miércoles, 14 de julio de 2010

Las hijas de la Unidad (Alberto Diaz Flores)



Desde que somos la semilla, el gen latente para la manifestación postrera, a nosotras, las unidades, nos han enseñado la ética de la acción inegoísta y el sentido unívoco de la comunión.
El “Todas somos una” y el “Tú eres aquello” comienzan como una mera vibración indefinible cuando somos larvas y, luego, en su repetición continua logran, un buen día, transmitir un breve cosquilleo que nos hace serpentear; a esto le llamamos el despertar sónico de la conciencia cósmica.
Pasado dicho atisbo pulsional, con el tiempo y luego de transformarnos, la vibra se vuelve audible ya y activa las sustancias arquetípicas trascendentes suscitando la magia de la comprensión. Comenzamos, desde entonces, con la modelación paulatina de nuestra materia mental. Es el único principio de inmutabilidad del cual nos valdremos para enfrentar el devenir, que aparece como un enorme caos ante cualquier iniciado en el conocimiento de la naturaleza. Hemos dado a éste ejercicio el nombre de voluntad cósmica manifestada y, durante el yugo diario, la colonia entera repite en la fuerza del verbo nuestra elección, nuestra praxis vital.
Nuestros fundadores comprendieron lo que no resulta evidente, lo que no es tan claro, lo que es difícil de aceptar una vez que se ha comprendido, pues es la cifra de la realidad toda: la eterna paradoja en la manifestación infinita de la vida. Inefable es la explicación pues factible no es, con finito lenguaje, lograr la conciencia de lo infinito. Ésta sólo puede llegar a existir cursando cierto estado de la mente y del cuerpo, con ciertas y precisas modulaciones en el vibrato del cuerpo en conjunto con el del cosmos; es realmente difícil y exige un control arduo, una práctica constante.
Los mayores comprendieron que todo es la acción desplegada de una causa perpetua, que todo es el inequívoco accidente de un movimiento eterno, de una inteligencia suprema encarnada en cada ser, en cada forma, en cada nombre. Sus iluminaciones crearon nuestra religión y para que fueran comprensibles para todos, algunos de nuestros precursores narraron las historias de nuestros dioses, de nuestras ninfas y de nuestros guerreros, conformando una completa cosmogonía mitológica, ficticia, para acercarnos, poco a poco, a la luz, a la verdad.
Hermanos y hermanas, primos y otros relativos han seguido otros caminos, más solitarios algunos, otros hasta parasitarios, mas nuestra comunidad y nuestros preceptos no nos permiten desdeñar otras posibles vidas, las continuidades de otras energías existentes aunque no las compartamos. Nos verificamos cercanas a otra suerte de devenires con los cuales estrechamos vínculos, sustentándonos mutuamente. Nuestro alimento menoscaba las flores, pero ayudamos a su esparcimiento y reproducción.
Si bien no ignoramos la unidad infinita que nos permite la vida a todos los seres por igual, sabemos que no podemos manifestarla, con la plenitud que merece, ignorando nuestras azarosas formas, nuestros necesarios deberes, nuestras inevitables batallas; nosotras morimos al dañar, al escupir nuestra ponzoña, y vivimos para la colonia. Ningún ego importa cuando nació la conciencia de que somos, a la vez, habitantes de y habitadas por, el cosmos.
Como a toda criatura se nos han otorgado los dones sobre la materia, el poder pero también el padecimiento, y, al mismo tiempo, el hermoso placer de la ignorancia, de la indeterminación que permite la existencia de los distintos avatares, de los muchos azares, de las diversas elecciones en innumerables coyunturas. Esta condición cósmica de interacciones continuas posibilita nuestra experiencia como una aventura y nos impele a la afirmación de nuestra cosmovisión, de nuestra voluntad manifestada que es el modo que consideramos ineludible para devenir en el imprevisible acontecer.
El destino, que es tan oscuro como inexorable, me ha deparado, por ejemplo, a mí, un frasco en la habitación de un hombre de ciencias. Por un extraño e incomprensible pudor, este señor que me ha separado de mis pares con fines de examinarme una vez muerta, no se atreve a darme el golpe de gracia sino que espera, con una paciencia sádica, mi final, que no ignora cercano.
Es curioso como con este pequeño vericueto, con este reducto de lo más ridículo, pareciera evitar su mala conciencia, olvidando que me ha hecho cautiva coartando mi desenvolvimiento. Alguna vez escuché que tales actitudes de disociación y encubrimiento eran comunes en nuestros hermanos los humanos pero no las creí ciertas. Otra vez el saber, que es nuestro legado y se imprime a fuego en nosotras, fue certero.
Limitada en vuelo por esta transparencia cilíndrica me he entregado a la evocación, al recuerdo y a la imaginación. En nuestra mitología existen historias sobre cautiverios, una dice así:

Érase una vez, en un sembradío de alfalfas, que un hombre de talento consiguió emular una colmena con ciertos panales de madera que dispuso para que sirvieran a tales fines y logró atraer a una colonia entera con la intención de extraer la miel producida para dársela a sus niños y comerciarla a cambio de otros alimentos con otros hombres.
En un primer momento, alabando la novedosa arquitectura, se supo hablar mucho acerca de la inteligencia del hombre, de su bondad, y todas estuvieron muy contentas y cómodas en el nuevo hogar. Pero pronto esto acabó, y se planteó en la colonia un gran debate cuando el hombre extrajo la miel por vez primera, resintiéndose mucho la mayoría de las unidades al comprender el cuadro en su totalidad. Tanto que lo atacaron, muriendo muchas, cuando se acercó nuevamente luego del hecho.
Se alzaron diversas voces por entonces. Una decía que había que abandonar de inmediato el lugar, que ninguna abeja iba a ser explotada por nadie nunca. Otra defendió la postura de quedarse, poniendo de relieve la comodidad del lugar y la protección adicional que recibía la colonia bajo el tutelaje de este hombre, concluyendo que era una pequeña dádiva para vivir en un medio controlado.
Hubo una tercera voz, más sabia, que se alzó sobre todas pregonando que no había otra cosa más que pensar en la Eterna Unidad, que todas debían aceptar el destino que les había tocado en suerte y que la libertad era una expresión de la conciencia y nunca había objeto o sujeto que ejerciera tal dominio que la hiciera desaparecer del todo.
Puso como ejemplos que si el día de mañana la construcción, por un error del hombre, no resistía, podían morir todas, o quizá, si decidían irse, al iniciar el éxodo los depredadores diezmarían la colonia y en la endeble situación de formar un nuevo hogar se comenzarían a extinguir. También mencionó la posibilidad de que ninguna de estas dos cosas sucediera y que podían urdirse todo tipo de destinos con circunstancias distintas, con finales felices o calamitosos.
Dijo luego que toda acción tenía su contrapartida y que ser esclavas del hombre hacía esclavo al hombre también, porque iba a necesitar de ellas después de cierto tiempo. Más allá del fastidio y del enojo pidió que considerasen la real diferencia, si es que la había, con lo que hacían ellas a las plantas. Les recordó que el verdadero amo de todos era la inteligencia suprema que movía tanto al hombre como a la alfalfa, tanto a las abejas como al caliente sol, y que debían resguardarse del temor y de la ira, poderosos reyes para quien cediera a sus impulsos, dejándose dominar por ellos.
La argumentación y la sabiduría que guardaban estas palabras concluyó con toda discusión y, exceptuando, una faceta mínima de la colonia que en un conciliábulo decidió la inmolación de uno de sus miembros, de cuando en cuando, para mantener cierto respeto por parte del hombre, el resto continuó su ritmo en la mayor paz, buscando la subyacente cósmica unidad.

Hay otra historia. Una cuyos detalles no logro completar. Es la de una hermana que fue cautiva como yo de un hombre que necesitaba verla muerta para hurgarla y conocerla. No logro recordarla con claridad y tengo la impresión de confundirme profundamente algunos eventos; una atmósfera de ensueño pareciera recubrir con su manto viscoso mi acceso a dicha trama...
Cada vez falta más el aire aquí y la fatiga gana, de a poco, mi abdomen. El hombre, inclinado sobre sus libros, toma notas y me mira de soslayo, de a ratos, expectante del fin...
Creo acercarme ahora…
Una suerte de zumbido muy fuerte y particular precedía a su muerte. Resultaba ser el summum de una invocación de dones que provocaba una especial vibración, sembrando en el oído del captor una sutil huella…
El vestigio para el registro futuro de las circunstancias de su estirpe y de su destino aciago en unos grafos.

sábado, 3 de julio de 2010

Gato Negro (Marina Mangieri)



María, Dante y yo vivimos en la casa de la montaña.

María dice que tiene 85 años, es italiana y leyó mucho en su vida, creo que toda la biblioteca de esta casa, y no es poca cosa. Le gusta hacer las “palabras cruzadas” en un café del pueblo y tarda 3 horas en cocinarse una sopa.

–Cada cual tiene su manera de cocinar -dice ella.

A mí no me molesta, yo la miro desde mi pijama a través de la barra que mide lo mismo que ella, en realidad ella mide un poco más pero está doblada, tiene una joroba cerca del hombro izquierdo. Yo pensaba que las jorobas eran en el medio de la espalda pero supongo que tiene que ver con la manera que tiene uno de pararse ante la vida. Y se ve que María iba a la derecha pero miraba para la izquierda, espiaba intrigada… quizá los libros no sean lo suficiente para conformar la imaginación de una persona. De la vista anda bien, a veces una lagaña que otra se cruza con sus palabras pero sabe llevar sus pequeños ojos verdes sin pestañas, irritados la mayoría del tiempo.

Dante es un gato negro de unos 13 años. Es una bola de pelos alargada. Es realmente gordo, gigante. Se acurruca en los lugares calentitos de la casa, y en mí más que nada. Tiene ojos verdes amarillentos con la pupila negra, siempre agrandada por la falta de luz, siempre anda en la oscuridad; lleva una vida nocturna. De día duerme, como yo. El ojo izquierdo tiene un defecto, todavía no sé cuál es, siempre lo tiene más cerrado, como si desconfiara de todos, como si estuviese cansado, como si supiera algo que yo ignoro. Supongo que tiene que ver también con su manera de pararse ante la vida. Tiene un ojo más atento que el otro... ahora que lo pienso quizá el derecho está demasiado abierto y sea el defectuoso en realidad. De todas maneras ese gato es un desconfiado y encima un abusador. Habla mucho… maúlla todo el tiempo. Hace oraciones, es increíble. A veces confundo su voz con la de María pero la de él es más aguda, a pesar de ser hombre llega bastante arriba en su canto.

Yo tengo 24 años, soy un poco más alta que la barra y que María derecha. La postura de mi espalda no es totalmente erguida, tengo un problema en los omoplatos, están muy para afuera o yo muy para adentro, toda una lucha pero por suerte estoy medio gordita y no se nota tanto como en mi fiesta de 15 con ese vestido strapless y esas cámaras que revelaban todo mi ser en todo momento. Qué imagen fuerte. Mis ojos también tienen un defecto que no termino de descubrir. Algunos dicen que están muy juntos, otros que tienen una pequeña desviación; supongo que tiene que ver, una vez más, con la manera de pararse ante la vida. A mí me gusta mirar, no importa lo que cueste…aunque atrofie mis ojos o mi espalda. Por eso me gusta Dante, él puede ponerse como quiera y no se va a quedar doblado como María.

La casa es grande y de madera. Tiene arañas y tijeretas, qué nombre más horrible…me hace pensar en bichos gigantes y peligrosos; o en lesbianas pero eso no me parece horrible. Las tijeretas son las cucarachas de acá. Hay un ventanal gigante que da a una vista increíble de casas lejanas, árboles sin hojas y montañas nevadas. Para mí es como una pantalla. Claro que también es una pantalla para los de afuera. Hombres o animales que si quieren, pueden mirar. A veces me da miedo, a veces me olvido, a veces actúo; casi siempre.

María vive en un cuarto-casa, bajando unas escaleras afuera que parecieran hechas especialmente para matarla pero ella está muy bien de salud y de mente, es admirable. Tenebroso también… Me acuerdo de ese verano y de aquél gato rabioso debajo de esa escalera. Dicen que un día desapareció pero yo siempre que bajo miro…por si acaso. Siempre me dieron miedo los gatos por ese tema de que ellos saben algo que yo no, de que ven algo que yo no. No es justo.

En cambio Dante es diferente, el me deja ver todo lo que mira. Nos acostamos juntos, nos despertamos juntos, comemos juntos, hacemos nada juntos. Siempre sé donde está y si no es a la vista me lo indica con un maullido, muchas veces me pega un buen susto pero cuando descubro que es él me da mucha gracia porque hace unos gritos ahogados que podrían ser parte de una película de terror pero, en realidad, son de lo más ridículos. Me gusta dormir con él porque siento que me protege, su mirada nocturna vela por mis sueños aunque en realidad si no está lamiéndose el cuerpo está durmiendo profundamente. Hasta sueña y también hace de sus ruiditos durante. Yo lo suelo empujar a modo de “no ronques más”.

A veces bajo al pueblo. Salgo a hacer caminatas como si estuviese en el lejano oeste, miré “Midnight Cowboy” y tengo la banda sonora en la cabeza todo el tiempo. Camino y miro las montañas pasando de largo las casas como si estuviese sola en todo este lugar. En cambio si presto atención a la gente lo habito como un pueblo con casas de duendes y viejitos. Me meto en un café, tomo algo, como un chocolate y leo o escribo o algo; más que nada miro a la gente. Cuando vuelvo es de noche y en la subida a la casa está todo oscuro. Creo que mis pupilas también deben agrandarse porque mis ojos se acostumbraron y veo todo. Quizá no quiero mirar tanto por miedo de encontrarme un lobo o una tijereta pero no pasa mucho más que un perro que de día me juega y de noche me ladra. Creo que ellos no ven bien, para eso tienen el olfato pero debe ser la hora a la que terminan de comer sus dueños y todavía tienen el olor a ciervo en la nariz.

María sólo aparece de día cuando Dante duerme. Pareciera que se ponen de acuerdo y se turnan para acompañarme. Ella me dice que no le dé de comer al gato, que ella le da todos los días. Yo le hago caso, no me gusta alterar a María, es muy sensible y me preocupa que se me aparezca en mis sueños. No es que sea mala pero perfectamente podría ser una bruja de Disney. Bah…tiene el pelo corto, no sé por qué las hacen con pelo largo a pesar de ser viejas brujas. Creo que en esa película que las brujas son peladas las hicieron mejor. Nunca Angelica Huston estuvo tan linda. Una noche escuché golpes y gritos de María. En realidad ya eran las 8 de la mañana pero acá todavía es de noche a esa hora. Cuando la escuché subí rápido porque yo duermo abajo. La noche anterior cuando me fui dormir había dejado la llave puesta en la cerradura y entonces ella no la podía abrir. Me acuerdo que tenía algo en la cabeza y yo me quedé hipnotizada mirándola. Eran como vendas, se había hecho una especie de turbante para protegerse de la lluvia. Hasta ahora vengo zafando que esa imagen convierta mi sueño en una pesadilla. Pero la otra noche entre mis sueños vi como Dante se acercaba a mi cara, sentí que me traspasó, cuando abrí los ojos ni siquiera estaba acostado al lado mío.

La semana pasada María me convidó de su sopa. Me gustó, creo que me viene bien un poco de comida sana, no tanto tostado ni sopita Knorr ni atún. A parte después viene Dante y me pone su boca en la nariz porque le gusta tanto acercarse y cuando siento ese olor a pescado me descompongo y no quiero saber más nada con el atún. No entiendo cómo puede tener ese aliento si no come pescado. Igual tendría que comer trucha algún día estando acá ya que es el pez de la región.

Dante no sale nunca, a veces me pide con sus cantitos que le abra la puerta pero entra al ratito. Y si dejo la puerta entreabierta se queda mirando, vigilando. Yo salgo cada vez menos, el aire de acá me hace descansar bien, dicen que es el oxígeno, que hay mucho. Se me pasa el día mirando la pantalla o escuchando música y bailando. Me gusta encontrar figuras de esculturas en mi cuerpo. La esfinge me sale increíble.

–No salís mucho- me dice sonriendo María.

Y cuando llueve me justifica con el clima y me cocina una buena sopa, bien calentita para superar el frío. Me trata como a una reina y me habla de Dante como un rey. Somos los soberanos de su Mundo. Nosotros y las letras cruzadas, verticales u horizontales. Desde su punto de vista ella abarca todo. Ni siquiera le molesta que no me bañe.

–Nadie murió de sucio me dijo mi médico- me dice a carcajadas atragantándose con su propia saliva provocada por su cocoliche de idiomas.

Y yo festejo el chiste porque me parece verdadero y más viniendo de una viejita así. A veces siento que ella y yo nos parecemos. Me cuesta reconocerlo pero es real. Hasta hablamos de los signos y somos complementarios, tendría que preguntarle cuándo nació Dante.

Ayer estuve mirando mucho a Dante, me fascinan sus posturas. Es medio asqueroso que se chupe todo el tiempo pero es tan estético al mismo tiempo que hace que uno lo disfrute de alguna manera. Lo único que me falta es calentarme con un gato. Me hace acordar a las clases de yoga. Por eso lo empecé a imitar, sin lamerme nada, ¿no?; y la verdad es que me salieron todas sus posturas, hasta diría que aprendí a andar con cierta elegancia, como él. No es que salga a pasear mucho pero estando acá mis movimientos salen perfectos. Creo estar superando mi torpeza.

El otro día sonó el despertador y dormida me corrí para apagarlo pero me caí de la cama y aterricé con las 4 patas. Es una cama alta. Volví a subir rápido, de un saltito y seguí durmiendo. Fue raro. Soñé con María, ella era gigante y me sonreía tiernamente, por eso no me hacía sentir que era una pesadilla. Estaba todo muy bien. Me daba de comer y yo seguía durmiendo. Cuando me desperté era de noche, decidí ir a pasear. Los sonidos de la noche: el viento, los búhos, los ladridos de lejos, las melodías de los árboles musicalizaban la escena. Sentía los olores del bosque y de las montañas, hasta podía sentir el olor de la nieve eterna. Así el decorado. Miré la Luna y estaba llena, con su luz alumbraba más que nunca, me parecía todo tan nítido que me dieron ganas de tener una cámara pero sabía que nada iba a ver como mis ojos ni sentir como mi cuerpo. Nunca. Me pasé toda la noche caminando, no tuve nada de miedo y nunca había visto una noche tan hermosa. Cuando el cielo se puso celeste decidí volver, me olvidé las llaves pero estaba la ventana de la cocina abierta así que entré por ahí.

Hoy me levanté a eso de las 5 de la tarde. María estaba haciendo su comida de la noche. Me había dejado un platito a mí.

–María ¿cuándo nació Dante?- le pregunté.

–El 18 de Febrero- me contestó.

–Mirá vos, como Yoko Ono y Yo- le digo riéndome a modo de canción.

-¿Qué, mi Rey? Ahí tenés la papa- me contesta María.

domingo, 27 de junio de 2010

Los insectos (Alberto Diaz Flores)


Ejerzo la crueldad, sostenidamente, desde que era un pequeño. No recuerdo bien en qué circunstancias empezó todo, pero es algo que en estos días he insistido en esclarecer. Mis padres se han ocupado de recordarme mis primeras atrocidades, lo cual, de algún modo, brinda cierto marco a mis especulaciones. Igualmente presiento que todo comenzó como comienzan las cosas, inopinadamente, en un encuentro casual en un momento cualquiera. Tal vez mis ojos se posaron en una hormiga o en una abeja provocando en mi mente, por entonces vacía, un instante de atención, una impresión fuerte; quizá luego sobrevino el deseo de agarrarlas, de apretarlas, quizá hasta de comerlas.
Aunque lo he escuchado infinidad de veces, sobre todo porque ha sido una suerte de ritual hacer el raconto de mis tempranas y desafortunadas costumbres en los aniversarios de mi nacimiento o las varias veces que presenté nuevas amistades en mi hogar, no atino a comprender el curioso determinismo que me ligó profundamente a los insectos.
La historia siempre repetida se remonta a lo que constituyó mi principal divertimento cuando mi padre administraba el dinero de una obra en la provincia de Santa Cruz. Tenía yo dos años y el afán incomprensible era llenarme todos los bolsillos de mi enterito con los escarabajos que abundaban en la zona, provocándole grandes sustos a mi temerosa madre.
Años más tarde sobrevinieron mis inclinaciones de coleccionista tomando arañas cautivas que encerraba en frascos. Con alegres risas, para mí siniestras, me han contado que con buenas intenciones pero sin par inteligencia maté a mi preferida cuando le di de comer moscas envenenadas con un insecticida en aerosol.
Ya con siete inviernos, al morirse un pez que tenían mis hermanas, vacié la pequeña pecera cuando mi madre dormía la siesta y coloqué dentro parte de un hormiguero que sobresalía en el jardín de mi casa en Sarandí. Soy alérgico a las picaduras de las hormigas rojas y esa vez casi pago caro mi curioso berretín. El acto que hubiese sido juzgado, en su momento, como un triste y terrible accidente hubiera sido, en realidad, un ajusticiamiento previsor. Me fascinaron los túneles que al tiempo se dejaron ver a través del vidrio y aunque recibí mil retos y chirlos por la acción, además de varios días de ardores y una hinchazón por varios sitios deformante, para mí la aventura y la posibilidad de verlas en su devenir valió toda pena.
En aquél tiempo, mi padre me llevaba a pescar a la lagunita pero me interesaba menos el acecho de la mojarrita que la intensa vida que percibía en las orillas. Observaba las larvas de los mosquitos y las ponía en frascos. Alucinaba con las libélulas y las mariposas y pronto comencé a cazarlas. Recuerdo como me apenaba sacarles el hermoso brillo de sus alas con mis dedos inexpertos cuando las apresaba o al manipularlas luego de lograrlo. Tomé, en ese entonces, por costumbre pegarlas con alfileres a un tergopol y observarlas por largas horas. Me fascinaban sus colores, sus ocelotes; todavía lo hacen.
Cómo una perla dentro de esta serie de pasatiempos morbosos recuerdo con emoción el hurto de unas orugas en el patio de una vieja que vivía a la vuelta de mi casa. Un día dando la vuelta a la manzana en mi bicicleta, casualmente, reparé en una planta agujereada que estimuló mi curiosidad. Me bajé entonces para observar mejor y noté que sobre una verde hoja caminaba una oruga amarilla y negra que me resultó encantadora.
Sin dudarlo salté la reja y la tomé entre mis dedos. Luego de contemplarla un momento casi anonadado, vi otra, más pequeña, andando sobre otra hoja y también la tomé. Me crispé al sentir el grito de la vieja de que qué hacía ahí y salté como un gimnasta la reja en plan de evasión. Mientras ella agitaba sus manos sobre su cabeza magullando bronca, me subí, prontamente, a mi rodado y pedaleé como una saeta hasta mi casa.
Estaba contentísimo y andaba con las orugas de un lado para el otro. Las hacía jugar aburridas carreras en la terraza; carreras muy lentas y prolongadas con insistentes correcciones porque difícilmente las criaturas seguían una línea recta. Recuerdo patente el grito en el cielo que puso mi madre el día en que vio su jazmín con las hojas diezmadas y como, rápidamente, tuve que salir al cruce para que no erradicara a mis curiosas mascotas; desde ese entonces su hogar fue una negociada y concertada maceta.
Lloré mucho cuando pisé a Clara, sin querer, una tarde en que mi madre me llamaba, insistentemente, para que bajara a tomar la leche. Las solía dejar compitiendo ya que podía llevarles varias horas llegar a la línea final, marcada con una tiza sobre la membrana. En ese paso de apuro para acallar aquéllos gritos hallé, por vez primera, la culpa.
Sin embargo, todavía me hace feliz y, de algún modo, me sostiene el recuerdo, y ya han pasado tantos años desde entonces, de ver salir a Margarita de su crisálida. Como una catarata de emociones acuden mientras escribo el grito de mi hermana para que entre y el grito de mis compañeros de balón para que no me vaya; ya por entonces sabía que tenían una vida muy corta y después de verla abrirse camino de su autoimpuesta reclusión, ya en su estadio imago, abrí la puerta para que partiera. No se me ocurrió ni por asomo sumarla a mi colección, sentí que ella debía ser libre...
Como no podía ser de otra manera, con el paso de los años, fui volviéndome más eficaz en la adquisición, en la conservación y en la observación de los insectos, y tras unos años en la facultad de ciencias, con una inequívoca orientación vocacional, me convertí en entomólogo.
Recuerdo mis primeros años de estudiante, recuerdo esa excitación por el nuevo conocimiento. Toda conducta humana la expliqué desde entonces con los comportamientos que observaba en los insectos, que tal y como nosotros son animales aunque por definición con dos antenas, tres pares de patas y dos alas. Lo hacía bajo la luz de que todo conocimiento era relacional y que toda explicación recurría a metonimias de otra índole, a ejemplos comparativos de otras ramas, y yo encontraba siempre un paralelo con lo humano en mi vasto conocimiento de la vida de los insectos y demás artrópodos.
Estudiando los increíbles bailes de los insectos en sus rituales de apareamiento obtuve, por ejemplo, una verdadera teoría de lo que significaba la conquista amorosa y, con el riesgo casi ineludible de que parezca una extravagancia, debo decir que con dichas observaciones mejoré mi habilidad para la prosecución de tales menesteres. Hay patrones sostenidos en los aspectos de la naturaleza que trascienden a sus disímiles efectores, y la percepción que existe entre los cuerpos no se escapa a dicha realidad.
Más tarde reflexionando acerca del sacrificio de las abejas al hacer daño comencé a tener conciencia de los aspectos que no había observado de mis pasiones, de mi curioso afán, y de la ideología religiosa en particular.
Y hace unos pocos días, al ver con nuevos ojos cómo las mariposas y otros insectos ceden el cuidado de sí, obnubilados por el fuego, hasta caerse y morir en él comprendí la existencia de lo que se conoce entre otras con la palabra “Dios” y el verdadero significado de la tan mentada, en todos los lugares y en todas las épocas, figura de la luz.
Toda la vida me han gustado los insectos y no atino a saber el por qué. Sospecho que hay ciertas conexiones arbitrarias que determinan el devenir de una persona con destinos inciertos. Mi gusto me ha llevado, desde que no tengo memoria, a producirles todo tipo de violencias que con el tiempo fui, por añadidura, perfeccionando; recibiendo incluso el título de especialista en tal rubro…y me ha caído como un rayo, de súbito y luminosamente, que lo único que he hecho en todo este tiempo que he transcurrido fue conocer la vida produciendo la muerte.
¿Cómo pude decir que amaba a los insectos si los he aniquilado constantemente, si los he recluido y desmembrado? ¿Qué cosa es el conocimiento en mí sino un registro de toda esa muerte? Es curioso percatarme ahora de algo que he sabido ayer, su mismo nombre, insecto, proviene del latín y significa, literalmente, partido al medio y así, así me siento hoy.
A este triste estado me lo he ganado sin siquiera sospecharlo. Ya no puedo caminar sin dejar de mirar al suelo, si piso un bicho me largo a llorar; me han despedido del laboratorio por dejar en libertad a todos mis hermanos cautivos y hasta me han iniciado una causa penal por daños y perjuicios por ello.
No puedo dejar de pensar en mi fatal destino, si bien creo conocer el carácter inequívoco del mundo: Creación, Conservación y Destrucción son fuerzas siempre andantes, entrelazadas eternamente. Me consuela, a veces, creer que he destruido para conocer, registrando, para luego crear, al reordenar, pero no me convence más que un rato, no más.
No espero que me entiendan ahora, pero sólo preciso que recuerden esta misiva ya que en algún momento de sus vidas quizá acierten el mismo tenor en su mente y me comprendan; o si alguna vez lo han compartido, les pido que no se olviden de ustedes en mí. Sé que no puedo seguir llevando a la obsesión la culpa que ahora me aqueja porque de algún modo no es posible evitar todo mal con ninguna acción, ni con la más bondadosa, pero la constatación de que he vivido en un error por tanto tiempo me hace pensar que todo esto es una ilusión y que el sentido de las cosas está más allá de toda humana explicación, de toda humana observación. Pero siento con la misma fuerza que no puede estar fuera de la propia vida y, por lo tanto, de una percepción directa.
Esas verificaciones sin palabras, de los sonidos sin los sentidos, de las vibraciones no mensurables, de las luces que brillan detrás de las sombras son lo que busco ahora. Me iré mañana de aquí y no diré adónde para que no intenten buscarme pensando que quizá esté fuera de mis cabales.
Quiero que sepan que he elegido un camino sin regreso y que seré tan feliz o tan infeliz como ustedes, ni más ni menos. Si han de pensar en mí alguna vez desearía que entiendan que esta huída es parte de una consciente transformación. Y si han de recordarme, de algún modo, ojalá sea casualmente, de improvisto y con alegría, al ver unas coloridas alas agitarse y desearía que una sonrisa cómplice se dibuje entonces en sus rostros, al ver una mariposa.

martes, 22 de junio de 2010

Ahí está el escritor (Germán Cortés)

"En el universo interior de Juan, fragmentario y distante, los afanes y anhelos se transmutan en un encuentro inquietante y revelador"
"Ahí está el escritor", cortometraje experimental en HD. Con las actuaciones de Alberto Diaz Flores y Sergio Pángaro entre muchos otros. Dirigido por German Cortes, 2010. Música por Los acetones.
DOS ENTREGAS POSIBLES, DE UNA O EN CUATRO.


ahi esta el escritor

LOS ACETONES Myspace Music Videos



Parte 1


Parte 2


Parte 3


Parte 4



miércoles, 9 de junio de 2010

Acerca del carácter paradigmático de la mente y su correspondencia con la inteligencia cósmica que nos habita, ejemplificado con un motivo extraído de la vida cotidiana en horas del mediodía (Alberto Diaz Flores)


Ayer mientras pelaba una pera
Recordé tu rostro tan suave y bello
Me impresionó el curioso destello
Un impulso insólito, sin espera

Tocar su piel suscitó en mí tú piel
¿Qué química provoca tal conjuro?
Todo vínculo oscila claroscuro
Muestra y oculta a la vez, siempre infiel

Nunca algo ocurre lineal, no en la mente
No en el cosmos: todo tiende a esfera
Es un carácter formal trascendente

De una inteligencia que nos precede
Que domina todo lo “involuntario”
Eternamente…cuando el resto cede

martes, 8 de junio de 2010

Novena versión de El cosmos –Versión gnoseológica- (Alberto Diaz Flores)



¿
Qué pierden nuestros ojos carentes de luz,
Es posible conocer sin notar formas,
Sin rotularlas: sin este inmaterial plus

De registrar Devenir con ciertas normas
?

Vibran sonoras concentración, aprecio
Palabras vacuas designan la gran tensión
Entre verdad y ficción no hay división


¿Energía cósmica o mortal desprecio?

viernes, 4 de junio de 2010

Después de tanta sierra (Vero Porrez)




Y me encuentro conmigo entre cuatro paredes y una alfombra.

Inmersa nuevamente en la ciudad. En ésta calurosa ciudad de la humedad y de la gente que pasa sus días apilada.

¡Cuántas ventanas tiene este paisaje!

Me siento inspirada por haber respirado tanto aire fresco. Y seco. Me inflé de ideas y de pensamientos.

Ahora que estoy en la cosmópolis intento hacer con ello algo de arte. Aparecen mil formas pero me cuesta decidirlas, animarlas. Por lo pronto tengo ésta lapicera. Y me gustaría con ella hacer dibujos increíbles, pinturas abstractas o, al menos, una película, un documental, una novela, una escultura o una pieza musical… Pero encuentro algunas palabras, que aunque no son poesía, brotan desde adentro sin intermediarios. Mi cuerpo y mi mente están durmiendo ya, pero mi alma es la que sueña y hace que mi mano se siga moviendo.

Entre las risas que se escuchan al lado y la luz del vecino que acierta en mis pies pienso en los kilómetros recorridos de campos, de montes y de viñedos a través de la ventanilla de un colectivo. Pienso en olores, sonidos e imágenes porque los recuerdos toman esas formas.

Cierro los ojos, me tapo los oídos y dejo de respirar unos instantes…


Y me encuentro sentada sobre la hierba en la cima de la montaña.

jueves, 3 de junio de 2010

Alegría (Alberto Diaz Flores)



No hay mesura atinada, posible
No hay un criterio de composición
No hay mérito o clara realización
Los sin fe dudan que sea asequible

La coartada puede ser múltiple:
Una canción, el calor de un abrazo
De una vida solo cierto pedazo
Un complejo castillo o algo simple

Para algunos solo es por momentos
Para otros algo que se persigue
Para los lúcidos: renunciamientos

La misma intuición a todos guía
Todo va y viene y nunca se detiene...
No hay alegría sin compañía

martes, 1 de junio de 2010

El buscador (Alberto Diaz Flores)



“Aquello no es más que Uno” dijo y murió
Lo acusaron de ser un tipo cuadrado
Hermético, ralo; que nació espurio
Pero fue un niño feliz y apreciado

Recluido perseguía el olvido
Rezando a Dios, despreciando las ciencias
En un microcosmos por él construido
Se borró liberándose de apariencias

Tentando en tiza las circunferencias
Hizo de su espacio, un cubo, una esfera
Cuidó su huerta alimentando sus creencias

Buscaba en paz la subyacente unidad
“Conocerse a sí para saber lo demás”
Tal creía la cifra de la realidad

lunes, 31 de mayo de 2010

Posible figura del amor I (Florencia Carbajal)



Gracias mi amor por saber a mar
por dejarme escribir y encarnarme las uñas de las manos cuando camino por la vida
por despegarme de la pared cuando grito porque me pican los ojos de tanto ver
por dejarme sola cuando todavía lo necesito mucho más
por no solearme en la sombra y salirte siempre para adentro
por no dejar que me lastime aunque lo haga para siempre y te rasguñe a vos el gato
por bailar dando giros sobre la palma de un gigante rosa retrasado
por regalarme la locura envuelta en un espejo y sin corbata
por sobre todo por por supuesto por por ahora
por eso solo

viernes, 28 de mayo de 2010

Sueño de día (Alberto Diaz Flores)



A lo largo del asfalto el viento desliza un panadero.
Se levanta de vez en cuando pero las más veces la rastra es a ras de suelo.

Se aleja…

A lo largo del volátil recorrido hay perros, casas, peligro de ruedas, palabrerías: gritos, comercios varios, chismes pero también sonidos dulces: fraternos, maternos, amantes y cómplices.

Las zanjas verde moho son un posible destino aciago ¿Pero para qué sufrir por algo que no ha pasado? ¿ Y para qué sufrir una vez que pasó?

Abandonarse a una fuerza es algo de lo más bello si se decide uno a disfrutar el viaje, siguiendo la cadencia y restando importancia al resto de las ocurrencias posibles, hipotéticas o esperables.

Con un oportuno y raro rulo escapo al barrendero y me elevo hacia el cielo. Le observo la calvicie y tan solo porque se trata de un rival contingente me permito una risa burlona.

Oigo como aplasta unas hojas cuya fricción ténue y melodiosa acompañaron mi movimiento azaroso por unos momentos hace unos momentos y ahora son ruido deshaciéndose en una pala.

La suerte me acompañó a mí esta vez; no me pondré triste porque un día se acabará para mí también, es algo inexorable.

Parece que ya…

Tengo una leve preferencia de que sea gente pulcra y previsora la responsable de este natatorio de loneta; si entra un niño primero se acabará pronto el paseo.

¡Qué bonito es el brillo del sol en su encuentro con el agua! Son bellas las pequeñas ondulaciones que modulan los movimientos provocados por el viento o por las vibraciones fuertes de los camiones que sacuden las casas de este barrio.

¿Este estancamiento, esta combinatoria de luz y reflejo que produce encantamiento será la tan mentada sensación de paz, o será el rodar o será el volar? ¿Cuál de todos mis pacientes movimientos?

¿Puedo decir realmente que son míos? ¿Soy acaso del viento o del agua? ¿Pero dónde entrarían entre otros la rotación y la traslación que con sus fuerzas y junto al sol provocan estos movimientos? ¿Y cuál es el lugar de la relación necesaria con el resto de los elementos?

Ahí viene mi verdugo.. es una niña de lo más bonita en una malla enteriza rosa con una gran risa. Tiene unos flotadores también rosas en los bíceps y el remedo de un pato, en hule, en la mano.

Creo entender que Azar y Destino refieren a una misma ignorancia, a la imposible empresa de desandar el laberinto ovillando el curso de la causa y a la mutilación atinada de resolver entonces padecer los embates de un incompresible determinismo.

Me ha visto ya. ¡Pero qué bellos ojos! Es de lo más cuidadosa, me pone cerca de su rostro... no sabe que yo también la puedo observar, tampoco sabe nada de las cosas que habría que saber, pero no hay duda alguna que esas concéntricas esferas guardan toda la Verdad.

De los finales posibles este es el más feliz: se dispone a soplarme.

Partiré entonces fragmentado para ser semilla. Abandono así toda irreflexiva sensación articulada por el lenguaje. Vengo de un tiempo inmemorial y me voy deshecho para renacer al tiempo.


-“¡Hey, hey! ¡No sé qué le pasa! Estaba arrancando unos yuyos y se quedó así, mirando la nada: tarado”
-“Tomá el diario, echale un poco de aire Hilda”.
-“¡Hey, hey!”
-“¿Qué, qué?”
-“¡Ay, casi me matás del susto! Parecías perdido”
-“Pues qué curioso: acabo de encontrarme”

miércoles, 26 de mayo de 2010

Somos más -imagen y palabras- (Marina Mangieri)



Las imágenes nos cuentan
¿Lo pueden leer?
Yo lo quiero gritar sin decir una palabra
Si no nos aturdimos nos vamos a quedar sordos
Estoy tan desvanecida como mi imagen en mi más gen
Es su tiempo, les regalo mis pinceladas
Voy a buscar nuevos paisajes para colorear
Si no miramos nos vamos a quedar ciegos
¿De qué color será la soledad? Se pregunta ella por mí
Si no lo decimos nos vamos a quedar mudos:
Cuenten conmigo
Hay 7 colores
Pero las combinaciones que se pueden hacer
Infinitas
Hay 7 notas musicales
pero las melodías que nacen de ellas son tantas que
no las podemos contar
O sí
Hay muchos más de 7 locos
Ohhh sí
Somos más.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Sentido e Insistencia (Alberto Diaz Flores)



De entreveros, errores e ilusiones
La trama se compone, y deviene
Pero un mismo fulgor nos sostiene
Y el resplandor nos permite visiones

Se trascienden así las meras composiciones

Son destellos de lucidez: umbrales
Muestran lo obscuro por un intersticio
Memoria del brillo: verdad sin vicio
Fuertes y efímeros: fundamentales

Dichas iluminaciones se hacen naturales

Habitáculo de imaginaciones
La mente es asediada constantemente
Y es el puerto de las vinculaciones

¡Construída de azar es propicia a las variaciones!

El sentido real, evanescente
La verdadera ética, insistencia
Sostener el ritmo es excluyente

Y el intento vano; sin ser del Amor un ente

jueves, 13 de mayo de 2010

Abril (Vero Porrez)



Mi emancipación, mi inspiración,
mi cosmovisión.

Se cae la venda de mis ojos
Despacio y de repente

Redes abstractas
Enmarañadas
Nos atrapan
Y nos liberan

Paz y violencia,
Encuentro un descanso
Provisorio

miércoles, 12 de mayo de 2010

Ahí está el escritor (Germán Cortés)








Los alegres redundantes con sonrisas como para no variar nunca lo invitan a ver la Proyección Primera del Cortometraje Experimental “Ahí está el escritor” dirigido por Germán Cortés, con las actuaciones de Alberto Diaz Flores, Claudio Nani, Emanuel Sánchez, Héctor Alberto Diaz, Sergio Pángaro y Vladimir Yurabel.
Los esperamos en el Salón Pueyrredón –Santa Fe 4560– en el contexto de la Feria de Abarrotes -“De todo para todos”: Música, arte, ropa, etc (hay barra).- que comienza a las 18hs; la proyección es a las 20hs.

Se presenta también "Los Infantes" de Bárbara Lago




Octava Versión del Cosmos-Versión Lumínica- (Alberto Diaz Flores)



Rebota Luz en el cristal faceteado
Se propagan haces por las varias caras
Ciegan unos ojos que se hacen a un lado
Tal reflejo provoca impresiones raras

Son colores en impermanentes formas
Variantes de lo Mismo manifestadas
Palpitan Guerra las parciales miradas
Mas Brillo, Verdad y Amor son nuestras armas

lunes, 10 de mayo de 2010

"Al fin" (Julián Nugnes)



Podés vivir tranquilamente cien años debajo de un limonero sin jamás sentir angustia.


O Comprar todo lo que se ofrece y es útil para algún fin incomprensible.


O tener mil millones de hijos, árboles, savia flúo en las venas de los niños.


O Trabajar 40 horas por día para después poder plantar el limonero que viste por primera vez a los 4 años. Y ya jamás sentir angustia.


O leer y ver y tocar absolutamente toda la vasta cultura que nos legó la humanidad antes de terminar su producción a fines del siglo XX.


O tener un amante diferente para cada día del mes, segurísimo que ese es el verdadero amor.


O casarte en una fiestita humilde con tu novia de la primaria para tener tiempo y energía para jugar al fútbol tres veces por semana con tus amigos. Intentando, sin éxito, hacer la pisadita de D´alessandro.


O vivir en bares, borracho todo el día, compartiendo la bohemia petrificada del que piensa hacer del mundo un lugar mejor, invirtiendo todo el tiempo al pensamiento y nada a la producción.


O anhelar toda tu vida con tener otra vida después de la muerte en la que puedas anhelar otra vida.


O entrenar tu cuerpo hasta los límites de la naturaleza, para ser más rápido, fuerte y resistente que los demás, hasta que un piano te cae en la cabeza desde un balcón.


O editar un libro y un Long play por una editorial independiente, contando todo lo que te pasa por la mente, pensando que esa es tu vida. Intentando ser sincero, con la seguridad que cada poesía y canción que escribiste es, en realidad, una mentira.


O quedarte en tu casa siendo bueno, adorable, sumiso, generoso, honesto, sutil hasta la muerte.



Y, sin embargo,


Todos sufren, sufren, sufren, sufren, sufren, sufren, sufren, sufren, sufren,


sufren al fin.


viernes, 30 de abril de 2010

Séptima Versión de El Cosmos -Versión Infernal- (Alberto Diaz Flores)


Un minotauro custodia el círculo
Los habitúes del recinto: Los Violentos
Miedosos, ansiosos: torpes en Cálculo
No saben ni sabrán apreciar momentos

Contra la Natura, Contra Sí, Contra Dios
Solo Daño ocurre en su estado de mente
¡Pobres verdugos! Vedados de presente
Ruedan intrascendentes; también sus odios

viernes, 23 de abril de 2010

Poema sin título (Lara Seijas)



Temblor, amanece soles naranjas
en la emplanada del mundo
Temblor, has vibrar a todos los autos
que juegan sobre estos bloques de asfalto
Temblor, que por un momento
sientan otra cosa que el juego
Temblor, hasta que no jueguen a no ver
Temblor, amanece soles naranjas
sobre el dolor de la ciudad
de calles de mangas grises
Temblor, amanece soles naranjas
concedéme no vivir siempre
en la tristeza del mundo incinerado
del mundo partido siempre en dos
Temblor, amanece soles naranjas
sobre la protección que no sabe
encontrar tan desagradable el lujo
y después siquiera puede arrojarse
sin redes a él
Temblor, amanece soles naranjas
sobre las paredes que se permiten
no escuchar los golpes de dolor
que rechinan las paredes anchas de otras casas
Temblor, amanece soles naranjas
sobre los muros que se levantan hasta el cielo
hasta haberlo compartimentado
Temblor, porque lo volvieron un lugar mucho
más tranquilo
finalmente
como si la fiesta de los dioses
hubiese decantado
hasta el fondo seco de la tierra
y de ahi proviniera ahora
hacia la ciudad que tiembla
temblor de soles naranjas
por los troncos invisibles del tiempo
que cortan paredes
en secreto
-pero nosotros lo sabemos-
y entonces sí
lo sabemos: hay una grieta
en las paredes con las que todos
se protejen de todos
con las que todos se protejen
de ellos mismos,
pero no las ven
no ven la grieta
no sienten el temblor
de los soles naranjas porque se protejen
encerrados en sí enrrollados
en el decoro se enrolla el cuerpo
y se pierde el alma
y mientras tanto
siguen temblando los soles naranjas.


Visite:

www.tortugashastaelfondo.blogspot.com

miércoles, 21 de abril de 2010

Sexta versión de El Cosmos –Versión Mágica- (Alberto Diaz Flores)



Perplejidad de toda encrucijada
Dos rumbos se abren y de ellos más senderos
No hay control, finitud; es ilusión, nada
Nada de elementos ni sitios postreros

La duda es motor de saber y espejo
De la muerte en la inteligencia humana;
Esperanza para un hombre sin mañana
Hallar la vida real en el reflejo