martes, 31 de agosto de 2010

ASREVER NE AIROTSIH (Monique Giverny)



A las 10 y 12, fue un número más en la estadística diaria.
A las 10 y 10, ni siquiera se dio cuenta del auto que, a contramano, se le vino encima.
A las 10.05, pensó que ya no tenía sentido seguir allí.
A las 10 en punto, estaba todo dicho.
A las 9 y 40, le dio un beso en la mejilla y entró en la casa que por mucho tiempo había visitado casi todos los días.
A las 9 y 35, ella abrió la puerta, con cara de presentir lo que vendría.
A las 9 y 30, llegó a destino, bajó del auto y tocó el timbre.
A las 9, salió de su casa, se subió al auto y arrancó, yendo por la calle que tan bien conocía.
A las 8 y 45, ya estaba vestido y peinado.
A las 8 y 30, se metió en la ducha sin saber que esa sería su última mañana.

Efemérides por Los Alegres Comediantes



El 31 de agosto es el Día nacional de Malasia, de Trinidad y Tobago y de Kirguistán.

Nacen, entre otros, Calígula y Marco Aurelio - ambos emperadores romanos -, Aleksandr Radischev - escritor ruso -, Theóphile Gautier - poeta francés -, Chris Tucker - humorísta de Stand Up- y Oscar Ahumada - futbolista vituperado -

Mueren, Charles Baudelaire -poeta delicioso -, Rocky Marciano - trompeador profesional - y Mary Ann Nichols - la primera víctima de Jack El Destripador-

El 31 de Agosto se celebra el Día de la Solidaridad. Y el de las Bolas de Fuego en El salvador: consiste en dos bandos de jóvenes que se lanzan bombas incendiarias unos a los otros, fraternalmente, cabe destacar.

Un 31 de Agosto Mustafa Kemal Atatürk decreta el cambio de alfabeto para los turcos siendo de un día para el otro todo el país analfabeto. Bobby Fischer le gana a Boris Spassky tras un rudo encuentro y se corona campeón mundial de Ajedrez. Recuperan, dos años después de su robo, El Grito de Munch. Thomas Edison patenta el Kinetoscopio, el primer proyector de cine.

Y hace un año, exactamente, Verito ayudaba a uno de los alegres pibes para llevar a cabo el presente blog. Realizando así una de las manifestaciones de aquella ocurrencia, surgida en una noche de copas y de anhelos, de amalgamar nuestras diversas y errantes energías bajo la verdad de la comunión.
Abrazamos, con especial detenimiento, a todos los amigos que han publicado algo en este espacio, a las hermosas niñas: Vero Porrez, Marina Mangieri, Lara Seijas, Flor Carbajal y a Teté; y a los ágiles muchachos: Benji, Piwi y Adán Cantilo. También a todos los que han cursado las letras aquí dispuestas.

Por todos, por todo y para siempre, que es hoy.
¡Y que el azar nos sea favorable!

jueves, 26 de agosto de 2010

La condesa sangrienta (Adilo)



En los tiempos de Montmartre, la condesa se exaspera con los dolores pélvicos de sus concubinas. No deja que las menstruantes oculten sus vivificantes efluvios. Por el contrario se sambuye en ellos, tomando largos baños en sustancias femeninas. En la noche se sulfura mirando a las niñas que, pálidas, resbalan silenciosamente con alarido angelical y moribundo. De nada sirven reclamos, la condesa se inflama y envía a sus perros para que se encarguen de las heridas.
Ya no habrá reclamos desahuciados, la condesa, ávida, bebe sangre... Saciada pronto se derrama sobre su sofá mugriento y sueña... recomponiendo cada detalle de sus diurnas torturas.
Mientras sueña, ávidas mariposas cubren lagos de sangre...

miércoles, 18 de agosto de 2010

El culto a los escarabajos (Alberto Diaz Flores)



Nota preliminar: Un gran sabio de la India clasificó en cinco las actividades de la mente; a la imaginación, una de ellas, la definió como la comprensión de un objeto basada únicamente en palabras y expresiones, incluso en ausencia del mismo.
Quien curse, con suma atención, las líneas de la siguiente intriga podrá, quizá, intuir su desenlace al finalizar el primer párrafo del cuarto y último capítulo.

UNO

Recuerdo que escuché el mensaje una semana después de grabado. Regresaba de asistir a un congreso de Antropología, en Méjico, sobre el totemismo animal en las culturas chamánicas y me encontré con aquellas nerviosas palabras en la máquina.
Adriana sonaba muy alterada, sollozando me pedía, por favor, que la fuera a ver cuanto antes. Supe, de inmediato, que algo sucedía con Antonio. Ese mismo día, por la tarde, la visité en su casa de Bernal. Ella escupió la noticia al mismo tiempo que me abrazó rompiendo en profusos llantos: Antonio había desaparecido en Egipto y se cumplían dos semanas sin que nadie supiese nada sobre él.
Después de un rato, un poco más compuesta, comenzó a relatarme todos los pormenores del asunto. Antonio había viajado, tres semanas atrás, para unirse a una expedición comandada por un amigo alemán que había encontrado, en una mastaba casi destruida en las cercanías de Giza, una momia siamesa. En sus pechos y alrededores se habían hallado también una serie de escarabeos muy particulares.
El arqueólogo y egiptólogo oriundo de Berlín había escuchado, encantado, la disertación que en un congreso realizado en Moscú, unos diez años atrás, había brindado Antonio acerca del culto, la representación, el uso de amuletos y el meramente ornamental de los escarabajos en diversas culturas del mundo. El trabajo se detenía, particularmente, en la simbología especial que gozaba este insecto en la cultura Egipcia y le había valido a Antonio el reconocimiento internacional entre sus pares. Luego de conocerse, una vez finalizado el coloquio, mantuvieron sendas misivas en torno a los tópicos que eran su afán estrechando un gran vínculo.
Debido a su reciente descubrimiento le había enviado a Antonio un sobre con unas fotos, adelantando algunos detalles de los hallazgos, y le había solicitado su incorporación inmediata al trabajo de campo que realizaba. La buena nueva era de por sí llamativa, algo fuera de serie, y algunos detalles parecían indicar que el descubrimiento era muy prometedor.
Apenas llegado a El Cairo, un martes por la mañana, Antonio había telefoneado desde el aeropuerto, como era su costumbre, para avisar que había llegado entero. Sin saberlo, esa fue la última vez que Adriana escuchó su voz.
Durante los primeros días, había supuesto que su ignorancia acerca del avatar de su marido se debía a una falta de comunicación habitual en él, acentuada, por añadidura, por la magnitud de la empresa. Ella no desconocía la curiosa abstracción de Antonio cuando se hallaba enfrascado en algún trabajo. Sabía que su concentración y su pasión lo cegaban de modo tal que hasta olvidaba los buenos modales. Pero luego de pasar trece días sin recibir noticia alguna se decidió a llamar a Munich para pedir noticias de Antonio Jeper a la secretaria del profesor Fiedrich Cupedidae.
Una hora más tarde, en un duro castellano, el mismo Cupedidae le comunicaba, con cierta afectación, que era él quien abrigaba la esperanza de que ella supiese algo sobre su marido.
El profesor le contó entonces que Antonio había llegado dos semanas atrás, un miércoles por la tarde, al campamento apostado en las afueras de Giza. Se hallaba muy entusiasmado con la investigación y estuvo trabajando los posteriores cinco días, sin descanso alguno, dentro de su carpa.
Todo iba bien hasta que el sexto día, un martes, al llegar de un viaje a El Cairo lo fue a visitar por la mañana pero Antonio no estaba allí. Encontró, en cambio, sobre su mesa de trabajo una carta donde manifestaba que debía consultar unos documentos y comparar dos de los escarabeos, los hallados en los pechos de las momias, con otras análogos y que en una semana y algunos pocos días más, a más tardar, estaría de regreso.
Su carpa estaba algo revuelta pero no le sorprendió el desorden. Su valija y muchas de sus pertenencias estaba allí, pero faltaba su mochila. Los escarabeos hallados estaban prolijamente dispuestos sobre la mesa de trabajo, exceptuando los dos que se había llevado consigo Antonio.
El arqueólogo alemán le transmitió a Adriana que este tipo de manejo era inaudito y le confesó que estaba bastante molesto con Antonio. Consideraba que la información brindada era muy precaria y que el retiro a deshoras, casi a hurtadillas, era una descortesía; pero que, a decir verdad, no le extrañaba del todo dada la proverbial y harto conocida excentricidad del particular Profesor Jeper. Le prometió hacer unas averiguaciones y comunicarse con novedades al día siguiente. Al cortar la comunicación Adriana se angustió tanto que me llamó, dejando el mensaje que escuché tardíamente. Ella presintió que algo fuera de lo ordinario estaba aconteciendo.
Al día siguiente, el científico alemán la telefoneó bastante más preocupado. Había hablado con los museos donde se encontraban los más célebres de los amuletos y sellos que representaban la fisonomía de los escarabajos. Antonio no se había presentado en ninguno de ellos.
Decidieron aguardar cuarenta y ocho horas, esperando que el retorno prometido se cumpliese, pero la situación no dio giro alguno pasado dicho plazo. Adriana le requirió entonces al profesor que le diera una relación extensa de todo, incluyendo los detalles que considerase banales.
Cupedidae volvió a masticar las palabras que había pronunciado el día anterior con algunos bocadillos más. Antonio había llegado en un jeep rentado en El Cairo y le había pedido bajar de inmediato a la excavación. Deseaba ver cuanto antes los murales ornamentales en el interior de la mastaba y entrar en la cámara funeraria para ver a la estrafalaria momia. Se trataba de dos hermanos unidos desde la cintura por la columna vertebral, como dándose la espalda, provistos de un solo par de piernas. En sus pechos y alrededores habían hallado los amuletos que tenía por objeto estudiar.

Una vez adentro de la mastaba, Antonio se detuvo con especial interés a observar las falsas puertas que servían, a la vez, para guiar a los espíritus hacia el más allá y para despistar a posibles saqueadores de tumbas. Tomó algunas notas sobre los murales y preguntó dónde se habían hallado cada uno de los escarabeos que venía a estudiar. Luego, permaneció largo rato junto a la momia casi petrificado.
Una vez afuera, Cupedidae manifestó que Antonio estuvo herméticamente encerrado en su carpa estudiando las piezas y que no salió de allí más que por provisiones a altas horas de la madrugada. Esto lo supo por la propia boca de Antonio que se lo contó en una de las visitas matinales que le hizo el profesor. Miembros del equipo notaron que la luz de la carpa de Antonio quedaba encendida toda la noche y lo apodaron en broma: “El noctámbulo”.
Por último, le contó dos hechos curiosos que comenzaban a darle un cariz misterioso al asunto pasado los días. Los había obviado, hasta el momento, para no preocuparla en vano: unas pequeñas gotas de sangre sobre un dibujo de los dos amuletos faltantes que hallaron en la mesa de trabajo de Antonio y una enorme cantidad de estiércol de camello en la anodina forma de pelota que encontraron detrás de su carpa.
Fue entonces, un día jueves, ocho días después de su partida sin regreso que decidieron denunciar la desaparición a las autoridades. Ya se había cumplido el plazo que señalaba la esquiva misiva y no había ningún indicio de su paradero. Los pequeños detalles pasados por alto y la extraña conducta de Antonio abrieron un sendero de especulaciones intrigantes con intuiciones pesimistas.
En primer término, el día viernes, las autoridades egipcias dieron aviso a la policía aeroportuaria y a INTERPOL sospechando que se trataba de una profanación más, por parte de un pirata extranjero, a su cultura milenaria. Dijeron que no había señales de violencia en la carpa, que las gotas parecían propias de un mínimo accidente de escritorio y que la letra de la carta pertenecía, sin lugar a dudas, al Profesor Antonio Jeper.
Cupedidae pronunció sus lamentos al tenerle que mencionar la hipótesis que barajaban los investigadores a Adriana y le declamó su más profundo voto de confianza para con su marido. Le reprodujo, acto seguido, la queja que hiciera por tal maliciosa sospecha a las autoridades egipcias, resaltando que se trataba de un investigador prominente y no de un comerciante de mercado negro de quien trataba todo este asunto.
El domingo, el día anterior a que yo la viese, el Profesor telefoneó de nuevo: no había novedad. Ninguna averiguación había dado fruto, ni para bien ni para mal.
Adriana se encontraba, todavía, convaleciente de una operación en la cual le habían extraído un tumor, apenas un mes atrás, por lo que me ofrecí a viajar sin dilación. La situación me preocupaba demasiado. Egipto, además de ser un lugar maravilloso y místico, era un sitio que podía resultar muy peligroso para un extranjero.

DOS

Dos días después estaba montado en un avión. El viaje no fue para nada grato, lo recuerdo lleno de turbulencias y de imágenes extrañas vinculadas a un inframundo tortuoso suscitado por las líneas célebres de Antonio, con el cual durante todo el sueño estuvimos unidos espalda con espalda. Por un hecho fortuito, había decidido leer su trabajo mientras espera el vuelo y parte del trayecto. Una intuición quizá; azar, tal vez.
Había revisado, antes de partir, su escritorio en busca de los documentos que le había enviado Cupedidae, por mera curiosidad. Mientras buscaba encontré una copia de su ensayo, debajo de un escarabeo que usaba como pisapapel, y hallé también su risueño sello. Recuerdo la gracia que me causó verlo después de tanto tiempo: era una pequeña mariquita con sus iniciales: “AJ”. En el tacho de la basura, solitario, encontré luego un papel madera con unas estampillas del Nilo. El sobre era de Cupedidae, cuyo sello era también un escarabajo pero alargado; seguramente allí habían llegado los papeles que buscaba en vano. Cuando me retiraba del cuarto, vencido, un impulso me hizo volver sobre mis pasos y me lleve el trabajo como consuelo.
Con Antonio solíamos discutir en los años mozos, y hasta apenas antes de los inciertos hechos que se sucedieron, acerca de la condición humana, de su avatar, de sus orígenes y de su destino. A mí siempre me habían fascinado las culturas asiáticas, sobre todo la cultura hindú; a él el oscurantismo egipcio lo apasionaba desde que tengo memoria.
Habíamos sido, desde pequeños, vecinos de la cuadra. Más de pibes nos empezamos a frecuentar, fuimos cómplices de travesuras en la adolescencia, prestidigitadores de amores cuando estudiantes e investigadores en algunos proyectos interdisciplinarios en varias ocasiones.
Algo en lo que reparé en ese entonces y me resulta más curioso aún pasado el tiempo, es el haber recordado con insistencia y de forma vívida su semblante en las últimas semanas de mi estadía en Méjico. Ignoraba que mientras tanto se desarrollaba en otro continente la intriga más profunda que atravesó gran parte de mi vida y que ha revivido tan hondo en mí en estos últimos días.
El ensayo de Antonio era una soberbia exposición de la figura del escarabajo en la cultura de diversos tiempos en todos los continentes. Comenzaba evocando una serie de relatos mitológicos para demostrar la amplitud simbólica suscitada por el insecto.
En Norteamérica los Cheroquis pensaron que en un comienzo el mundo estaba tapado por las aguas y que un escarabajo se sumergió en busca del barro que sirvió, luego de secarse, como tierra para un mundo nuevo.
En Sudamérica algunas tribus indígenas del chaco creían que un escarabajo gigante llamado Aksak había modelado al hombre y a la mujer en arcilla. Presumiblemente, la leyenda se vinculara con la observación del comportamiento del escarabajo pelotero en una franca analogía.
Similar al mito de los Cheroquis, y propiciada por la eterna confusión del cielo y el mar en el horizonte, los tobas de Sumatra hacían provenir al gentil escarabajo de la bóveda azul.
En el oriente por su parte, en las corrientes filosóficas del budismo y el taoísmo se observaban ciertos ornamentos y motivos con figuras de escarabajos; en el emblemático libro: “El secreto de la Flor de Oro” se mencionaba a los escarabajos peloteros y a su bola como un ejemplo de la concentración espiritual, objeto del Tao. En el Japón, en honor a la emperatriz Suiko, el relicario Tamamushi estaba compuesto de 9000 élitros, las falsas alas duras que protegen a las que les sirven para volar, de escarabajos de la familia de los bupréstidos, variedad muy colorida, representando la inmortalidad.
En Europa, el alemán Alberto Durero igualaba en varias ocasiones, en una simbología cuyas raíces se pierden en un intrincado y enmarañado recorrido que rodea, sin poder penetrar, a los alquimistas del medioevo, al Escarabajo Ciervo con Cristo.
Luego pasa a detallar los aspectos entomológicos y formales de los escarabajos mencionando que el fósil más antiguo de lo que podía llamarse un protocoleóptero estaba datado hace 280 millones de años, en el pérmico inferior, aunque recién en el pérmico superior, hace 250 millones de años, podía afirmarse que se encontraban presentes todas las tendencias evolutivas del orden de los coleóptera: el más rico del reino animal con más de 360.000 especies catalogadas, más que cualquier otra por lejos.
Informa sus distintos estadios evolutivos de larva, pupa e imago, repasando algunas curiosidades reproductivas de algunas familias y hace hincapié en la enorme capacidad de adaptación que tiene la especie, que habita desde los fríos polos hasta el desierto abrasador.
Respecto a su aspecto físico asevera que “…los escarabajos parecen despertar en el ingenio humano una suerte de fascinación. Desde los albores de la humanidad hasta la moderna cultura pop de nuestros días”.
Alude a la fascinación que generan sus colores a veces metálicos, como en algunos de los bupréstidos, pasando, según las familias, por todos los colores posibles; incluyendo diversas combinaciones como lunares, rayas, dibujos, manchas o, simplemente, lisos y llanos. En el mismo sentido, destaca las formas imponentes de algunas de las familias por sus disimetrías, con grandes picos tenazas en sus cuerpos. Por último señala que los resistentes insectos detentan una anatomía compleja que se manifiesta desde tamaños milimétricos hasta el rango de los quince centímetros.
Luego la pluma de Antonio hace un repaso por la historia de los primeros colgantes hallados que representaban a los escarabajos. Fueron encontrados en diversas zonas y datados en el paleolítico, entre diez y veinte mil años atrás; mucho antes de que los egipcios hicieran culto de su estampa. Especula entonces una identidad entre el chamán de las culturas primitivas, que servía de intermediario entre cielo y tierra, entre la esfera celeste y el inframundo, y el escarabajo, que vuela pero también puede hundirse en la tierra.
Con datos precisos ordenados en una tabla, prosigue luego a informar los aspectos nutricionales que conlleva la ingesta de estos insectos destacando sus beneficios. Resalta que ésta costumbre, poco usual en occidente, fue y es harto generalizada en diversas culturas en distintas épocas. Citando a Levi- Strauss adhiere a la tesis que relaciona estrechamente a los alimentos y a los adornos, registradas en diversas culturas con sendos animales e artrópodos con la frase: “Lo que se come se festeja.”.
Antes de pasar a la tradición egipcia, donde el escarabajo es el símbolo religioso por antonomasia, relata la curiosa utilización de algunos ejemplares vivos, en la actualidad, como broches en ciertos sitios de Méjico y también hacer unas consideraciones acerca del conocimiento. Más precisamente, sobre el carácter irremediablemente analógico que le otorga al acceso del humano a la realidad y de la mutilación imposible de evitar cuando se mira algo.
Antonio señala que toda percepción es fragmentaria y que hay una tendencia simultánea e ineludible, que atribuye a una impresionante avidez de presente en el conocedor, a relacionar esas partes con un ilusorio todo, cometiendo así, en el camino, todo tipo de falacias argumentales mechadas con aciertos pasajeros.
Hábilmente entonces releva, primero, las costumbres del escarabajo pelotero. El insecto coloca sus huevos en una bola de estiércol que les sirve a éstos de cuna y alimento. El animal en el proceso gira una informe masa de estiércol con los huevos adentro hasta que logra su adecuada forma de pelota. Luego la traslada girándola hasta un túnel que construye previamente donde la entierra unos sesenta centímetros bajo tierra en una cámara horizontal. De ese modo se asegura de que la cría se desarrolle lejos de peligros y de que tenga el alimento suficiente en sus fases iniciales de desarrollo.
Lo citaré dada la interpelación que provoca su discurso:
“Imaginen ustedes que hace miles de años un hombre observa casi pegado al suelo, de cuclillas, o gateando mejor, el lento transcurrir de un bichito que hace girar una bola de estiércol. Imaginen, si le es posible, que de tal comportamiento, inadvertido por la mayoría de sus pares, nace la cosmogonía de una de las civilizaciones más poderosas que ejerció su dominio en todo el mundo conocido por entonces y cuyas influencias se manifiestan por doquier, con una fuerza innegable, hasta hoy en día.
Los egipcios observaron que el sol salía desde el este y se ponía en el oeste; creyeron que salía de la tierra en la mañana y que por la tarde se escondía nuevamente en ella. Percibieron parte de un movimiento circular múltiple, pero no del todo bien e igualaron la bola de estiércol con el sol y le dieron al dios Khepri -el sol naciente- el rostro de un escarabajo en su iconografía. Se basaban también en la creencia de que el pelotero sólo era macho e infirieron que se autocreaba tal y como su dios.”.
Señala Antonio que ésta idea de un dios que se vale por sí mismo existe en todas las civilizaciones: es el famoso motor inmóvil en Aristóteles, lo que sugiere la eterna unidad en los Vedas; en definitiva, la verificación de que todo lo que está compuesto tiende a su disolución, por lo cual debe haber algo permanente que tienda a la compostura siempre.
Explica con sumo detalle cómo los egipcios rendían un culto especial a la muerte y que todos sus grandes monumentos eran grandes tumbas. Ellos creían fervientemente en la vida en un más allá y daban una importancia especial al sepulcro, que consideraban parte de una transición. Luego afirma que la momia es un copia, la mimesis del estado de pupa del escarabajo, que es el estadio intermedio entre la larva y la transformación absoluta y se da en crisálida: analogía muy sugestiva. Afirma también que el diseño de las mastabas, antepasados de las pirámides, con un acceso vertical y su pasillo final horizontal hacia la cámara funeraria, es también una copia de la arquitectura presente en los túneles de los escarabajos.
De los escarabeos, por su parte, informa que son pequeñas imitaciones de escarabajos hechas con piedras comunes o preciosas que otorgaba fuerza, poder y protección colgados en el cuello del usuario. Algunas versiones tenían un espacio hueco, presumiblemente, para introducir un ejemplar vivo. También se colocaban sobre el pecho de los muertos para que pudieran resucitar alcanzando la vida eterna; siendo el objeto que impedía a los malos espíritus llevar el alma del óbito a un oscuro y tortuoso mundo.
Símbolo de la constante transformación, el escarabajo para los egipcios fue como objeto representado, al mismo tiempo, víctima del mismo principio de mutación en torno a su figura. En unas épocas fue amuleto de muerto o de vivo. Tiempo después, transfigurando su sentido religioso, sirvió para testificar la identidad de la realeza en algunas precisas dinastías utilizando su imagen como sello. Derivando, luego, en mercancía de comercio negro o de bazar.
Finaliza Jeper el ensayo con una reflexión acerca del humano:
“...éste entiende el mundo al captar las energías de las distintas manifestaciones de la vida haciendo culto o explicando analógicamente unas cosas con otras; vive de sus verificaciones e intenta trascender con sus percepciones más sutiles.
Mirado desde afuera todo puede parecer una locura pero la fe, sea en la ciencia o en un talismán colgado en el cuello, guarda un aspecto inherente al humano, una relación estrecha y necesaria como la de la vida y la muerte: la de ilusión y verdad. Cambian las excusas y los motivos, los hombres que mandan a los otros hombres también cambian pero la ilusión de que todos detentan una verdad y la fuerza que ésta les brinda parece ser lo único inmutable.”
El trabajo estaba escrito implacablemente. Antonio dominaba el arte de la literatura científica y las relaciones paradigmáticas entre las palabras de un modo bastante singular, lo cual le aportaba a su trabajo científico un inequívoco carácter sugestivo, me atrevo a decir, alegórico.

TRES

Al llegar a El Cairo llamé a Adriana para decirle que había llegado bien. Alquilé un jeep y me dirigí a la excavación de Cupedidae. Después de ocho horas de manejo, con algunas paradas de descanso, arribé ya entrada la noche.
El arqueólogo alemán era un tipo alto, como Antonio, de facciones toscas y de un acento duro; no pude discernir si le molestó mi presencia o, simplemente, si su aspecto y su tono me causaron tal impresión. Me recibió con unas pocas palabras y una sonrisa modesta; luego se despidió, rápidamente, aludiendo un cansancio atroz, retirándose a su carpa. Antes de entrar en ella giró sobre sus pies y con un dedo dirigido hacia un grupo de cinco personas que cenaba a unos cien metros dijo: “Franz”.
Franz era también alemán, la mano derecha del Profesor. Su trato fue mucho más cordial, me ofreció sentarme y me expresó su pesar por la desaparición de Antonio. Caí en la cuenta, al ver los rostros de los cinco hombres, que todos imaginaban lo peor aunque no sabían bien que era lo peor.
Durante la cena me contaron que ellos eran los únicos que habían quedado allí; el resto del equipo se había retirado en los últimos dos días por indicación del profesor. Las autoridades habían mandado a suspender el trabajo y estaban evaluando la posibilidad de revocarle el permiso de manera definitiva debido al incidente y a otras cuestiones.
Desde el descubrimiento de la momia siamesa se le habían presentado a Cupedidae algunos problemas serios con los papeleos pero los había podido ir zanjando con muchos y repetidos viajes a la capital. A sus diligencias personales le sumaba la inestimable ayuda del embajador, del cual resultaba haber sido compañero en una distinguida escuela de Berlín.
Luego de la desaparición de Antonio y de las dos piezas, la revocación se precipitaba, inminente. Cupedidae, justamente esa mañana, había regresado del El Cairo jugándose las últimas cartas en el asunto, presintiendo que lo iban a terminar por correr. Y de hecho, le había dicho a Franz que le había ido bastante mal por lo que se encontraba muy nervioso.
Pedí detalles a los presentes de Antonio y de su estadía hasta su desaparición. Entre todos repusieron las cosas que me había ya mencionado Adriana, casi textualmente. La policía había interrogado a gran parte de la comitiva y había requisado todas las carpas en busca de pistas sin obtener resultados e insistían en sospechar un robo de las piezas. Antonio había salido por la noche sin que nadie lo viera o lo escuchase, y por ningún sitio dejó huella de su paso, sólo la misteriosa carta. Lo que más curiosidad despertaba a todos, generando mayor intriga y comentarios supersticiosos, era la gran bola de estiércol.
La realidad parecía ser que nadie parecía saber qué pensar, o que si lo hacían se lo guardaban por pudor hacia mí. Le pregunté a los presentes, dos asistentes egipcios y dos estudiantes australianos, como lo habían notado anímicamente en su estadía ninguno pudo responder, tan solo Franz vio su silueta una madrugada en el momento en que Antonio entraba en su carpa, el resto siquiera lo había visto. Tenían todos, la indicación expresa del profesor de no molestarlo.
Recuerdo mi sensación de ese entonces. Lamenté que Cupedidae fuera tan egoísta y que estuviera preocupado tan sólo por el destino de su descubrimiento. Ya llevaba más de medio día en Egipto y no sabía mucho más de lo que sabía en Buenos Aires. Por añadidura, la noche se tornaba cada vez más fría y la incertidumbre, proporcionalmente, cada vez más grande.
Hice unas preguntas acerca del hallazgo y me mostraron unas fotos que causaron una fuerte impresión en mí. La forma de la momia siamesa era inquietante. Tuve la sensación de que hubieran partido a un hombre por el esternón y de que le hubiesen abierto, luego, en dos.
En la foto reposaban sobre sus pechos los escarabeos de un verde brillante. Pregunté si se trataba de rubíes y lo único que recibí por respuesta fueron unas risas; los escarabeos me parecieron realmente bellos. Había fotos, en detalle, de otros con similares formas pero en colores más opacos.
Me explicaron que las mastabas eran comunes entre la gente adinerada y que eran consideras como los antecedentes de las pirámides. La presente era muy antigua y estaba en un estado precario. Tenía una singularidad muy especial en su arquitectura; los egipcios pensaban que el muerto tenía un doble, por lo cual construían falsas puertas que oficiaban las veces de indicadores para el camino del espíritu y llegada la ocasión como trampas para posibles saqueadores. En este caso, resultaba extravagantemente intrincada la cantidad de pasadizos, túneles y escalaras falsas que poseía la mastaba; a primera vista parecía incluso ser muchísimo más pequeña de lo que realmente era.
Singular también era respecto de su arte pictórico; las fotos de los murales mostraban a dos hermanos con largos cabellos, uno mirando a un lado y el otro a otro, oficiando el primero como verdugo en un sacrificio y el segundo elevando sus manos al cielo dejando volar un escarabajo. Tales ilustraciones resultaban ser una novedad pues estas representaciones solían ser costumbristas, mostrando las épocas de cosecha o algún quehacer cotidiano. De hecho, sus análogas en otros sitios de la misma zona lo eran; sin embargo éstas parecían guardaban un carácter alegórico indiscutible. Una foto de otra de las paredes dejaba ver, de un lado, el día con el sol naciente con uno de los hermanos y del otro la luna llena con el otro; allí los rostros tenían una marcada diferencia, el primero mostraba un rostro torvo, su par no tenía facción alguna.
Repusieron, brevemente, una de las discusiones que se habían sostenido en el campamento, sobre cómo identificar un hermano del otro en las dos pinturas pero todas las razones que se podían argüir eran rebatibles y concluyeron que se debían cotejar las imágenes aumentadas para poder sacar algo en claro.
Otro detalle era indicador de la importancia del hallazgo. En una cámara superior había una gran cantidad de huesos que indicaban al menos ser los restos de una veintena de personas; se trataba de esclavos. Era común que se sacrificaran a los sirvientes de los amos para que los asistieran también en la otra vida; lo que resultaba curioso en este caso era su elevada cantidad.
Todo el descubrimiento suscitaba, en conclusión, más preguntas que respuestas, lo cual representaba un gran desafío para los investigadores; muchos creían que se trataba de algo que quedaría en los anales de la historia.
Tras recibir todas estas noticias, pedí ir a la carpa de Antonio; en el camino me advirtieron que habían confiscado sus pertenencias por lo cual me lamenté. La carpa estaba bastante alejada de las demás, al menos 100 metros, exceptuando a la única que había por detrás: la de Cupedidae.
Vacía, no permitía ninguna observación: “Es lo mismo que nada” recuerdo haber dicho. Franz entonces me ofreció unas fotos que había sacado de contrabando a la carpa apenas después de la desaparición de Antonio. Había querido retratar los escarabeos y había tomado dos fotos donde parcialmente estaba retratada la habitación.
Tras observarlas minuciosamente no hubo nada que me llamara la atención especialmente excepto unos cuantos frascos pequeños con la inscripción NPH. Aparecía en las fotos una valija marrón muy grande apostada en un costado y ropas desordenadas en un rincón, nada anormal. Consulté con Franz el asunto de los frascos y me dijo que era la insulina que el Profesor Jeper había pedido especialmente para Antonio por su diabetes. Traté de disimular lo mejor posible y oculté mi sorpresa a Franz: Antonio no padecía tal enfermedad.
Me enseñó después una foto de la hoja manchada; las gotas no llegaban a cinco y no eran para nada grandes, casi perfectas formaban una suerte de círculo. El dibujo tenía unidos los escarabeos que auspiciaban para sus portadores el pasaje al otro mundo en perspectiva, mirados desde arriba. Recuerdo que me suscitaron, de inmediato, el recuerdo de la forma de la momia. Intuí que Antonio había tenido la misma impresión al observarlas; quizá por ello las dibujó, pero no me quedaba claro por qué teniendo los originales en sus manos se había tomado tal trabajo siendo, por añadidura, tan poco ducho en tal arte.
Luego de terminar, me condujeron a la carpa en la que pasaría la noche. Me extendieron una invitación por encargo de Cupedidae para participar en lo que presumían el último viaje a las cámaras pero desistí de la oferta, necesitaba hacer averiguaciones con la policía.
Todo el asunto me tenía desvelado, todo era muy incierto, todo olía a muerte. El viento era fuerte y ocupaba en gran medida el silencio; hubo ciertos ruidos metálicos que me crisparon en la madrugada, y recuerdo la gran sugestión de la que fui víctima. Guardo todavía la clara impresión de como al miedo lo confundí con frío.
Por la mañana, un ruido fuertísimo y un gran temblor me despertaron. Salí de mi carpa y una gran polvareda no me permitía ver ni siquiera a dos metros de distancia. Los ruidos, ya más tenues, y el polvo, en proceso de asentarse, continuaron por un largo rato. Los andamios que reforzaban las frágiles paredes habían cedido y el derrumbe había cegado la entrada a la mastaba.
Después de un rato me percaté de que me encontraba solo en el lugar. Fui carpa por carpa pero no había nadie, parecía que todos habían bajado y que las endebles ruinas habían caído precipitando el final para todos ellos.
Las autoridades explicaron que las tareas de rescate resultaban harto difíciles; el terreno cedía y la construcción se había desmoronado hacia dentro, lo cual hacía ardua la empresa. La situación era frágil ya que al retirar los escombros se producían otros derrumbes; uno de los cuales cobró la vida de un rescatista.
Tras tomarme declaración me quedé una semana más en Egipto haciendo todo tipo de averiguaciones infructuosas. Busqué, con ayuda del consulado, pistas acerca del paradero de Antonio pero ya en ese entonces como hasta ahora el velo había caído: no se supo nada más sobre él, parecía habérselo tragado la tierra.
Semanas más tarde descubrieron que una enorme cantidad de cal viva se había encargado de diezmar los restos de un grupo de no menos de veinticinco personas, entre las que pudieron identificar los restos de Franz, de uno de los ayudantes egipcios y de uno de los estudiantes australianos: el resto estaba demasiado carcomido o disuelto para servir de algo, cuando no era inaccesible. Mezclados yacían, ya inertes, los restos milenarios de los esclavos y con los de los recientes desaparecidos.
Luego de varios meses, ya en Buenos Aires, nos enteramos con Adriana del cierre definitivo del lugar. Se dio por concluido el rescate sin un avance mayor y se lo vedó para investigaciones futuras. El curioso descubrimiento había tenido un final tan misterioso como el de las circunstancias que habían posibilitado su existencia; tan sólo unas fotos y varias intrigas rodeaban al asunto.
En varias ocasiones se comparó el ADN de Antonio con el de personas no identificadas halladas en Egipto pero nunca arrojaron coincidencia. Casi un año después encontraron la camioneta enterrada en la arena del desierto, en las cercanías de Giza, pero ninguna pista de Antonio.
Para las autoridades egipcias, duras y desconfiadas, el asunto era turbio en su totalidad. Sospechaban el robo de las piezas y suponían, también, intencionalidad en el derrumbe. Se basaban, aunque no disponían de pruebas fehacientes, en que la última misión fue ilegal pues estaban suspendidos los permisos. Además no se tenían claros los motivos del desmoronamiento pues los andamios y los refuerzos, según declararon los ex miembros del equipo, estaban bien logrados.
Para los supersticiosos una maldición había acaecido en los profanadores que habían recibido como castigo un oscuro destino. Para nosotros desde Buenos Aires, repasando todos los pormenores del asunto, había pequeñas grietas y detalles que no cuadraban, sospechosas ocurrencias y cuestionables eventos, pero no podíamos sacar en claro nada. No atinamos a esclarecer si éramos presos de una sugestión o si realmente había cabos sueltos. Tuvimos noticias con el paso del tiempo de esporádicos derrumbamientos en la zona que nos avivaron el recuerdo del misterio toda vez. Luego, ya sin esperanzas todo se fue diluyendo hasta el recuerdo de su estampa; quedando al fin más preguntas que certezas.
Recuerdo que antes de subir al jeep para ir al aeropuerto vi un brillo en la arena; llamó mi atención y me acerqué para observar, era un escarabajo que hacía girar una pelota de estiércol. La tarde caía y él se hundió con ella en la tierra.

CUATRO

Han pasado treinta años de todo lo que acabo de noticiar. El destino acabó por jugar sus dados. Hace una semana al abrir el diario encontré el siguiente titular, “Curioso descubrimiento en Egipto”, la nota proseguía: “Debido a un sismo con epicentro en Al Fayyum, en las cercanías de Giza, acontecido hace un mes, curiosos advirtieron la entrada en una mastaba derruida que había estado cerrada por más de treinta años por riesgos de derrumbe. Un equipo de arqueólogos nacionales comenzó la indagación del lugar hallando, para gran sorpresa de todos, los cuerpos de dos hombres que en su pecho detentaban un par de escarabeos color verde brillante. Las fuentes policiales afirmaron que se trata de "momias contemporáneas" cuya identificación está en trámite.

…

Al leer la crónica me decidí a repasar mi acceso a los eventos ocurridos y ordenarlos en el presente relato; este nuevo giro despertó en mí la dilucidación del caso. Toda causalidad es un recorte: un esto que produce aquello suele redundar en una observación de lo inmediato. El repaso de todas las circunstancias es una quimera, y es menester dejar en claro que la mirada construye lo que observa.
Han estado ahí, hace treinta años, los puntos de una trama algo dispersa, esperando que alguien tiente a unirlos. Entiendo que me avispo hoy de lo que pude haber intuido ayer pues no he querido dejar, en ningún momento, una tesis fundamental. Nunca me cuestioné hasta leer la noticia de que Antonio no fuera la víctima sino un victimario en todo este asunto.
Todo, al fin y al cabo, resulta estar presente en todo momento; quizá no en la forma en que lo conocemos, quizá latente, esperando ese átomo o la vibración precisa que precipite su manifestación. Esta historia es, por ende, de algún modo una historia de gestación remota, y como todo acontecimiento, acción y liturgia humana es una mimesis del pasado.
Quizá para comenzar a orientarse haya que remontarse a un hecho fortuito, a un azar o a un determinismo del lenguaje: Cupedidae y Jeper son nombres de distintas lenguas para referirse a un mismo animal, a unos mismos rasgos formales, al escarabajo. Es imposible de calcular las implicancias para ciertas personas de algunas casualidades, como lo es para un hombre comprender las razones de otro hombre para hacer lo que hace.
Muchos años después sobreviene un encuentro en un país foráneo, ambos hombres se conocen y además de compartir un mismo afán se sorprenden al compartir, con sonidos distintos, un mismo Nombre. Otros detalles banales estrechan la unión: los sellos con formas de escarabajo, cierto parecido físico. Fiedrich y Antonio hallan su doble, un espejo donde reflejarse. A esto le siguen las comunicaciones asiduas donde quizá comienza una sugestión anormal.
Me llamó la atención en su momento que Antonio hubiese dejado a Adriana sola después de una operación tan grave; pero algunas cosas pasan desapercibidas por la tolerancia a las excentricidades de los individuos cuando son signo, en realidad, de algo más.
La serie total de eventos me llevaron a pensar que al caso lo rodeaba un montaje: la salida por la noche, el encierro, la carta esquiva, la gran bola de estiércol, la hoja manchada con sangre con los dibujos de los escarabeos faltantes parecían más dignos de una intriga ficticia que de hechos mundanos. ¿Quién podría creer que esa bola no era producto de la acción de un hombre? –Ahora bien, no logro imaginar, todavía, la realización práctica de tal ardid– Además, ¿Para qué dibujaría Antonio los escarabajos si podía manipularlos del modo en que quisiese? A esto se sumaban ciertas circunstancias que no cuadraban: ¿Qué había hecho Antonio entre el martes a la mañana y el miércoles a la tarde, momento en que supuestamente había llegado al campamento? Sólo ocho horas separaban El Cairo de la excavación. Además su apuro era proverbial, tanto que pidió bajar de inmediato, tanto que se encerró a trabajar frenéticamente sin que lo viera nadie nunca.
Me inclino a pensar que los detalles fueron dispuestos por la mente ágil de Antonio, tan hábil y proclive a la ordenación argumental de los recursos. De allí radica que la información real fuese tan poca y la historia tan fantástica: circularon unas líneas bien meditadas por Antonio que profería el Profesor Cupedidae. Fuimos espectadores de una escena, oyentes de un conjunto de afirmaciones falsas y tendenciosas que tuvieron por objeto desviar la atención de lo que sucedía realmente.
El problema de los permisos los acuciaba, Cupedidae viajaba a El Cairo para destrabar la situación con frecuencia pero conociendo que pronto le acabarían de correr de la investigación. El encuentro de las momias siamesas y de las pinturas, extremadamente sugestivas para sus mentes místicas, junto con los inmejorables amuletos precipitó, no me atrevo a dar certezas psicologistas sobre un posible orden, el plan macabro para la realización perfecta de sus creencias oscurantistas.
Podían llegar a reponer la liturgia ancestral que tanto estudiaron, podían suscitar las fuerzas que en secreto añoraban, en el preciso lugar, en la propia meca. Sólo precisaban tener tiempo para hacer los preparativos correspondientes y controlar ciertos eventos.
Necesitaban una buena excusa para sacar a la gente del campamento a fin de concretar su plan y también asegurarse de tener su añorado descanso en la mayor paz. La desaparición de Antonio y la montada fábula del misterio servirían para lograr ambos fines; el tiro del final sería el derrumbe de la mastaba. Guardaron para sí celosamente el secreto que quedó al descubierto con el inesperado temblor: la puerta secreta de la entrada independiente.
Los imagino juntos tramando el engaño: a Antonio pinchándose un dedo después de dibujar los escarabeos, luego de escribir la misteriosa carta. Puedo imaginarlo partir en la madrugada de su supuesta desaparición y encontrarse con Cupedidae en el camino. Los puedo divisar ocultando la camioneta en el desierto.
Creo que con Antonio compartimos esa noche fría, cada uno detrás de las lonas de las carpas que nos separaban apenas unos metros pero ya desencontrados, eternamente.
Los imagino disponiendo el accidente del día siguiente donde, a la vez, sacrificarían a sus ayudantes para su vida postrera y lograrían el cierre definitivo de la excavación donde podrían realizar su apacible descanso, su ansiada transformación. Puedo imaginar a Cupedidae conduciendo a los condenados hombres a su muerte, produciendo el derrumbe sobre sus cabezas cuando ingresaban a la mastaba.
Puedo intuirlos confundiéndose con el polvo al ingresar por el túnel secreto. Los imagino vendándose en el frenesí de su locura, con la fe ciega de una vida futura; no tengo dudas de que su salida al otro mundo la causó la insulina aplicada en una gran dosis. Por último imagino, que en unas semanas se sabrán los nombres de los que descansan allí: Fiedrich Cupedidae y Antonio Jeper.

miércoles, 11 de agosto de 2010

El tiempo es un avión Japonés, se mueve muy rápido – Parte femenina (Teté)



Un potente aguijón me lleva como una bailarina a cuerda. Una niña de tutú celeste dando sus primeros pasos en el gazebo de la plaza de Tandil. Nueve años de nipona inocente.
Nos llevamos a cenar y queremos favorcitos. Palabra exacta para definir lo que nos espera. No sé quien es, no sé quién soy.
Rosario y el Merlu, primer amigo en común. Él espera ansioso y, entre Tiki-taka y filosofía trascendental, nos tira la data de los lugares que pensamos ir. Mira desde el balcón a Cristian Sancho que se hospeda en el hotel de enfrente. Un abdominal papa frita.

El verdadero nombre del Merlu no lo sabemos, claramente es como todos esos personajes que nunca se les recuerda el nombre y en definitiva no importa.

Dice que lo ayude a colgar la bola de espejos, una gigante que se le viene encima, esa que asoma desde el rincón. El Merlu quiere fiesta con televisor prendido, borra de vino, bola de espejos y nosotros dos.
Siento que soy una avioneta en contrapicado dando una charla de presentaciones efectivas. Sería absurdo pensar que si le hablo al Merlu, él me entendería. Sería absurdo pensar que si lo comparto, alguien me entendería. En realidad no quiero hablar con ninguna otra persona que no sea la que me trajo acá.
Pienso que somos personajes sensuales, pasados por espejos rectangulares que nos rayaron cuando me pudo cazar.
Pedimos unas películas, un montón de cosas acumuladas en un sobre papel madera. Ahora son solo cosas. Andanzas, corridas y libretas de subtes. No necesitamos de maratones. Él me cuenta historias de tiburones: el Diego, el vals de Helena, su Gatuni del medio y se atreve. Sus cristalinas manitos rozan la mariposa de mi espalda. Una llovizna helada de verano.
Creo que estoy apegándome a un sabor pronto. ¡Me como las uñas, me tiro por paracaídas y me hago lesbiana! Quiero ser una cajita de cristal y salir corriendo. Manitos crujientes de pervertido veraniego, que suda y lame, se da vuelta y me mira. Raptor de mis secretos que me está engatusando.

lunes, 9 de agosto de 2010

"La cárcel de mar, sal, sol y arena" (Julián Nugnes)




Rada tilly está en Rada Tilly.



Pauli está en Buenos Aires pensando en Trelew y en Jorge Polaco y la Bomba del tiempo y las vacaciones y Verónica.



Verónica piensa en su cámara mientras camina por Córdoba rodeada de cordobeses y turistas. Y piensa en un ex, y en Colombia y los viajes del futuro, y una charla en mi balcón.



Laly está en la productora, chateando y trabajando y haciendo chistes mientras piensa en sus amores, en el concepto de amor, el surf, las rastas, la amistad y el reggaeton.



Mariela trabaja y trabaja y piensa en tango, coreografías y viajes. En ser madre y abuela.



Marian tiene ganas de dejar de pensar y disfrutar su enamoramiento atroz. Está en Bs. As.



Flor maneja su Chevette y el calor y la transpiración y la cumbia le hacen pensar en el sexo salvaje que es la promesa del 2010. Y el porro. Y la risa. Y las aventuras.



Naty y Santi se deben estar besando entre Vilma Palma, Pocho la pantera, Jim Jarmush, Schrott, idea argumental y sexo interracial.



Teté está en Bolivia pensando en comer mas sanito, vivir al nivel del mar una vida familiar y tranquila, su hija del futuro, el amor y la paz dominguera. Documentarlo todo para el futuro en común.



Nacho está en la quinta terminando de hacer un asado y pensando en la playa brasileña, un sendero de bulones amarillos, en sus amigos, en sus amantes y en la que es ambas cosas.



Seba está en su terraza fumando, intuyendo a un Dean Moriarty imaginario, pensando en mochilas, rutas, pueblos, y una nueva identidad secreta.



El alemán esta en Avellaneda mirando una repetición de Francella mientras en su cabeza suena un solo de guitarra que es como una escalera caracol al infinito.



Emanuel está agazapado en la casa de Maru y, como un Tyson enjaulado, piensa en el Gavilán, Prulliere, un LP llamado “Segba”, películas, fotocopias, la merluza, la mercula, la tonta, la menesunda, la papusa, el Tiki, el tirakis, Mauro, Mauro, Mauro.



Juan está en su ventana que da a la cancha del Docke. Piensa en la ovación, el freno, la gambeta, “¡Diego, diego!”, el pase displicente, se acomoda la binchita, encara al arquero de Atlas, parte interna, comba hacia adentro, casi sin angulo la clava al segundo palo. ¡Un Canigol!



Alberto, en Congreso Saigón, piensa en los futuros bigotes del Beto Flores, en su amor hermoso y prohibido, en el devenir de la raza humana. Por ultimo, piensa en un pucho y se hace un té.



Yo estoy atrapado en mis vacaciones costeras, pensando:



“Mujer esfinge de porcelana china, no te olvides de mi”.

miércoles, 14 de julio de 2010

Las hijas de la Unidad (Alberto Diaz Flores)



Desde que somos la semilla, el gen latente para la manifestación postrera, a nosotras, las unidades, nos han enseñado la ética de la acción inegoísta y el sentido unívoco de la comunión.
El “Todas somos una” y el “Tú eres aquello” comienzan como una mera vibración indefinible cuando somos larvas y, luego, en su repetición continua logran, un buen día, transmitir un breve cosquilleo que nos hace serpentear; a esto le llamamos el despertar sónico de la conciencia cósmica.
Pasado dicho atisbo pulsional, con el tiempo y luego de transformarnos, la vibra se vuelve audible ya y activa las sustancias arquetípicas trascendentes suscitando la magia de la comprensión. Comenzamos, desde entonces, con la modelación paulatina de nuestra materia mental. Es el único principio de inmutabilidad del cual nos valdremos para enfrentar el devenir, que aparece como un enorme caos ante cualquier iniciado en el conocimiento de la naturaleza. Hemos dado a éste ejercicio el nombre de voluntad cósmica manifestada y, durante el yugo diario, la colonia entera repite en la fuerza del verbo nuestra elección, nuestra praxis vital.
Nuestros fundadores comprendieron lo que no resulta evidente, lo que no es tan claro, lo que es difícil de aceptar una vez que se ha comprendido, pues es la cifra de la realidad toda: la eterna paradoja en la manifestación infinita de la vida. Inefable es la explicación pues factible no es, con finito lenguaje, lograr la conciencia de lo infinito. Ésta sólo puede llegar a existir cursando cierto estado de la mente y del cuerpo, con ciertas y precisas modulaciones en el vibrato del cuerpo en conjunto con el del cosmos; es realmente difícil y exige un control arduo, una práctica constante.
Los mayores comprendieron que todo es la acción desplegada de una causa perpetua, que todo es el inequívoco accidente de un movimiento eterno, de una inteligencia suprema encarnada en cada ser, en cada forma, en cada nombre. Sus iluminaciones crearon nuestra religión y para que fueran comprensibles para todos, algunos de nuestros precursores narraron las historias de nuestros dioses, de nuestras ninfas y de nuestros guerreros, conformando una completa cosmogonía mitológica, ficticia, para acercarnos, poco a poco, a la luz, a la verdad.
Hermanos y hermanas, primos y otros relativos han seguido otros caminos, más solitarios algunos, otros hasta parasitarios, mas nuestra comunidad y nuestros preceptos no nos permiten desdeñar otras posibles vidas, las continuidades de otras energías existentes aunque no las compartamos. Nos verificamos cercanas a otra suerte de devenires con los cuales estrechamos vínculos, sustentándonos mutuamente. Nuestro alimento menoscaba las flores, pero ayudamos a su esparcimiento y reproducción.
Si bien no ignoramos la unidad infinita que nos permite la vida a todos los seres por igual, sabemos que no podemos manifestarla, con la plenitud que merece, ignorando nuestras azarosas formas, nuestros necesarios deberes, nuestras inevitables batallas; nosotras morimos al dañar, al escupir nuestra ponzoña, y vivimos para la colonia. Ningún ego importa cuando nació la conciencia de que somos, a la vez, habitantes de y habitadas por, el cosmos.
Como a toda criatura se nos han otorgado los dones sobre la materia, el poder pero también el padecimiento, y, al mismo tiempo, el hermoso placer de la ignorancia, de la indeterminación que permite la existencia de los distintos avatares, de los muchos azares, de las diversas elecciones en innumerables coyunturas. Esta condición cósmica de interacciones continuas posibilita nuestra experiencia como una aventura y nos impele a la afirmación de nuestra cosmovisión, de nuestra voluntad manifestada que es el modo que consideramos ineludible para devenir en el imprevisible acontecer.
El destino, que es tan oscuro como inexorable, me ha deparado, por ejemplo, a mí, un frasco en la habitación de un hombre de ciencias. Por un extraño e incomprensible pudor, este señor que me ha separado de mis pares con fines de examinarme una vez muerta, no se atreve a darme el golpe de gracia sino que espera, con una paciencia sádica, mi final, que no ignora cercano.
Es curioso como con este pequeño vericueto, con este reducto de lo más ridículo, pareciera evitar su mala conciencia, olvidando que me ha hecho cautiva coartando mi desenvolvimiento. Alguna vez escuché que tales actitudes de disociación y encubrimiento eran comunes en nuestros hermanos los humanos pero no las creí ciertas. Otra vez el saber, que es nuestro legado y se imprime a fuego en nosotras, fue certero.
Limitada en vuelo por esta transparencia cilíndrica me he entregado a la evocación, al recuerdo y a la imaginación. En nuestra mitología existen historias sobre cautiverios, una dice así:

Érase una vez, en un sembradío de alfalfas, que un hombre de talento consiguió emular una colmena con ciertos panales de madera que dispuso para que sirvieran a tales fines y logró atraer a una colonia entera con la intención de extraer la miel producida para dársela a sus niños y comerciarla a cambio de otros alimentos con otros hombres.
En un primer momento, alabando la novedosa arquitectura, se supo hablar mucho acerca de la inteligencia del hombre, de su bondad, y todas estuvieron muy contentas y cómodas en el nuevo hogar. Pero pronto esto acabó, y se planteó en la colonia un gran debate cuando el hombre extrajo la miel por vez primera, resintiéndose mucho la mayoría de las unidades al comprender el cuadro en su totalidad. Tanto que lo atacaron, muriendo muchas, cuando se acercó nuevamente luego del hecho.
Se alzaron diversas voces por entonces. Una decía que había que abandonar de inmediato el lugar, que ninguna abeja iba a ser explotada por nadie nunca. Otra defendió la postura de quedarse, poniendo de relieve la comodidad del lugar y la protección adicional que recibía la colonia bajo el tutelaje de este hombre, concluyendo que era una pequeña dádiva para vivir en un medio controlado.
Hubo una tercera voz, más sabia, que se alzó sobre todas pregonando que no había otra cosa más que pensar en la Eterna Unidad, que todas debían aceptar el destino que les había tocado en suerte y que la libertad era una expresión de la conciencia y nunca había objeto o sujeto que ejerciera tal dominio que la hiciera desaparecer del todo.
Puso como ejemplos que si el día de mañana la construcción, por un error del hombre, no resistía, podían morir todas, o quizá, si decidían irse, al iniciar el éxodo los depredadores diezmarían la colonia y en la endeble situación de formar un nuevo hogar se comenzarían a extinguir. También mencionó la posibilidad de que ninguna de estas dos cosas sucediera y que podían urdirse todo tipo de destinos con circunstancias distintas, con finales felices o calamitosos.
Dijo luego que toda acción tenía su contrapartida y que ser esclavas del hombre hacía esclavo al hombre también, porque iba a necesitar de ellas después de cierto tiempo. Más allá del fastidio y del enojo pidió que considerasen la real diferencia, si es que la había, con lo que hacían ellas a las plantas. Les recordó que el verdadero amo de todos era la inteligencia suprema que movía tanto al hombre como a la alfalfa, tanto a las abejas como al caliente sol, y que debían resguardarse del temor y de la ira, poderosos reyes para quien cediera a sus impulsos, dejándose dominar por ellos.
La argumentación y la sabiduría que guardaban estas palabras concluyó con toda discusión y, exceptuando, una faceta mínima de la colonia que en un conciliábulo decidió la inmolación de uno de sus miembros, de cuando en cuando, para mantener cierto respeto por parte del hombre, el resto continuó su ritmo en la mayor paz, buscando la subyacente cósmica unidad.

Hay otra historia. Una cuyos detalles no logro completar. Es la de una hermana que fue cautiva como yo de un hombre que necesitaba verla muerta para hurgarla y conocerla. No logro recordarla con claridad y tengo la impresión de confundirme profundamente algunos eventos; una atmósfera de ensueño pareciera recubrir con su manto viscoso mi acceso a dicha trama...
Cada vez falta más el aire aquí y la fatiga gana, de a poco, mi abdomen. El hombre, inclinado sobre sus libros, toma notas y me mira de soslayo, de a ratos, expectante del fin...
Creo acercarme ahora…
Una suerte de zumbido muy fuerte y particular precedía a su muerte. Resultaba ser el summum de una invocación de dones que provocaba una especial vibración, sembrando en el oído del captor una sutil huella…
El vestigio para el registro futuro de las circunstancias de su estirpe y de su destino aciago en unos grafos.

sábado, 3 de julio de 2010

Gato Negro (Marina Mangieri)



María, Dante y yo vivimos en la casa de la montaña.

María dice que tiene 85 años, es italiana y leyó mucho en su vida, creo que toda la biblioteca de esta casa, y no es poca cosa. Le gusta hacer las “palabras cruzadas” en un café del pueblo y tarda 3 horas en cocinarse una sopa.

–Cada cual tiene su manera de cocinar -dice ella.

A mí no me molesta, yo la miro desde mi pijama a través de la barra que mide lo mismo que ella, en realidad ella mide un poco más pero está doblada, tiene una joroba cerca del hombro izquierdo. Yo pensaba que las jorobas eran en el medio de la espalda pero supongo que tiene que ver con la manera que tiene uno de pararse ante la vida. Y se ve que María iba a la derecha pero miraba para la izquierda, espiaba intrigada… quizá los libros no sean lo suficiente para conformar la imaginación de una persona. De la vista anda bien, a veces una lagaña que otra se cruza con sus palabras pero sabe llevar sus pequeños ojos verdes sin pestañas, irritados la mayoría del tiempo.

Dante es un gato negro de unos 13 años. Es una bola de pelos alargada. Es realmente gordo, gigante. Se acurruca en los lugares calentitos de la casa, y en mí más que nada. Tiene ojos verdes amarillentos con la pupila negra, siempre agrandada por la falta de luz, siempre anda en la oscuridad; lleva una vida nocturna. De día duerme, como yo. El ojo izquierdo tiene un defecto, todavía no sé cuál es, siempre lo tiene más cerrado, como si desconfiara de todos, como si estuviese cansado, como si supiera algo que yo ignoro. Supongo que tiene que ver también con su manera de pararse ante la vida. Tiene un ojo más atento que el otro... ahora que lo pienso quizá el derecho está demasiado abierto y sea el defectuoso en realidad. De todas maneras ese gato es un desconfiado y encima un abusador. Habla mucho… maúlla todo el tiempo. Hace oraciones, es increíble. A veces confundo su voz con la de María pero la de él es más aguda, a pesar de ser hombre llega bastante arriba en su canto.

Yo tengo 24 años, soy un poco más alta que la barra y que María derecha. La postura de mi espalda no es totalmente erguida, tengo un problema en los omoplatos, están muy para afuera o yo muy para adentro, toda una lucha pero por suerte estoy medio gordita y no se nota tanto como en mi fiesta de 15 con ese vestido strapless y esas cámaras que revelaban todo mi ser en todo momento. Qué imagen fuerte. Mis ojos también tienen un defecto que no termino de descubrir. Algunos dicen que están muy juntos, otros que tienen una pequeña desviación; supongo que tiene que ver, una vez más, con la manera de pararse ante la vida. A mí me gusta mirar, no importa lo que cueste…aunque atrofie mis ojos o mi espalda. Por eso me gusta Dante, él puede ponerse como quiera y no se va a quedar doblado como María.

La casa es grande y de madera. Tiene arañas y tijeretas, qué nombre más horrible…me hace pensar en bichos gigantes y peligrosos; o en lesbianas pero eso no me parece horrible. Las tijeretas son las cucarachas de acá. Hay un ventanal gigante que da a una vista increíble de casas lejanas, árboles sin hojas y montañas nevadas. Para mí es como una pantalla. Claro que también es una pantalla para los de afuera. Hombres o animales que si quieren, pueden mirar. A veces me da miedo, a veces me olvido, a veces actúo; casi siempre.

María vive en un cuarto-casa, bajando unas escaleras afuera que parecieran hechas especialmente para matarla pero ella está muy bien de salud y de mente, es admirable. Tenebroso también… Me acuerdo de ese verano y de aquél gato rabioso debajo de esa escalera. Dicen que un día desapareció pero yo siempre que bajo miro…por si acaso. Siempre me dieron miedo los gatos por ese tema de que ellos saben algo que yo no, de que ven algo que yo no. No es justo.

En cambio Dante es diferente, el me deja ver todo lo que mira. Nos acostamos juntos, nos despertamos juntos, comemos juntos, hacemos nada juntos. Siempre sé donde está y si no es a la vista me lo indica con un maullido, muchas veces me pega un buen susto pero cuando descubro que es él me da mucha gracia porque hace unos gritos ahogados que podrían ser parte de una película de terror pero, en realidad, son de lo más ridículos. Me gusta dormir con él porque siento que me protege, su mirada nocturna vela por mis sueños aunque en realidad si no está lamiéndose el cuerpo está durmiendo profundamente. Hasta sueña y también hace de sus ruiditos durante. Yo lo suelo empujar a modo de “no ronques más”.

A veces bajo al pueblo. Salgo a hacer caminatas como si estuviese en el lejano oeste, miré “Midnight Cowboy” y tengo la banda sonora en la cabeza todo el tiempo. Camino y miro las montañas pasando de largo las casas como si estuviese sola en todo este lugar. En cambio si presto atención a la gente lo habito como un pueblo con casas de duendes y viejitos. Me meto en un café, tomo algo, como un chocolate y leo o escribo o algo; más que nada miro a la gente. Cuando vuelvo es de noche y en la subida a la casa está todo oscuro. Creo que mis pupilas también deben agrandarse porque mis ojos se acostumbraron y veo todo. Quizá no quiero mirar tanto por miedo de encontrarme un lobo o una tijereta pero no pasa mucho más que un perro que de día me juega y de noche me ladra. Creo que ellos no ven bien, para eso tienen el olfato pero debe ser la hora a la que terminan de comer sus dueños y todavía tienen el olor a ciervo en la nariz.

María sólo aparece de día cuando Dante duerme. Pareciera que se ponen de acuerdo y se turnan para acompañarme. Ella me dice que no le dé de comer al gato, que ella le da todos los días. Yo le hago caso, no me gusta alterar a María, es muy sensible y me preocupa que se me aparezca en mis sueños. No es que sea mala pero perfectamente podría ser una bruja de Disney. Bah…tiene el pelo corto, no sé por qué las hacen con pelo largo a pesar de ser viejas brujas. Creo que en esa película que las brujas son peladas las hicieron mejor. Nunca Angelica Huston estuvo tan linda. Una noche escuché golpes y gritos de María. En realidad ya eran las 8 de la mañana pero acá todavía es de noche a esa hora. Cuando la escuché subí rápido porque yo duermo abajo. La noche anterior cuando me fui dormir había dejado la llave puesta en la cerradura y entonces ella no la podía abrir. Me acuerdo que tenía algo en la cabeza y yo me quedé hipnotizada mirándola. Eran como vendas, se había hecho una especie de turbante para protegerse de la lluvia. Hasta ahora vengo zafando que esa imagen convierta mi sueño en una pesadilla. Pero la otra noche entre mis sueños vi como Dante se acercaba a mi cara, sentí que me traspasó, cuando abrí los ojos ni siquiera estaba acostado al lado mío.

La semana pasada María me convidó de su sopa. Me gustó, creo que me viene bien un poco de comida sana, no tanto tostado ni sopita Knorr ni atún. A parte después viene Dante y me pone su boca en la nariz porque le gusta tanto acercarse y cuando siento ese olor a pescado me descompongo y no quiero saber más nada con el atún. No entiendo cómo puede tener ese aliento si no come pescado. Igual tendría que comer trucha algún día estando acá ya que es el pez de la región.

Dante no sale nunca, a veces me pide con sus cantitos que le abra la puerta pero entra al ratito. Y si dejo la puerta entreabierta se queda mirando, vigilando. Yo salgo cada vez menos, el aire de acá me hace descansar bien, dicen que es el oxígeno, que hay mucho. Se me pasa el día mirando la pantalla o escuchando música y bailando. Me gusta encontrar figuras de esculturas en mi cuerpo. La esfinge me sale increíble.

–No salís mucho- me dice sonriendo María.

Y cuando llueve me justifica con el clima y me cocina una buena sopa, bien calentita para superar el frío. Me trata como a una reina y me habla de Dante como un rey. Somos los soberanos de su Mundo. Nosotros y las letras cruzadas, verticales u horizontales. Desde su punto de vista ella abarca todo. Ni siquiera le molesta que no me bañe.

–Nadie murió de sucio me dijo mi médico- me dice a carcajadas atragantándose con su propia saliva provocada por su cocoliche de idiomas.

Y yo festejo el chiste porque me parece verdadero y más viniendo de una viejita así. A veces siento que ella y yo nos parecemos. Me cuesta reconocerlo pero es real. Hasta hablamos de los signos y somos complementarios, tendría que preguntarle cuándo nació Dante.

Ayer estuve mirando mucho a Dante, me fascinan sus posturas. Es medio asqueroso que se chupe todo el tiempo pero es tan estético al mismo tiempo que hace que uno lo disfrute de alguna manera. Lo único que me falta es calentarme con un gato. Me hace acordar a las clases de yoga. Por eso lo empecé a imitar, sin lamerme nada, ¿no?; y la verdad es que me salieron todas sus posturas, hasta diría que aprendí a andar con cierta elegancia, como él. No es que salga a pasear mucho pero estando acá mis movimientos salen perfectos. Creo estar superando mi torpeza.

El otro día sonó el despertador y dormida me corrí para apagarlo pero me caí de la cama y aterricé con las 4 patas. Es una cama alta. Volví a subir rápido, de un saltito y seguí durmiendo. Fue raro. Soñé con María, ella era gigante y me sonreía tiernamente, por eso no me hacía sentir que era una pesadilla. Estaba todo muy bien. Me daba de comer y yo seguía durmiendo. Cuando me desperté era de noche, decidí ir a pasear. Los sonidos de la noche: el viento, los búhos, los ladridos de lejos, las melodías de los árboles musicalizaban la escena. Sentía los olores del bosque y de las montañas, hasta podía sentir el olor de la nieve eterna. Así el decorado. Miré la Luna y estaba llena, con su luz alumbraba más que nunca, me parecía todo tan nítido que me dieron ganas de tener una cámara pero sabía que nada iba a ver como mis ojos ni sentir como mi cuerpo. Nunca. Me pasé toda la noche caminando, no tuve nada de miedo y nunca había visto una noche tan hermosa. Cuando el cielo se puso celeste decidí volver, me olvidé las llaves pero estaba la ventana de la cocina abierta así que entré por ahí.

Hoy me levanté a eso de las 5 de la tarde. María estaba haciendo su comida de la noche. Me había dejado un platito a mí.

–María ¿cuándo nació Dante?- le pregunté.

–El 18 de Febrero- me contestó.

–Mirá vos, como Yoko Ono y Yo- le digo riéndome a modo de canción.

-¿Qué, mi Rey? Ahí tenés la papa- me contesta María.

domingo, 27 de junio de 2010

Los insectos (Alberto Diaz Flores)


Ejerzo la crueldad, sostenidamente, desde que era un pequeño. No recuerdo bien en qué circunstancias empezó todo, pero es algo que en estos días he insistido en esclarecer. Mis padres se han ocupado de recordarme mis primeras atrocidades, lo cual, de algún modo, brinda cierto marco a mis especulaciones. Igualmente presiento que todo comenzó como comienzan las cosas, inopinadamente, en un encuentro casual en un momento cualquiera. Tal vez mis ojos se posaron en una hormiga o en una abeja provocando en mi mente, por entonces vacía, un instante de atención, una impresión fuerte; quizá luego sobrevino el deseo de agarrarlas, de apretarlas, quizá hasta de comerlas.
Aunque lo he escuchado infinidad de veces, sobre todo porque ha sido una suerte de ritual hacer el raconto de mis tempranas y desafortunadas costumbres en los aniversarios de mi nacimiento o las varias veces que presenté nuevas amistades en mi hogar, no atino a comprender el curioso determinismo que me ligó profundamente a los insectos.
La historia siempre repetida se remonta a lo que constituyó mi principal divertimento cuando mi padre administraba el dinero de una obra en la provincia de Santa Cruz. Tenía yo dos años y el afán incomprensible era llenarme todos los bolsillos de mi enterito con los escarabajos que abundaban en la zona, provocándole grandes sustos a mi temerosa madre.
Años más tarde sobrevinieron mis inclinaciones de coleccionista tomando arañas cautivas que encerraba en frascos. Con alegres risas, para mí siniestras, me han contado que con buenas intenciones pero sin par inteligencia maté a mi preferida cuando le di de comer moscas envenenadas con un insecticida en aerosol.
Ya con siete inviernos, al morirse un pez que tenían mis hermanas, vacié la pequeña pecera cuando mi madre dormía la siesta y coloqué dentro parte de un hormiguero que sobresalía en el jardín de mi casa en Sarandí. Soy alérgico a las picaduras de las hormigas rojas y esa vez casi pago caro mi curioso berretín. El acto que hubiese sido juzgado, en su momento, como un triste y terrible accidente hubiera sido, en realidad, un ajusticiamiento previsor. Me fascinaron los túneles que al tiempo se dejaron ver a través del vidrio y aunque recibí mil retos y chirlos por la acción, además de varios días de ardores y una hinchazón por varios sitios deformante, para mí la aventura y la posibilidad de verlas en su devenir valió toda pena.
En aquél tiempo, mi padre me llevaba a pescar a la lagunita pero me interesaba menos el acecho de la mojarrita que la intensa vida que percibía en las orillas. Observaba las larvas de los mosquitos y las ponía en frascos. Alucinaba con las libélulas y las mariposas y pronto comencé a cazarlas. Recuerdo como me apenaba sacarles el hermoso brillo de sus alas con mis dedos inexpertos cuando las apresaba o al manipularlas luego de lograrlo. Tomé, en ese entonces, por costumbre pegarlas con alfileres a un tergopol y observarlas por largas horas. Me fascinaban sus colores, sus ocelotes; todavía lo hacen.
Cómo una perla dentro de esta serie de pasatiempos morbosos recuerdo con emoción el hurto de unas orugas en el patio de una vieja que vivía a la vuelta de mi casa. Un día dando la vuelta a la manzana en mi bicicleta, casualmente, reparé en una planta agujereada que estimuló mi curiosidad. Me bajé entonces para observar mejor y noté que sobre una verde hoja caminaba una oruga amarilla y negra que me resultó encantadora.
Sin dudarlo salté la reja y la tomé entre mis dedos. Luego de contemplarla un momento casi anonadado, vi otra, más pequeña, andando sobre otra hoja y también la tomé. Me crispé al sentir el grito de la vieja de que qué hacía ahí y salté como un gimnasta la reja en plan de evasión. Mientras ella agitaba sus manos sobre su cabeza magullando bronca, me subí, prontamente, a mi rodado y pedaleé como una saeta hasta mi casa.
Estaba contentísimo y andaba con las orugas de un lado para el otro. Las hacía jugar aburridas carreras en la terraza; carreras muy lentas y prolongadas con insistentes correcciones porque difícilmente las criaturas seguían una línea recta. Recuerdo patente el grito en el cielo que puso mi madre el día en que vio su jazmín con las hojas diezmadas y como, rápidamente, tuve que salir al cruce para que no erradicara a mis curiosas mascotas; desde ese entonces su hogar fue una negociada y concertada maceta.
Lloré mucho cuando pisé a Clara, sin querer, una tarde en que mi madre me llamaba, insistentemente, para que bajara a tomar la leche. Las solía dejar compitiendo ya que podía llevarles varias horas llegar a la línea final, marcada con una tiza sobre la membrana. En ese paso de apuro para acallar aquéllos gritos hallé, por vez primera, la culpa.
Sin embargo, todavía me hace feliz y, de algún modo, me sostiene el recuerdo, y ya han pasado tantos años desde entonces, de ver salir a Margarita de su crisálida. Como una catarata de emociones acuden mientras escribo el grito de mi hermana para que entre y el grito de mis compañeros de balón para que no me vaya; ya por entonces sabía que tenían una vida muy corta y después de verla abrirse camino de su autoimpuesta reclusión, ya en su estadio imago, abrí la puerta para que partiera. No se me ocurrió ni por asomo sumarla a mi colección, sentí que ella debía ser libre...
Como no podía ser de otra manera, con el paso de los años, fui volviéndome más eficaz en la adquisición, en la conservación y en la observación de los insectos, y tras unos años en la facultad de ciencias, con una inequívoca orientación vocacional, me convertí en entomólogo.
Recuerdo mis primeros años de estudiante, recuerdo esa excitación por el nuevo conocimiento. Toda conducta humana la expliqué desde entonces con los comportamientos que observaba en los insectos, que tal y como nosotros son animales aunque por definición con dos antenas, tres pares de patas y dos alas. Lo hacía bajo la luz de que todo conocimiento era relacional y que toda explicación recurría a metonimias de otra índole, a ejemplos comparativos de otras ramas, y yo encontraba siempre un paralelo con lo humano en mi vasto conocimiento de la vida de los insectos y demás artrópodos.
Estudiando los increíbles bailes de los insectos en sus rituales de apareamiento obtuve, por ejemplo, una verdadera teoría de lo que significaba la conquista amorosa y, con el riesgo casi ineludible de que parezca una extravagancia, debo decir que con dichas observaciones mejoré mi habilidad para la prosecución de tales menesteres. Hay patrones sostenidos en los aspectos de la naturaleza que trascienden a sus disímiles efectores, y la percepción que existe entre los cuerpos no se escapa a dicha realidad.
Más tarde reflexionando acerca del sacrificio de las abejas al hacer daño comencé a tener conciencia de los aspectos que no había observado de mis pasiones, de mi curioso afán, y de la ideología religiosa en particular.
Y hace unos pocos días, al ver con nuevos ojos cómo las mariposas y otros insectos ceden el cuidado de sí, obnubilados por el fuego, hasta caerse y morir en él comprendí la existencia de lo que se conoce entre otras con la palabra “Dios” y el verdadero significado de la tan mentada, en todos los lugares y en todas las épocas, figura de la luz.
Toda la vida me han gustado los insectos y no atino a saber el por qué. Sospecho que hay ciertas conexiones arbitrarias que determinan el devenir de una persona con destinos inciertos. Mi gusto me ha llevado, desde que no tengo memoria, a producirles todo tipo de violencias que con el tiempo fui, por añadidura, perfeccionando; recibiendo incluso el título de especialista en tal rubro…y me ha caído como un rayo, de súbito y luminosamente, que lo único que he hecho en todo este tiempo que he transcurrido fue conocer la vida produciendo la muerte.
¿Cómo pude decir que amaba a los insectos si los he aniquilado constantemente, si los he recluido y desmembrado? ¿Qué cosa es el conocimiento en mí sino un registro de toda esa muerte? Es curioso percatarme ahora de algo que he sabido ayer, su mismo nombre, insecto, proviene del latín y significa, literalmente, partido al medio y así, así me siento hoy.
A este triste estado me lo he ganado sin siquiera sospecharlo. Ya no puedo caminar sin dejar de mirar al suelo, si piso un bicho me largo a llorar; me han despedido del laboratorio por dejar en libertad a todos mis hermanos cautivos y hasta me han iniciado una causa penal por daños y perjuicios por ello.
No puedo dejar de pensar en mi fatal destino, si bien creo conocer el carácter inequívoco del mundo: Creación, Conservación y Destrucción son fuerzas siempre andantes, entrelazadas eternamente. Me consuela, a veces, creer que he destruido para conocer, registrando, para luego crear, al reordenar, pero no me convence más que un rato, no más.
No espero que me entiendan ahora, pero sólo preciso que recuerden esta misiva ya que en algún momento de sus vidas quizá acierten el mismo tenor en su mente y me comprendan; o si alguna vez lo han compartido, les pido que no se olviden de ustedes en mí. Sé que no puedo seguir llevando a la obsesión la culpa que ahora me aqueja porque de algún modo no es posible evitar todo mal con ninguna acción, ni con la más bondadosa, pero la constatación de que he vivido en un error por tanto tiempo me hace pensar que todo esto es una ilusión y que el sentido de las cosas está más allá de toda humana explicación, de toda humana observación. Pero siento con la misma fuerza que no puede estar fuera de la propia vida y, por lo tanto, de una percepción directa.
Esas verificaciones sin palabras, de los sonidos sin los sentidos, de las vibraciones no mensurables, de las luces que brillan detrás de las sombras son lo que busco ahora. Me iré mañana de aquí y no diré adónde para que no intenten buscarme pensando que quizá esté fuera de mis cabales.
Quiero que sepan que he elegido un camino sin regreso y que seré tan feliz o tan infeliz como ustedes, ni más ni menos. Si han de pensar en mí alguna vez desearía que entiendan que esta huída es parte de una consciente transformación. Y si han de recordarme, de algún modo, ojalá sea casualmente, de improvisto y con alegría, al ver unas coloridas alas agitarse y desearía que una sonrisa cómplice se dibuje entonces en sus rostros, al ver una mariposa.

martes, 22 de junio de 2010

Ahí está el escritor (Germán Cortés)

"En el universo interior de Juan, fragmentario y distante, los afanes y anhelos se transmutan en un encuentro inquietante y revelador"
"Ahí está el escritor", cortometraje experimental en HD. Con las actuaciones de Alberto Diaz Flores y Sergio Pángaro entre muchos otros. Dirigido por German Cortes, 2010. Música por Los acetones.
DOS ENTREGAS POSIBLES, DE UNA O EN CUATRO.


ahi esta el escritor

LOS ACETONES Myspace Music Videos



Parte 1


Parte 2


Parte 3


Parte 4



miércoles, 9 de junio de 2010

Acerca del carácter paradigmático de la mente y su correspondencia con la inteligencia cósmica que nos habita, ejemplificado con un motivo extraído de la vida cotidiana en horas del mediodía (Alberto Diaz Flores)


Ayer mientras pelaba una pera
Recordé tu rostro tan suave y bello
Me impresionó el curioso destello
Un impulso insólito, sin espera

Tocar su piel suscitó en mí tú piel
¿Qué química provoca tal conjuro?
Todo vínculo oscila claroscuro
Muestra y oculta a la vez, siempre infiel

Nunca algo ocurre lineal, no en la mente
No en el cosmos: todo tiende a esfera
Es un carácter formal trascendente

De una inteligencia que nos precede
Que domina todo lo “involuntario”
Eternamente…cuando el resto cede

martes, 8 de junio de 2010

Novena versión de El cosmos –Versión gnoseológica- (Alberto Diaz Flores)



¿
Qué pierden nuestros ojos carentes de luz,
Es posible conocer sin notar formas,
Sin rotularlas: sin este inmaterial plus

De registrar Devenir con ciertas normas
?

Vibran sonoras… concentración, aprecio
Palabras vacuas designan la gran tensión
Entre verdad y ficción no hay división
…

¿Energía cósmica o mortal desprecio?