si bien hacía alguna reparación que otra, su movimiento era casi nulo y su posición central. Al percibir una vibración en la tela rápidamente se acercaba a cubrir a su presa y volvía a su posición; todo salía de su cuerpo, su complejo arte de vida componía, a la vez, su hogar, su trampa y su digestión.
Otra de cuerpo grande y patas cortas y anchas, más entretenida para mirar, salía cuando caía el sol y tendía, primero, varias líneas en una suerte de asterisco como base. Luego, desde el centro hacía afuera, comenzaba su tejeduría circular; era muy veloz, en menos de media hora desplegaba totalmente su red, de un metro de diámetro, aproximadamente. Un rato antes de salir el sol la recogía en la mitad de tiempo y se retiraba a un sitio oscuro; la exposición directa al sol la aniquilaba.
El acto propio de la observación de las diversas criaturas me llevó a notar que ciertos bichos en mi cercanía huían a velocidades exorbitantes y se escondían en el primer lugar estrecho que encontrasen, con la esperanza de no ser exterminados y otros no parecían conmoverse en lo más mínimo ante mi presencia. Algunos con un coraje impresionante y una abnegación superior por sus pares intentaban luchar contra el gigante y otros tantos se quedaban quietos de inmediato, paralizados. Ninguno quería sufrir daño pero sus actitudes eran bien diferentes.
Me sorprendió la cantidad de artrópodos distintos que no conocía hasta entonces, que siempre me habían rodeado sin que lo notase, y sus increíbles formas, sus modos complejos. Al pasar unos cuantos días, entusiasmado en la observación y en la relación que percibía entre ellos mismos, con los otros artrópodos y con la flora, comprendí la importancia de la diversidad y del equilibrio.
Sentí la necesidad de meditar; había absorbido como una esponja una serie diversa de experiencias que precisaban un orden, y en la marcha hallé una buena compañera. Junto a los pasos oscilaban las diversas impresiones y en el transcurso del camino tendía las redes imaginarias de nuevos paradigmas.
Una tarde, al rebasar los límites de mi circuito habitual, encontré unos ombúes enormes y extraños en la puerta de una casa. De la tierra brotaban sus enmarañadas raíces, pero había cierto detalle que los distinguía del resto de sus pares que abundaban en la zona: era la forma rectangular que guardaba el conjunto basal; parecía que una barrera invisible hubiera limitado los contornos de sus raíces.
Escuché de pronto una voz que me saludaba; era la dueña del lugar que curiosa me miraba del otro lado del cerco. No pude evitar preguntarle, luego de saludarla y presentarme, acerca de los ombúes. Me contó que tiempo atrás habían sacado unos canteros que tuvieron por muchos años ya que estaban cediendo ante la fuerza del árbol. Comprendí entonces la naturaleza de la forma que había captado mi atención; era la huella de una opresión, el resultado de un artificio. Las raíces habían sostenido una lucha incansable durante años contra esos límites, dando mil vueltas sobre sí mismas debido a la contención hasta que se volvieron lo suficientemente fuertes como para resquebrajar los muros.
Luego de una charla amena, en la cual me brindó el conocimiento de unas recetas caseras para alejar ciertas plagas, caminé de vuelta con malestar, asediado por la profunda evidencia de una hostilidad insoslayable que atraviesa a la vida.
Tal visión puso en tela de juicio todas mis creencias y mis esperanzas de encontrar la armonía, pero el triunfo de la resistencia, tan lento como inexorable, mediatizó sus alcances y con un sentimiento renovado opté por la interpretación de los hechos bajo los principios de una comunión que parecía transcenderlo todo. Me pareció, en cierto modo, peligroso amurarme a un solo aspecto de la realidad; siendo tan compleja y tan paradójica.
Pasé varios días quieto, sumido en profundas reflexiones, por momentos creí que iba a desvariar. De mirar el techo y el suelo, alternativamente, hallé otros aspectos del transcurrir de la morada en los que no había reparado: las hormigas colaboraban, en cierto modo, en la limpieza del lugar ya que levantaban todo bicho que cayese muerto y las arañas sostenían una conveniente guerra ancestral contra los voladores, midiéndose por categorías, que eran los insectos más molestos. A veces captar es necesariamente concentrarse en algo y otras veces surge así nomás; Tito era certero.
Al cabo de muchos días, mis observaciones y mis prácticas me hicieron saber que todas las formas contienen procesos simultáneos que son la manifestación de lo Mismo en distintas fases de desarrollo. En cada particular transición esto determina sus modos de relacionarse con el resto del devenir y sus distintas funciones; en una serie que no tiene principio ni fin. Algunas especies colaboran entre sí y otras luchan enfrentadas, pero todas se necesitan de un modo sutil y en esa interacción continua se ayudan a generar las condiciones de vida y muerte para ellas mismas y para el resto. Desde medios donde vivir físicos o químicos, sirviéndose de alimento mutuo y colaborando, a la vez, en sus modos de reproducción. “La vida anhela más vida generando la muerte que la sostiene en vilo”, recuerdo patente haber pensado.
Cada individuo es, por lo tanto, necesario al tiempo que contingente, pues es la encarnación de un impulso pretérito y la transición al venidero. Y todo sentido, pude entrever, es, indefectiblemente, paradójico pues apenas se trata de una dirección, de atar unos cabos en un entramado infinito, y la eterna cadencia escapa a ello por todos los otros sitios.
Medité en la relación que esto tenía con la humanidad, en la particular circunstancia de intuir la gran inmensidad, y lo sentí muy claro: un hombre puede considerarse hombre, estrella, bicho bolita, mono, león, volcán, margarita, porque de hecho lo es de algún modo, en algún lugar y en algún tiempo; puede hundirse en cualquiera de las tramas que pueda hilvanar su sentido siempre estrecho, puede vibrar con los ritmos que invoque su caleidoscópico cuerpo porque está haciendo algo más. Es un juego eterno el buscar y perseguir lo que está aconteciendo ya.
Pensé en una revolución real del humano y noté qué es lo que está sucediendo ahora, en cada sitio y en cada lugar, es esa transformación constante que es la base misma del tiempo. La tendencia a la mutación que sólo se puede percibir a través del prisma que es uno, al ver los imprevisibles haces que van brotando cuando lo atraviesa la luz.
Al fin y al cabo de mi expedición, he comprendido que la libertad que se añora la encontrará quien la busque con intensidad, e intuyo que el sitio donde la hallará no rebasará el contorno de su propia piel, pero en el momento preciso en que entre en contacto con otra piel. Ese es nuestro destino y es don cultivar tal semilla vital; cuidarla y vivir con alegría junto a los demás que comparten nuestro avatar y resistir el asedio de las otras energías que siempre han de estar y que nos buscarán dominar. Quedarse quieto nunca es una opción real, ya que es una ilusión eso de no actuar. Me lleva el presentimiento de que está pasando lo que tiene que pasar para que despierte lo que ha de despertar.
Ese día al componerme del todo me acerqué y desenrosqué la esférica pantalla; con cierta tristeza vi cientos de insectos muertos. Su acceso al cosmos es la luz que marca sus ritmos vitales y que calienta su fría sangre. Desde el sol o su espejo, la luna, la diseminación de luz es regular pero el invento humano es insuficiente. Los insectos, confundiendo tal brillo con los astros, son ilusionados por las ondas intermitentes que impactan de modo tal que los hace mover más un ala que otra...
Golpeándose hasta morir.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Cuando el humo Pobló todos los campos o 18-04-2008 (Adilo)


____________________Sojeros, humo poblando

_______________________ojos rojos, llorando

__________________Todo un gran lacrimógeno campo

______________________No niebla, no

_____________________humo sojero

______________________de las quemas de campo

_________________Lacrimal, mucosa ronca

_____________________garganta picosa

___________________y el lacrimal . . .

__________________campo-soja. Quema
_____________________del campo-soja

___________________quema de pastos
______________________en Zarate?

_____________________((en Campana?)

________________________En el Delta?

________________________Entre Ríos

____________________Va qué importa!!

__________________Lacrimoso igual

______________________Lloroso

____________________preocuposo

__________________astroso de penas

______________________lloroso de este

_________________granero "for the world"


__________________Garganta quemada

______________________en olor a

__________________poco escrúpulo

_________________País vendido

____________________con gente adentro.

_________________Superávit desnutricio

_____________________déficit racional

__________________Producto bruto y egoísta

___________________millonarios que nos traen

_______________________a mal puerto

________________Y el humo

_____________________siempre el humo . . .

jueves, 21 de octubre de 2010

La contemplación (Marina Mangieri)


¡Mírenme, mírenme ya!
¿Cuántos colores ven? ¿Qué colores ven? Si es que llegan a ver algún color. Soy toda luces mezcladas que pueden llegar a marear y sólo se puede seguir la corriente de mi movimiento corriendo o caminando, con suerte. Y si paras me vas a ver la mancha gris. Preferible seguir.
No paro de cantarles “seamos traidores sólo por un día” y a eso podría agregar “cada día”. Quien crea que me conoce tiene que recorrer todos mis lugares, ese viaje puede ser infinito y sin retorno porque ya todo cambió o porque te maté en el camino. Ni yo me conozco, cada día hay un poco más, cada día hay un poco menos. Me duele la cabeza, tengo la panza inflada y los pies congelados. A punto de explotar todo el tiempo junto. Soy un pedazo dividido en mil pedazos con mil pedacitos más en cada uno.
Enamorarse de mí es inevitable, desenamorarse obligatorio. Soy de todos pero no soy de nadie. Soy el mejor no-lugar común que no exige siquiera respeto porque de ese intento soy el peor resultado.
Nadie me cuida, todos me escupen. Este es el encanto: mi violencia, mi miseria y mi impureza. Me pueden criticar por algo que me hicieron e igualmente yo soy la culpable; entonces no hay cura ni solución. No se puede romper con las costumbres si eso ya se hizo costumbre. Acostumbrémonos a una mancha más en el tigre que en realidad es un leopardo hasta que se convierte en pantera.
Si una pija no me basta es porque tengo la más grande en el centro, pero no se equivoquen que no me la metieron por el culo sino por el otro agujero y es por eso que no puedo parar de terminar empezando a cada momento.
¡Prostitución positiva!
No desprecio a nadie porque todos se desprecian entre sí. Vienen a conocerme y al otro día se olvidan de mí entonces siempre quieren volver. El olvido y el tiempo fugaz dicen ser la consecuencia de haberla pasado bien. Es la búsqueda del imposible: volver a sentir lo mismo aunque hayan olvidado el sentimiento mismo. Hasta me hicieron melodías sinfines de despedida en donde ni siquiera hubo un comienzo pero definitivamente hubo una historia; hay miles, millones de historias que alguien más cuenta o calla o inventa.
Mis verdaderos amantes son aquellos que se van, me miran y vuelven. La traición es la prueba de amor.
Mi nombre es un chiste; ni siquiera puedo respirar.
Lo único que quiero es que me miren, que me vean de verdad; es mi mayor deseo y lo que ustedes más quisieran es complacerme aunque nunca nos alcance…eso nos hace inseparables eternamente. Somos lo mismo.
No me dejen. Mírenme, de lejos, pero no me dejen nunca.
¿Pueden?

lunes, 18 de octubre de 2010

Seis en un mesa (Adilo)

--------------------Congestionadas cabezas,
--------------------......se miran, se revuelcan
--------------------se fuman sus palabras en bolígrafos.

--------------------Seis que se entrechocan, se humean, se leen.
--------------------Seis que se chupan, se suspiran
--------------------.......se revuelcan, se paran,
--------------------...........se palpan.

--------------------Se perdonan y se ofrecen
--------------------.............se escuchan
--------------------se mueren y renacen
--------------------.......a cada instante.

--------------------Se respiran pesadamente,
--------------------..........sutilmente,
--------------------.....angustiosamente
--------------------....literalmente.

--------------------Se literaturizan mutuamente,
--------------------..se destierran y se entierran
--------------------.....se palpan visualmente.

--------------------...Uno coagula con su birome,
--------------------..otra escucha hasta las eces,
--------------------....el otro rumia apacible
--------------------y se contempla el otro, mascullando nada,
--------------------fumando su lánguida parsimonia,
.--------------------lee aquella con su aire colombiano,
--------------------todos copulan su silencio,
--------------------..mientras palpo palabras sobre blanco.

domingo, 10 de octubre de 2010

El Polilla (Alberto Diaz Flores)


El tipo salía, religiosamente, todos los días que no lloviera a las seis de la mañana para andar las calles del barrio con su bicicleta de carrera. Un broche en la botamanga derecha del lompa, una horita dando vueltas y respirando el aire impuro del Docke; después unos mates, una ducha y a hacerse amigo del laburo en la sastrería.
Un viernes como los otros fue un viernes distinto. El polilla, que por entonces era solamente Juancito, un pibe inteligente que había ganado las olimpiadas de matemáticas en la primaria, abrió dormido la puerta y un policía de la 1ra le ratificó lo ajena que es la vida. Un intento de robo fallido, tres tiros certeros, la silueta de su viejo dibujada con tiza en el pasaje Homero y la bici apoyada en un paredón al costado de la escena.
No se despabiló en ese entonces y hay quienes dicen que, en realidad, no despertó nunca más. Hay algo que puede quedarse bastante quieto en este impermanente mundo, y es lo que se amure profundamente en la bocha. Hay eventos, aunque breves, que pueden llegar a permanecer plasmados durante toda una vida, dejando a alguien orbitando siempre en derredor de ellos.
Había cumplido dieciocho años dos días antes y su papá le había regalado una playera, “Seguro era para que saliera a andar con él”, dijeron algunas viejas como para darle una rosca más al asunto, para hacerlo, como si hiciera falta, aún más triste. Lo terrible no es que un hombre muera sino que otro hombre lo ultime, dijo un viejo sabio. En el barrio como en la mitología las cosas se hacen grandes a propósito, se intenta interesar al oyente con la exageración a la vez que se da a la casualidad o a una arbitrariedad los rasgos de la fatalidad predestinada.
Lo cierto es que se quedó solo; tenía tíos en Misiones, los hermanos de su finada madre, pero ni siquiera se molestó en avisarles ya que los había visto una vez de muy chico y luego nunca más, ya que se enemistaron con aquélla por un asunto, por entonces mayor, del cual hoy ya ni se acordaban.
Ese día le abrió la puerta nomás a un amigo y no quiso recibir a más nadie. El barrio entero se consternó. Un programa de televisión de los que dicen qué es lo que pasa cumplió con su misión artera tercerizando su mensaje al darle el micrófono al primer hijo de vecino que pidió mano dura. Justo después de la alegría y el orgullo de mostrar el vital triunfo de un tenista en no sé dónde, justo antes de mostrar, pixelado, como se le escapaba una teta a una voluptuosa mujer en un programa de entretenimiento, a lo que le siguió un comprometido informe, con cámara oculta y todo, en donde se demostraba, categóricamente, que en algunos kioscos de la capital no se le cambiaba el agua a los panchos todos los días.
Intentaron, por supuesto, que el muchacho hablara; tocaron su puerta, hicieron sonar su teléfono, que fue facilitado en la comisaría por unos mangos, pero fue en vano. Esa misma noche “el polilla” comenzó a tomar su forma final; salió pasadas las doce a merodear las calles con su playera sin un rumbo aparente.
Un par de días pasaron y algunos notaron la extraña conducta. Se urdieron varias conjeturas de momento: algunos pensaron que salía buscando a los ladrones, otros que buscaba, de algún modo, su propia muerte, otros que se trataba de la primera manifestación de una incipiente locura y no faltó quien bromeara diciendo que se trataba de mero ejercicio.
Pocos días más tarde, algunas personas le pidieron las prendas que le habían encargado para su arreglo a su viejo antes de morir. Los buscadores fueron por la mañana, luego por la tarde, pero cuando caía el sol, antes no, les pasaba pelota. Se limitaba a escuchar lo que querían, luego entraba y al rato salía con el objeto descrito.
“Pobre pibe” fue el sonido que se refirió a él por un lapso de tiempo. Casi un año después, la conmiseración fue cediendo su lugar a la malicia, paulatinamente, tal vez alimentada por su parquedad y su ensimismamiento. Muchos se preguntaron de qué vivía el muchacho y, en respuesta a su propia incógnita, resignificaron su costumbre de salir por la noche en su rodado: dijeron que salía a robar, otros que repartía tizas y piedras a domicilio.
Se extendió por entonces el uso de referirse a él como “el polilla”. Algunos sostienen que el apodo nació porque sólo salía de noche. Otros dicen que se sustentaba en una gracia que dejaba entrever que vivía de comer la tela de todos los trabajos encargados a su viejo que habían quedado en su casa; una rara vergüenza atravesó a muchos vecinos que prefirieron perder la ropa antes que tocar la puerta del pibe. Otros lo relacionaron con el revolotear errante, a veces circular, de su recorrido. Algunos decían que era nomás porque era un fiaca que vivía durmiendo.
Finalmente de desamparado, pasado un año y medio, se convirtió en un sospechoso. La ignorancia, regada por su silencio, desató los monstruos imaginarios que reflejaron las miserias propias de los interpretantes del avatar ajeno y el pobre Juan se confundió para siempre con el polilla, el pibe trastornado de un barrio polucionado.
Lo cierto es que se quedó solo; y lo cierto es que durante todo ese tiempo intentó comprender por qué pasaban las cosas que pasaban. Lo único que le pareció claro fue que todo lo que le surcaba la cabeza era falso, por insuficiente, a la vez que real, por su inequívoca presencia; que tenía una vista estrecha, porque su cabeza echaba luz sobre un sitio dejando a oscuras otro, inevitablemente; pero ocurría que ocurría esto.
Comprendió que las circunstancias humanas se relacionaban con una inexorable continuidad que exigía la vida, la que movía todas las millonadas de cositas que tenía adentro de su piel y que lo mantenían vivo sin que le hiciese falta ni siquiera pensar. Concluyó que cualquier idea o apreciación, por tonta que fuera, tendría un fiel perseguidor capaz de acometer una belleza o una atrocidad dependiendo de su tenor.
Se dedicó entonces a callarse, a callarse por dentro, a interrumpir cualquier atisbo de humana palabra, de sentimiento humano y a intentar interpretar los impulsos y los ritmos de la vida secreta que guardaba en su interior.
El viejo era un tano que guardaba el cobre como si fuera oro y por eso había podido llevar una vida austera todo ese tiempo. Pasados muchos días le quedaron tan sólo los hábitos, la memoria de una rutina que no quiso intentar interrumpir: comía, dormía y, en la noche, salía con su bici a andar el rato por ahí.
Lo que se convoca con la palabra suerte no era un don prodigado a este muchacho y como una jugarreta del destino, quizá invocada por tanta malicia sugerida, una plaga de polillas diezmó su vestuario. Ya había dejado hace tiempo de abrirle a su amigo, ya había logrado casi desandar el camino del lenguaje y una alegría, inmotivada, lo invadía de cuando en cuando…
A las seis de la mañana de otro viernes un tipo observó cómo el polilla, con cara de extasiado y la ropa llena de agujeros, venía andando tranca por la calle. Una piedra hizo que perdiera el equilibrio y la bici se fue yendo, inestable, hacia el cordón; tuvo que frenar para no darse la jeta contra el asfalto.
El tipo, cansado de que lo roben, muy sugestionado, sacó el bufoso que cargaba y le chantó tres tiros sin mediar palabra. El polilla quedó nomás tirado ahí, con más agujeros todavía. Una tiza dibujó, luego, el contorno de su cuerpo; la bici quedó apoyada sobre un palo de luz y unas bolas blancas de naftalina que habían salido de su bolsillo y rodado hasta la zanja, flotaron hasta perderse en la alcantarilla.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El oleaje -Tango-(Alberto Diaz Flores)




El asedio de ciertas ideas hace la vida fulera
Se deshace uno en un intenso oleaje de parolas
Y toda ocurrencia intensifica la caótica carrera
Agolpadas, como en cuello e botella, se tornan cualquiera
Conviene cerrar los ojos, e irse, nomás, pa´ la catrera

En los sueños se precipita aún más esta crueldad
Allí, el oleaje toma las más raras e insólitas formas
Y al despertar, hasta cree uno, que ese cuento chino guarda algo de verdad
Es, hermanos, el carácter múltiple y facético de la realidad
Si le hace a uno sospechar de uno: ¡Ni hablar de claridad!

La mente, amigos, es muy traicionera si no se la sosiega
Basta mirar si no pa´ fuera, los intranquilos hacen del mundo algo berreta
La certeza pasajera de un hombre nada más le ciega
Y a un bardo jilguero servil le sobrará el mijo y el alpiste, eso nadie lo niega
Pero es de canalla pisar a los demás por una tendencia errante y andariega

La corriente se conoce y se desconoce por ser harto compleja
Y si bien se olvida uno de algo por un rato, misteriosamente, vuelve y vuelve
Es menester entonces aceptar lo que de fondo esto refleja
La verdadera miseria está bien adentro, es la eterna queja
La duda, el ansía, la angustia de una vida que así, que así se aleja

En este océano el ritmo de todos está condenado a ser distinto
Uno espera y el otro empuja; unos antes y otros más luego
Y si bien el tiempo no existe, el hombre es reloj que adelanta y aflora su instinto
Y andamos todos: el Neandertal, Platón, C3PO, Rivero, Ud. y yo en este laberinto
Ojalá no sigamos desfasando a Natura pa´ no quedar extintos

Y hermanos aunque es difícil nunca se ha de claudicar
La respuesta es la más simple verdad: uno es los demás
Los mayores en todos los sitios no se lo han cansado de predicar
Sonría y sea amable, al chanta no de calce y a la violencia no le de lugar
Y tal vez, algún día, miremos en paz, todos juntos, un hermoso mar