
Leche manando de las profundidades del asfalto
Búfalos, gatos y perros devorados con los dientes, afilados
Sangre en las comisuras de las mujeres enloquecidas
Es eso lo que cantan los poetas en todas sus canciones
Y lo que susurran a mi oído las almohadas cuando duermo
Y lo que me quita la esperanza de unirme a la causa de la justicia
Lo que quiebra mis dedos por las noches
Para negarme, por altruista e infame, el placer del tacto
Pero mantengo mi esperanza, en una olla de caldo y fuego,
Revuelvo una venganza
Porque mi ejército afila sus lanzas
Si en la ceniza de la guerra perdida sigue humeando la poesía
Viernes
Día de pompa y circunstancia
Y Pequeños pañuelos retorcidos
Manchados con vino, sobre la cómoda
Pliegues de la realidad en el día penúltimo
Adictos al trabajo corriendo apurados
Apunados por un pensamiento vacío
Se me escurre el tiempo entre los dedos
Chirriantes, los dientes, cuando se escurre el tiempo
Los policías, en la esquina, burlándose de un travesti
Los carniceros, sudados, rodeados de ridículos ventiladorcitos
Los chicos y las chicas reparten sus magros currículums
Lustrando la mugre de corrientes con sus botitas pequeñas
Yo siento una brisa en la cara y me da risa.
Camino rápido y pienso rápido con imágenes inconexas, resueltas con intensidad de videoclip.
Atrapar las palabras ya me tiene sin cuidado.
Si, me he vuelto un desprolijo y descuidado.
Alguna vez un cocainómano me dijo que la marihuana es una droga de desprolijos. Qué prolijito se lo veía intentando mantener su carretilla domada y sus pelitos con el ungüento de su transpiración, y su camisa sudada con olor a futbol, y sus palabras atolondradas y ese encanto que se percibía distante, ido.
Su antiguo ángel había renunciado a continuar en ese cuerpo con ademanes exagerados, con pisadas repetitivas, caprichosas, saliva en las comisuras.
Por eso siento que estoy cerca de alguna luz extraña
Olvidando las palabras que me hicieron niño
Negando ese futuro que nos supone adultos
Esperando que algo pase sin hacer nada
Diciéndolo todo,
Al menos.
¿La verdad?
Pertenecemos a la sociedad secreta de supervillanos. Donde el mal nos chorrea de las manos y los dientes siempre chirriantes de tanto intentar dormir tranquilos, anudados. Sin reconocer jamás lo imposible de la tarea de hacer el bien, ni reducirnos a nuestra forma mínima.
Nos obnubila la fantasía inabarcable de lo que nunca llegaremos a ser. Hierve la sangre de poeta en aquel manantial eterno. El río incansable del conocimiento turbio universal, lo no dicho, lo trampeado por el sistema que creamos a cada letra.
El salto al vacío:
El amor es la necesidad de salir de sí por una puerta de rosas, ángeles, pétalos de miel y leche chorreantes.